Capítulo 13

Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.
Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.

Al día siguiente, fuimos a buscar a Tía Elsa que volvía a casa. Yo estaba triste porque tendría que volver a dormir en su casa, sólo. Pero no tenía ni idea de lo que iba a suceder.

Fuimos a la plaza del pueblo y compramos pescado y Tía Elsa decidió que Donald se quedará a almorzar con nosotros. Yo tenía miedo que ella – tan lista como siempre – se diera cuenta de mi relación con Donald. A él no se le notaba nada, pero yo, estaba de otra manera. Ojos de cordero degollado, decía Donald.

Nos pusimos a cenar y Tía Elsa sólto la primera noticia.

Así que nos viste, sobrino.

Miré a Donald, que bajó los ojos. ¿Se los ha dicho? le pregunté con mi mirada.

Sí, me lo ha dicho, me dijo mi tía. Pero no te enfades. Estaba obligado a decírmelo. Alfard, ya sabes que Donald tiene una misión, aunque no sabes de qué se trata. Te contó la historia del barco, dijo mirando a Doc. Yo pensé que ese barco que salía de debajo del agua era de alguien que había estado allí y lo había perdido, y que no sabía por qué razón, había salido a flote de nuevo. Lo cogí, y me extrañó muchísimo cuando vi en la chapa que estaba hecho en Nueva Zelanda. La chapa tenía una dirección de correo electrónico. Escribí diciendo que había encontrado ese barco y que podían venir a recogerlo. Jamás pensé que me iban a contestar tan rápido. Asi conocí a Donald. Ninguno de los dos podíamos entender lo que estaba pasando. La noche siguiente me fui a la laguna sola, yo no le había contado a mi amiga nada de la procedencia del barco, por sí veía algo que me pudiera ayudar. Y lo vi, Alfard, lo vi. Al principio pensé que era una estrella, y luego por su brillo, un planeta. Pero me pasa como a ti, conozco no tan bien como tú el cielo, pero sé lo que debe estar en su sitio y lo que no. Pero aquella luz se fue haciendo cada vez más grande. Pero tenía una sensación: esa luz sólo parecía verla yo. La luz fue creciendo de tamaño. Era una esfera que llegó a tener el mismo diámetro de la Luna. Fue entonces cuando comenzó a moverse. Se acercaba a la laguna, cada vez más cerca, hasta posarse al lado contrario de dónde yo estaba. Podía tener dos metros de altura. Yo estaba asustada, pero me acerqué. La esfera realmente no era tal: era una puerta, con tanta luz que no veía lo que había en su interior. En un banco cercano, unos gamberros habían dejado una botella de cerveza vacía. La cogí y la lancé hacia la puerta de la burbuja de luz. Entró dentro y a continuación la luz se apagó y no dejó ni rastro. Como si nada de aquello hubiera existido.

Yo también decidí ir esa noche a Laguna Panmure, continuó Donald, mientras yo estaba callado como el que escuchaba una novela de ciencia ficción. Estuve merodeando por parte de la orilla a ver si encontraba algo. Y lo encontré: encontré una botella de cerveza. Era extraño verla porque aquí no es costumbre dejar la basura en los parques , así que la cogí, la observé y ví que estaba hecha en Sevilla, España. A la vez, recibí el correo de tu tía. Elsa y yo empezamos a tener una charla por internet. Era muy extraño todo lo que estaba sucediendo, y más que extraño, increíble. Otra noche fui yo quien decidió ir a la laguna a ver si veía algo extraño en el cielo. Pude ver al igual que tu tía, esa esfera luminosa, posarse en la orilla. Lo curioso Alfard, es que había gente allí pero no la veían, sólo yo. En esa ocasión yo no hice nada. Tu tía y yo nos conectábamos a internet y nuestros horarios eran horribles, ya sabes, casi once horas de diferencia. Buscábamos información pero no encontrábamos nada.

Yo iba a preguntar y me dijo Donald:

Ya, Alfard, sabemos que tienes cientos de preguntas, nosotros también pero ten paciencia y ve escuchando lo que estamos contando.

Días después, tanto tu tía como yo recibimos una carta: la misma carta.

Tía Elsa se levantó y me trajo un sobre. Mírala me dijo. El sobre venía con su nombre impreso y sin remite: saqué el papel de su interior y lo leí.

Ponía en el encabezado

Galen Planet (Futuro Kepler 62F) Alpha Centauro Nínive

Amigos de la Tierra. Lo que estáis observando y que atraen vuestra atención en estos días, son fenómenos exclusivos que estamos diseñando para vosotros. Tienen como objeto poner en contacto a todas las personas humanas que formarán parte de una misión: reconducir el futuro de la Humanidad. Sabemos que tienen muchas preguntas que serán respondidas a su debido tiempo. Nosotros, quienes nos dirigimos a ustedes, somos seres de luz. Ustedes, en vuestras diferentes culturas nos habéis definido como ángeles, visitantes o mensajeros. Nosotros preferimos considerarnos guías. Pero somos personas vivientes como ustedes, sólo que en otro estado y en otra dimensión. Lo que estáis viviendo ahora, es una preparación para que ustedes podáis pasar de una dimensión a otra. No tengan miedo, nosotros os protegeremos. Cuando queráis establecer contacto con nosotros, piensen en nuestras figuras, llámennos y mediten. Bajar la frecuencia del pensamiento es la manera de entablar comunicación con nosotros. Tan sencillo como si cambiarais el dial de una emisora de radio. Estoy con ustedes siempre,

Firmado. Hermes.

¿Pero esto qué es? ¡parece una secta! dije.

-Lo parece pero no lo es. Tanto tu tía como yo recibimos como te hemos dicho esta carta, y lo primero que pensamos era que alguien nos estaba gastando una broma. Pero claro, el barco y la botella de cerveza estaban ahí.

Yo no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, era superior a mí.

-Es que esto parece de película. ¿Cuántas cosas no sé? pregunté.

Tía Elsa y Donald se miraron.

-Muchas, dijo él, muchas. Pero no temas y ten paciencia, ya te irás enterando. Por lo pronto has de saber que tú no estás aquí por casualidad.

¿Qué? Formas parte del plan. ¿Qué plan? -Dije casi perdiendo el aliento.

-De la misión que tenemos, ellos quisieron que tú estuvieras con nosotros, dijo Donald.

-¿También quisieron ‘ellos’ que me enamorara de ti? pensé sin decirlo en voz alta.

Pero yo vine aquí porque me mandó mi madre… ¡¿mis padres saben algo de todo esto?!

Asintieron.

Y mucho antes que nosotros, dijo Tía Elsa. Tampoco es casualidad que tú lleves el nombre de una estrella.

No podía comprender nada. Muchas cosas me estaban pasando en muy pocos días. Mis padres, también mis padres estaban metido en esto, que ya parecía ser un sueño del que me iba a despertar de un momento a otro.

Quiero ir a Jerez, dije. ¿Donald, me llevarás?

– Sí, claro.

Después de tomar un café, llegaba la hora de la siesta y Donald dijo que se iba para casa y a mí me dio una punzada en el corazón, porque esa noche ya me tenía que quedar con tía Elsa, nadie me había dicho nada, y lo que se suponía era eso, y yo tampoco me encontraba en una posición cómoda como para elegir donde dormir. Pero mi tía me lo notó en la cara (¿Qué más cosas notará? pensé).

¿Has traído la bolsa con la ropa sucia de estos días, Alfard? me preguntó ella.

Sí tía, la he dejado en el lavadero.

Donald estaba parado escuchando la conversación cerca de la puerta que daba a la salida.

-Pues coge la rompa limpia ¿no?

La miré sorprendido sin decir nada.

-¿No querrás quedarte a dormir en casa de una vieja ya que tienes amigos con los que se ve que te lo pasas muy bien, no?

Me ruboricé y Donald bajó la mirada sonriendo.

-Tía, por favor, no eres vieja… anda, anda. Véte con Donald, disfrutad juntos que sois jóvenes, que la juventud se va en dos días. Sonreí agradecido y le di un gran beso sonoro a mi tía. Luego miré a Donald que dijo:

Bueno, ¿y a mí nadie me pregunta mi opinión?

La mirada fulminante que le eché sólo le hizo decir:

Bueno bueno, no he dicho nada… vámonos loco.

Y de nuevo la noche y el paraíso, que no por repetido dejaba de tener el mismo encantamiento.

Acostarme a leer, escuchar a Donald trastear en su habitación, hacerme el dormido, notar su peso en el somier, sus risas en pequeño y sentir como sus manos me buscaban, para darme yo la vuelta y dejar de ser yo para ser un trozo de él. Para saber que las estrellas de fuera ya no me hacían falta porque lo tenía absolutamente a mi lado y para mí. Y me quedé dormido otra noche más abrazado a su cuerpo, respirando su aire, acompasando mis pulmones al ritmo de la respiración de los suyos, ahí juntos, pegados, sin saber qué piel era la mía o la suya, y queriéndole, aprendiendo a quererle mucho, en el momento que perdía la conciencia, cuando sólo escuchaba decir: yo también te quiero mucho Alfarcito para desaparecer en los sueños y despertar de nuevo junto a él.

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Capítulo 10

Foto Pixabay
Foto: Pixabay

Les vi andar hasta el pueblo y entrar por una de las calles. A continuación intuí las sombras de los chicos de la pandilla que fueron tras ellos. Pero yo me quedé allí. Congelado. No sabía que había sucedido. ¡Cómo podía salir mi Tía Elsa del mar! ¡Qué cosa más extraña ver unos seres y luego comprobar que delante tuya se han convertido en dos personas corrientes y encima una es tu familiar, con quien has estado horas antes!

Pero mi mente estaba demasiado tensa y asustada para pensar. Me quedé quieto, petrificado, sin saber qué hacer, preso del pánico. No sé cuánto tiempo, hasta que decidí volver a casa, porque también tenía miedo de quedarme sólo en la playa por si volvían.

Salí del montículo, miré al mar y no vi nada y me dirigí hacia el pueblo. Era tarde y había menos luces encendidas ya. Algunos bares y chiringuitos ya habían cerrado. Entonces sentí esa sensación horrible de saber que alguien te está observando. Y lo sentía cerca. Muy cerca. Me volví hacia el mar girando la cabeza despacio, pensando que segundos antes había mirado y no había nada. Pero ahora, al volverme, sí lo había. Claro que lo había.

Podría tener tres o cuatro metros de altura. Tenía forma humana. Era un gigante. Su ropa me pareció la de un buzo o la de un traje espacial. Ceñida al cuerpo. La cabeza no se veía porque tenía un tipo de escafandra semejante a una segunda piel,  pero podía imaginar sus ojos, tipo asiáticos. Nos miramos, o eso me pareció, uno al otro. ¿Tenía alas?  Yo estaba sin aliento. Era minúsculo a su lado. Pensé en salir corriendo, pero no pude. Entonces, el ser levantó su mano derecha enseñándome la palma o el guante, pues se parecía más a eso. Era una señal de saludo. La misma señal que Carl Sagan y Fran Drake diseñaron años antes para mandarlas en la nave Pionner X al espacio exterior. Algo interior me hizo pensar que me estaba sonriendo y diciéndome: ‘Saludos Alfard, me alegro de volver a verte, hasta la próxima‘.  O al menos esa frase resonó en el interior de mi cabeza. Hecho esto desapareció. Dejó de estar. No entró en el agua. No se lo tragó la Tierra. Simplemente, desapareció. Y a mi mente vino aquél ser que una vez vi con Pedro por encima de la tapia del lagar de la viña de mi casa. Era el mismo. Era él.

Pioneer plaque

Saludo humano enviado en la nave Pionner X al espacio exterior por la NASA.

Yo no podía más. La experiencia había sido demasiado fuerte. Me fui al pueblo corriendo, jadeando. Vi en el reloj del ayuntamiento que era la una de la mañana. Tenía miedo de llegar a casa. Suponía que Tía Elsa no estaría. ¿ A dónde habría ido? ¿me habría visto? ¿Cómo reaccionaríamos al vernos? Estaba totalmente desconcertado. ¿Quién era mi tía?

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Capítulo 9

LeoCC

Constelación de Leo (Wikipedia)

Los que gustamos de la astronomía tenemos una mente muy cuadriculada y de tanto mirar al cielo nos lo sabemos de memoria. Si me piden que lo dibuje posiblemente no sea capaz. Pero ocurre como cuando alguien entra en tu habitación y cambia algo de sitio. Te das cuenta. De principio, no sabes el qué. Pero sabes que alguien ha tocado.

Al cielo le pasa igual. Lo miras y observas que algo no debería estar ahí. Que algo no está en el sitio que le pertenece. Eso me pasó a mí esa noche. Desde la orilla del mar, en la playa de Los Bateles observaba las estrellas que conseguían brillar compitiendo con las luces del pueblo de Conil. Al estar de espaldas a él, y mirar al horizonte oscuro, mis pupilas se acostumbraron y pude observar más.

El león, la constelación de Leo, estaba a punto de ponerse por el horizonte marino. En el centro de ella divisé lo que parecía ser una estrella. Empecé a observarla y cambiaba de brillo. Estaba estática pero su tamaño iba aumentando. Llegó a sobrepasar la luminosidad de la estrella Régulo, de la que se encontraba muy cerca. Sin embargo, en cuánto a posición se encontraba quieta. Qué extraño. No podía averiguar qué podía ser aquello. Satélite artificial no podía ser. Estrella fugaz tampoco. Un planeta, no. Sabía qué posiciones tenían en aquello época del año. Quizás un avión que viniera de frente hacia mí. Sí, quizás fuera eso. Pero por su manera de brillar  me tenía que haber pasado por encima de mi cabeza. Pero no. Allí permanecía. ¿Una supernova quizás? No sabía.

Se hizo tarde y me volví a casa. Conforme iba llegando iba pensando en la luz, a la vez que preguntándome porque tía Elsa tenía esa casa tan grande para una mujer sola.

Era blanca, de tres plantas. La planta baja estaba ocupada toda por un porche muy abierto, con un jardín y una piscina no demasiada grande, pero sí lo suficiente para que cuatro personas pudieran estar sin problemas. En la segunda planta se encontraba el salón, la cocina, la primera azotea, que era realmente una terraza muy grande, donde había colocada una gran mesa central con ocho sillas dispuestas para comer, con un hule de cuadros blanco y azul y un jarrón de boca ancha con flores frescas en su interior. El techo de esta azotea estaba cubierto de plantas de enredaderas, entre hiedras y parras, lo cual daba una agradable sombra en verano, aunque tenía el inconveniente de el trabajo que daba limpiar sus hojas y los insectos que acudían a la uva que se colgaba de los sarmientos esperando septiembre.

La cocina daba a esta azotea, con lo cual si el tiempo hacía bueno, invitaba a comer fuera. Las vistas eran imponentes. Al estar en alto, veíamos el mar. La playa de Los Bateles entera. Desde Roche hasta que la vista se perdía en el Cabo de Trafalgar. No podía existir un lugar mejor.

En la planta baja también se encontraba el salón biblioteca, una pequeña sala de estar con una televisión y un pequeño sofá, y en la planta superior las habitaciones. Tres en concreto. Arriba del todo de la casa, había una amplia azotea, donde se encontraba el lavadero.

Como digo, toda una mansión para una persona sola como era mi tía.

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Capítulo 7

Aviso: Este capítulo tiene contenido para adultos no apto para menores de edad.

Foto: Pixabay
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-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.

-Pero para eso tenemos que ir la casa vieja antigua del guarda de la viña de al lado.

A mí se me erizó la piel. La casa del guarda. Me daba pánico.Era una casa no abandonada del todo, pero que nadie entraba porque allí había muebles antiguos que no se utilizaban. Bueno, nadie entraba salvo nosotros en nuestras aventuras o investigaciones, que buen miedo que me daban. La casa era fantasmal. El antiguo guarda, tenía la costumbre de clavar los dientes de sus nietos en la puerta de madera. Para colmo, yo sabía que aquella parte de la viña vecina estaba muy cerca de lo que fue un antiguo cementerio árabe. Yo sentía verdadero terror ver la construcción y cruzaba muy rápidamente por las habitaciones. Una de nuestras investigaciones eran hacer psicofonías. Con nuestro radiocassete grabábamos por las noches los sonidos que había en la casa. Pero nunca salía nada. Hasta que una vez si grabó algo: los gritos nuestros cuando calculamos mal el tiempo de grabación y al entrar en la casa a darle la vuelta a la cinta, un gato que había salió espantado tirando un vaso de cristal antiguo y nos pegó un susto de muerte. Ahí decidimos que no convenía hacer esas cosas porque el miedo que pasábamos no era nada comparable con los resultados obtenidos en la investigación. Pero a pesar de estar asustado, yendo con Pedro, me sentía protegido.

Entramos en la dichosa casa y en el fondo, detrás de una pequeña pared de media altura, que hacía como de minibar,  nos sentamos en un sofá viejo que había y Pedro se sacó de dentro de la camisa una revista. Una revista verde. Yo sabía que existían pero no había visto ninguna de cerca porque en los kioskos no la ponían y tampoco yo había tenido mucho interés. Pedro me la enseñó y yo no entendía nada de lo que veía porque yo jamás había visto a nadie desnudo. A mí me daba mucha vergüenza pero la curiosidad me podía y Pedro me explicaba que era aquello. Eran hombres y mujeres follando decía él, pero yo hubiera jurado que estaban peleando, pegándose entre ellos; me sorprendió ver las partes privadas de las mujeres y los hombres que nunca se ven. A las mujeres las veía como incompletas, mucho bulto con los pechos por arriba que eso sí que yo los conocía, pero por abajo estaban vacías en comparación con los hombres de los que me asombré por el tamaño de sus miembros sobre todo comparado con el mío, a mis catorce años. No es que me diera miedo pero no podía llegar a entender como esas cosas tan grandes podían caber en el cuerpo de la mujer y no hacerle daño.

A partir de entonces, casi todas las tardes que podíamos dedicábamos a ver un rato la revista verde; de vez en cuando Pedro se la pedía a su primo y se la cambiaba por otra y así íbamos viendo otras cosas distintas. Yo, por la noche, me acordaba cuando me acostaba de la revista, pero sólo de los hombres, las mujeres no me llamaban mucho la atención. Cuando pensaba en la revista mi colita se ponía grande y averigué que eso tenía que ver con el pensar. Así por las tardes, un día viendo la revista me dijo Pedro que se iba a hacer una paja y yo le pregunté que qué era eso y me dijo que era cogerse la colita y tocarla de arriba abajo hasta que soltara la leche que era un liquido blanco pegajoso. A mi esa maniobra me parecio superasquerosa y si yo no llego a saberlo, hubiera pensando en mi primera eyaculación voluntaria que yo estaba enfermo, porque a veces me levantaba con los calzoncillos mojados de ese liquido blanco que yo no sabía que era y que por vergüenza no contaba a mi madre. Además el nombre de paja me parecía horrible, qué tendría aquello que ver con el la recogida de las cosechas, me preguntaba.

Pedro se puso en una butaca enfrente del sofá, con una mesa de por medio, todos muebles viejísimos,  y yo sólo le veía la cabeza cuando se hacía la paja y yo entonces no sabía que hacer y Pedro no me miraba nunca y otras como ponía la cara como si le fuera a dar un desmayo. Un día me dijo que me hiciera yo otra mientras, pero yo no sabía y así se lo dije y me dijo que yo era tonto, tonto, pero tonto, tonto, entonces me llamó y me pidió que me pusiera a su lado. Con mucha vergüenza fui y cuando le di la vuelta a la mesa,  vi a Pedro con los pantalones bajados y su colita tan grande casi como la de las revistas. Allí Pedro me enseñó cómo se hacía una paja y allí yo me hice la primera casi ahogado de pudor delante de él.

Seguimos yendo por las tardes que podíamos a ver las revistas y siempre nos hacíamos una paja hasta que un día Pedro me miró, me cogió la mano y me la puso en su colita y me hizo el ademán que yo se la hiciera a él y eso hice, sin hablar, yo se la hacía a él y él me la hacía a mí, y desde entonces casi todas las veces que podíamos nos íbamos a la casa vieja a ver las revistas que cada vez veíamos menos ya que nos dedicábamos más tiempo a nosotros mismos. Otro día, Pedro se puso de rodillas delante mía y me hizo lo que los hombres de las revistas a las mujeres, aquello ya era otra cosa y yo me sentí tan culpable por verlo de rodillas ante mí que me sentí en deuda y luego me puse de rodillas también delante de él y le hice lo mismo que me hizo a mí, pero siempre sin hablar.

Todo lo hacíamos en silencio, mecánicamente. Ninguno de los dos decía nada. Sabíamos a dónde teníamos que ir y lo que íbamos a hacer. Pero nunca decíamos vamos a ir a hacer tal cosa. Sencillamente, íbamos. Al terminar, tampoco decíamos nada. Nos vestíamos y volvíamos como si tal cosa a casa hablando de asuntos que no tenían nada que ver con lo que habíamos hecho. Todo era sexo. Solo sexo. Yo me preguntaba, pero no me atrevía a hacer la pregunta,  de que por qué no nos besábamos. Ya luego más mayor comprendí el porqué. Besarse era algo más que el sexo, era como si hubiera amor. Y eso sí que era pecado, estaba prohibido. El sexo, podía pasar. Pero el amor entre chicos, impensable.

Eso y más cosas estuvimos haciendo todas las tardes que pudimos, quitando las semanas santas, porque la sensación de pecado nos agobiaba, hasta que yo cumplí los 17 años, cuando una tarde Pedro no apareció.

Capítulo 6

Foto: Pixabay
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El Sol llegó al punto del equinoccio de otoño y el verano se acabó. En donde vivía pueden imaginar la que había montada con todas las faenas alrededor de la vendimia. Mucha gente que venía de muchos sitios a recoger la uva que luego se convertiría en uno de los mejores vinos del mundo, el jerez. La tranquilidad brillaba por su ausencia, y aunque yo no recogía uva, sí que ayudaba a mi padre en muchas de las tareas, como medir el grado Baumé, ver la calidad de la uva, el adecuado conteo y transporte hasta la bodega. Me gustaba ese trabajo y ese olor a mosto, único, de la campiña jerezana.

El colegio comenzó de nuevo, y yo de nuevo me desvinculé de las faenas de la viña. Las tardes se iban haciendo más cortas, y aunque Pedro venía a estar conmigo, cada vez lo hacía con menos tiempo, con lo que los sábados y los domingos eran ya casi los único momentos para estar juntos, porque a pesar de ir a la misma escuela, en el colegio Pedro no me hablaba y hacía como si no fuera mi amigo, porque yo en el colegio era el raro y cuando se metían conmigo Pedro no estaba nunca presente porque siempre se quitaba de enmedio. A mí me molestaba pero yo no le decía nada ni él me decía nada tampoco, porque yo sabía que luego volvería a venir a casa y los sábados  y sus compañeros de clase quedaban lejos y él no se comportaba como en el colegio. Volvía a ser Pedro.

Sin embargo, yo en el colegio ya no estaba sólo porque me eché dos amigos que también eran raros, los niños decían que eran mariquitas pero a mí me daba igual, primero porque no sabía que eran mariquitas aunque me sonaba que no tenía que ser nada bueno, aunque yo en el campo conocía a las mariquitas que eran unos bichitos rojos con pintitas negras muy bonitas, y que no sabía que tenía que ver con todo aquello. Me gustaban mis dos amigos del colegio porque eran niños que contaban cosas distintas al resto, no hablaban de fútbol que me aburría ni estaban todo el tiempo pegándose o tirados en el suelo jugando a los bolindres, el trompo,  a la piola o al marro.

Hablábamos de canciones, de libros, de viajes, de experimentos, de telepatía, del universo,  de cosas nuevas que a mí me hacían soñar con un mundo mágico y yo me lo pasaba muy bien con ellos sentados al lado de la valla del patio,  comiéndonos el bocadillo mientras el resto de niños (y también Pedro de reojo), nos miraba como diciendo míralos a esos, los raros, que no juegan nunca. Que aburridos son.

Sin embargo era todo lo contrario. Mis nuevos amigos se llamaban Fabio y José.

Con este último era con el que yo experimentaba las cosas y con el que me llevé las primeras decepciones de mi vida. Nos empeñamos en remedar el experimento de un libro que leímos sobre la telepatía. Consistía en sincronizar nuestros relojes y a una hora determinada, uno de nosotros pensábamos en un número del uno al cien y el otro, a la misma hora, tenía que recibir telepáticamente el mismo número. No lo conseguimos. Pasamos a una serie de uno a diez. Y tampoco lo conseguimos. Qué triste, nos considerábamos unos inútiles para la magia y estas cosas de la telepatía. Así que decidimos prestar la atención a otras cosas que por lo menos, no nos frustaran.

José, me llegó un día y me dijo: no te puedes ni imaginar lo que me he enterado. Yo abrí los ojos preguntando lo que, lo que, lo que y me corrigió: se dice el qué, mientras siguió hablando, es que hay un programa en la onda corta de Radio Doichebele que si tú escribes y dices que quieres tener más amigos te escribe gente desde todas las partes del mundo. Entonces me dio la dirección y yo escribí, eché la carta por correos, que me costó más cara porque era a Alemania y cuando ya no me acordaba un día llegó papá a casa y me dijo Alfard mira lo que ha traído el cartero para ti, y era una carta blanca, con los bordes verdes y amarillos que venía de Porto Alegre en Brasil de un niño que se llamaba Joao. La carta venía en portugués pero yo entendía lo que ponía y junto a José y Fabio estuvimos viéndola y pensando que ese trozo de papel había cruzado todo el océano atlántico y lo había hecho volando porque la carta era por avión. Además, tenía el sello. Que bonito, con el globo de la bandera de Brasil. Así fue como comencé a coleccionar sellos, a interesarme por la filatelia, a gustar de conocer las banderas del mundo y aprender Geografía.

La carta era un tesoro y yo estaba deseando que llegara el sábado para enseñársela a Pedro, porque era una cosa que seguro que le iba a gustar, como así fue y se quedó mirándolo con los ojos asombrados por tener ese papel que venía del otro lado del oceáno, pero luego me miró a los ojos y me dijo algo que me intrigó:

-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.

Capítulo 5

Siete Secretos
Siete Secretos

Pedro era un compañero de clase que tenía un atractivo especial. El más guapo del aula incluyendo a todas las niñas. Y no es que me llamara la atención por como era: rubio, de pelo acaracolado, alto para nuestra edad, porque tenía la misma que yo. De ojos azules y con unas gafas que le daban un aire de intelectualidad que a mí me gustaba. Lo que me hizo fijarme en él fue que hacía siempre las mismas preguntas que yo en clase. Tenía mi misma curiosidad. Sin embargo, no teníamos los mismos gustos. A él, le gustaba el fútbol, algo que a mí me aburría en solemnidad. Por eso, nuestra relación no iba más allá de la que podíamos tener en clase como compañeros. Una vez en el patio, cada cual se iba a sus juegos. Pero esos pequeños momentos en los que podía compartir con él hablar de ciencias, recoger hojas para el herbolario, compartir las lecturas en la clase de literatura y el gusto por los cómics, para mí eran mucho. Pero eso terminó con el verano. El estío hizo que el curso se acabara y mi relación con Pedro, que vivía en la ciudad y yo lejos, en la viña, dejara de ser algo cotidiano. Me había acostumbrado a verle en el colegio, y ya tenía asumido que Pedro desapareciera en julio, agosto y septiembre.

Sin embargo, en ese verano que llegó en el momento que tengo ahora en mi memoria, mi vida cambió de rutina porque una mañana, en las que estaba yo fuera de casa jugando con mi perro, vi a lo lejos una bicicleta; alguien venía. Mi vista lejana no era buena, pero miré con mis prismáticos ¡Y era Pedro! Cuando llegó a mi casa me quedé mudo, algo que me suele ocurrir cuando me pongo nervioso. O hablo mucho. O me bloqueo. Pero Pedro me conocía bien.

Hola, me dijo, vengo porque me he leído todos estos tebeos y pensé que quizás tú tendrías otros y podríamos intercambiárnoslos.

Claro, claro, le dije, y así, de la nada, surgió algo soñado, una amistad, que no ya no sólo era el compañerismo de colegio, con Pedro. Saqué mis tebeos y mis libros y empezamos a hacer un catálogo de lo que teníamos. Mis padres me observaban, y yo les notaba contentos, ya que eso de que yo tuviera un amigo, no era nada común.

Comenzó aquél verano, mientras nosotros, cuando nos cansábamos de los cómics y las lecturas, nos íbamos con la bicicleta a descubrir sitios escondidos por las viñas de alrededor. Dependiendo del libro que hubiéramos leído, lo mismo éramos exploradores de la jungla, piratas en Malasia,  o niños detectives del club de los siete secretos. Siempre había historias que imaginar para poder llevarla a la práctica. Pedro y yo congeniábamos bien y sólos los dos éramos lo bastante grandes para que nuestra misma compañía nos fuera suficiente.

Cuando nos cansábamos de la bicicleta o de corretear, nos sentábamos cerca de mi casa y muchas tardes teníamos que escuchar a mi padre pasar diciendo que estos niños parecían tontos cuando nos reíamos solos leyendo a Mortadelo y Filemón, algo que mi padre no podía entender porque él sólo leía novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, que yo había ojeado pero no me hacían gracia en absoluto y por tanto no me daban risa, como a mi padre tampoco.

Pero cuando Pedro empezó a intercambiar los cómics de terror con su primo, las risas se perdieron y la ansiedad se hizo dueña del crepúsculo, y en mi caso, las pesadillas se hicieron dueñas de la noche, en las que me levantaba gritando aterrorizado, ahogándome y mamá se levantaba asustada y se agarraba a mí y papá se enfadaba diciendo este niño es carajote por leer cosas de muertos y escuchar en la radio programas de fantasmas y ya mañana no lo va a hacer más, pero a la mañana siguiente yo no me acordaba de nada y mi padre se iba a trabajar y no se acordaba tampoco. Sólo era mi madre la que me reñía pero yo volvía a las andadas.

Hubo una noche de verano en que quedamos los dos completamente aterrados. Eran cerca de las once y Pedro había conseguido permiso de sus padres para quedarse a dormir en mi casa. Estábamos sentados charlando junto al lagar de la viña. Había una tapia y me pareció ver algo moverse.

Mira Pedro, le dije con voz baja.

¿El qué?

Encima de la tapia parece que se ha movido algo.

Estuvimos mirando pero no vimos nada.

Habrá sido un pájaro, dijo Pedro.

Seguimos hablando de nuestras cosas. Recuerdo perfectamente que había Luna llena y jugábamos a imaginar que formas veíamos en su superficie. Que si un conejo. Que si una cara. Que si una mujer leyendo. Llevábamos un tiempo cuando entonces fue Pedro el que me cogió del brazo y me mandó callar.

Pssssss. Lo he visto.

¿El qué? Dije en voz baja.

Es algo sobre la tapia.

En ese momento cayó una estrella fugaz. Grande. Brilló mucho, tanto como un relámpago. Era un bólido.

Entonces lo vimos claramente. O mejor dicho, le vimos. Detrás de la tapia había asomando media cabeza rubia, de alguien al que sólo podíamos ver el pelo y los ojos. Lo extraño era que la cabeza parecía ser más grande de lo normal y que por la manera de estar sobre la tapia, el dueño de esa cabeza tenía que medir más de dos metros.

Salimos huyendo. Ni nos volvimos. Llegamos a mi casa agotados y asustados. Nunca más volvimos a ver nada y eso que nos preguntamos muchas veces qué podría haber sido. Al final, acordamos que fue sólo la imaginación nuestra que nos había gastado una mala pasada. Pero miento cuando digo que nunca más volvimos a ver nada. No volvimos a ver nada juntos, porque yo, varios veranos después, volví a ver a ese gigante extraño.

Capítulo 4

El Hércules Andaluz vestido con la piel de León de Nemea
El Hércules Andaluz vestido con la piel de León de Nemea

A pesar de que la noche oscura, sin Luna, a la mayoría de la gente le daba miedo, a mí no me daba ningún temor porque tenía una gran defensa, mi perro Canelo, un labrador que oía cualquier ruido en la distancia y ladraba tanto que se enteraban los presuntos visitantes de que se la iban a ver con él si se acercaban demasiado a la casa.

Canelo, además de un perro, tenía un reloj dentro. No sé cómo lo hacía, pero sabía perfectamente a qué hora regresaba yo de la escuela. Siempre me estaba esperando y me contaban mis padres que antes de que yo llegara y a una distancia de un kilómetro ya sabía que yo estaba cerca por el movimiento del rabo de mi perro. Cuánto más rápido era, más cerca estaba. Cuando llegaba, siempre era una fiesta. Mi fiel Canelo. Siempre contento para recibirme. Nunca triste. ¿No les duele a los perros nunca la cabeza? ¿No se refrían? ¿No tienen esos días que tenemos los humanos en lo que apenas tenemos ganas de nada ni de mirarnos a nosotros mismos? Canelo nunca fallaba. El día que empezó a hacerlo fue cuando decidió irse al otro mundo.

También estaban los ánsares que avisaban más que el perro y que hasta a mí mismo me picaban si les daba la espalda. No me gustaban, era ariscos. Me miraban de reojo, nunca de frente. Visualmente, como patos grandes que son eran muy elegantes, pero nunca llegué a tener confianza con ellos. De hecho pienso que no se alegraban de verme. Siempre me pillaban en un despiste. No pasaban una.

Las noches de verano papá y mamá me dejaban hasta tarde, hasta que yo quisiera que normalmente, no pasaba de la una de la mañana cuando me acostaba y ponía en la radio Medianoche de Antonio José Alés.

Me tiraba en una hamaca por detrás de la casa, donde no había luces y allí en la oscuridad con mis pupilas dilatadas era capaz de llegar con mi vista a los confines más lejanos del Universo, o eso me creía yo, porque cuando los reyes magos me trajeron unos prismáticos se multiplicaron las estrellas y me di cuenta que realmente todo era mucho más grande de lo que yo pensaba y me sentí muy pequeño y muy indefenso ante tanta inmensidad.

Este libro es muy difícil para la edad del niño.

Pero es que mi niño es muy listo y no se puede usted ni imaginar cuánto sabe, le dijo mi madre al librero, cuando me compró una guía de estrellas.

Maravilloso libro, que aún siendo difícil, me ayudó a reconocer las estrellas, a aprender sus nombres, a recorrer los caminos del cielo y quedarme embelesado ante el firmamento cuando con mi mente pude ver la película de cine que realmente era. Una proyección de todos los cuentos de la mitología griega que aprendí a la par.

No sabría decir cuánto pude abrir la boca de admiración cuando descubrí por mi mismo la longitud, el tamaño de la constelación de Leo que por primavera aparecía por casa.

Allí, tirado, boca arriba me recreaba en el león de Nemea, el rey del cielo cuya piel me enteré luego que serviría para cubrir como ropa al Hércules andaluz del escudo de mi tierra.

Salvo las noches de Luna, esa era mi ocupación y me hice dueño de esa parcela del cielo de primavera y verano. Algunas mañanas, papá que se levantaba temprano, me llamaba para que saliera a ver el lucero del alba; allí descubrí como el cielo también era una máquina del tiempo que esas constelaciones que veía por la mañana eran las mismas que veía en otras tardes del año.

Pero en mis vacaciones de verano tampoco es que fuera no hacer absolutamente nada. Aunque siempre tenía buenas notas en el colegio, mamá me obligaba a hacer cuentas de mi cuadernito Rubio y tareas que me habían mandado desde el colegio. A leer no hacía falta que me obligara porque era lo que más me gustaba. Cuentos, me los leí todos. Libros de aventuras, también. Un maestro me regaló Cinco semanas en globo y por culpa suya me leí todas seguidas las novelas de Julio Verne.

Sin embargo, habría alguien en el que en ese verano sí echaría de menos. A Pedro.