Capítulo 11

Auckland Mount EdenAntípodas de Cádiz (Auckland, Nueva Zelanda)

Hola, te llamas como el pato, yo soy Alfard.

Abrió los ojos como platos como diciendo que era la enésima vez que se lo decían,  mientras mi tía me miró queriéndome comer.

Pero como se te ocurre decirle eso a mi amigo! perdona a Alfard, Donald por favor, es un poco impertinente cuando quiere…

Donald sonriendo le dijo a mi tía que no se preocupara, que se lo habían dicho muchas veces y entonces me miró a mí y me dijo:

-Pues tú sí tienes un nombre bien bonito: Alfard, el nombre de una estrella.

Asentí sin decir ni mú, porque me miraba y me miraba con esos ojos azules tan azules como el cielo que yo veía de día, o como el mar de día de donde él había salido de noche. Sentí que me estaba traspasando como si su mirada estuviera compuesta de rayos X.

Alfard, me volvió a decir, y no una estrella cualquiera, si no una estrella Alfa. La más importante que brilla en la Hydra.

Yo seguía asintiendo y el cielo que yo miraba en ese momento eran sus ojos, hasta que mi tía Elsa eclipsó el brillo celeste y nos dijo que nos sentáramos a comer, que ella iba a poner la mesa, aunque yo me levanté para ayudarla.

No, no se deja a un invitado sólo nunca en la mesa Alfard, me dijo, así que me senté a su lado. Realmente sentara como me sentara siempre iba a estar a su lado, es lo que tiene estar sentado en una mesa circular.

Donald me miraba divertido como esperando a ver con qué barbaridad le iba yo a sorprender a continuación pero yo seguía ciego con sus ojos azules que me transmitieron una gran calma y acerté a preguntarle

-¿De dónde eres? tu acento es inglés pero lo noto algo distinto.

Claro, me dijo, yo soy de Auckland.

Ah, de Nueva Zelanda, le dije asombrado y me incorporé sobre la mesa porque ya ese tema, además de la astronomía, conseguía interesarme.

Oh, veo que conoces bien la geografía mundial, me dijo mirándome fijamente.

Sí, me gusta, aunque – y voy a ser descarado pensé – no tienes pinta de maorí.

Hombre, no sólo dominas la física que también dominas la geografía humana, me dijo con un poquito de sorna. Pues, no como ves, no tengo en absoluto pinta de maorí. Soy descendiente de ingleses que llegaron a las islas en el siglo XIX.

Eres astrónomo entonces, me ha dicho mi tía, ¿muy joven, no? pregunté porque tenía que enterarme de su edad fuera como fuera y que él captó en el acto:

Tengo 26 años, joven sí, como tú.

Eh, que yo tengo 17 ni te compares. Elevó sus cejas.

Bueno, es verdad, yo soy joven y tú estás en la edad del gallo.

¿Qué dices de gallo? Le pregunté.

¿No sé dice en español que los adolescentes están en la edad del gallo?

Del pavo, edad del pavo – dije con desdén – pero yo superé esa etapa, cumplo 18 el mes que viene.

Ah bien caballero, usted perdone.

Astrónomo entonces, le dije.

Sí, lo soy, recién terminada la carrera y estoy ahora trabajando con una beca aquí en España. Quería aprender cosas del hemisferio norte, tan distinto al sur que para mí es lo cotidiano.

¿Estudiaste en Auckland? pregunté y me dijo:

No, no, estudié en la universidad de Canterbury.

-¡Ah! en Christchurch, en la Isla Sur!, recordé.

Dio otro respingo.

Pero hombre, pues sí que sabes tú de Nueva Zelanda ¿cómo es eso?

Sonreí con mi mejor sonrisa y le dije que visitar Nueva Zelanda era uno de mis sueños, porque era las antípodas de España. En ese momento, Donald se me quedó fijo mirando unos segundos, una mirada extraña porque no me miraba a mí, estaba pensando hasta que volvió en sí. Segundos, muy pocos segundos. Yo volví a hablar.

Es verdad, son las antípodas. Una vez hice el cálculo, le dije y vi que las antípodas de Jerez, están muy cerquita de la playa, en el mar, en la costa de Auckland. O sea, que te hubiera sido más corto haber venido hasta aquí escarbando en la tierra que en avión.

Se rió, es verdad, pero no soy yo un topo.

-¿Y dónde trabajas?, le pregunté.

Estoy en el Instituto Astrofísico de Andalucía y voy a Granada, a Calar Alto en Almería, y a veces, a Canarias.

¿Y qué haces aquí en Conil?

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