Capítulo 14

Piha and Lion Rock
Piah Beach (Auckland, New Zealand)

En apenas minutos, habíamos cruzado el mundo de punta a punta. Estábamos en las antípodas de Jerez; de la laguna de Torrox a la Laguna Panmure. De mi casa, a la casa de Donald. En minutos. Todo era increíble.

La laguna Panmure era mucho más grande que la de Torrox y mucho más bonita, pero no dejaba de impresionarme que una estuviera casi justo debajo ( o arriba, según se viera) en el planeta. Las antípodas de Torrox era otra laguna y de una a otra habíamos cruzado nosotros en apenas segundo. Habíamos atravesado la Tierra.

-Bueno, no la hemos atravesado, nos hemos transportado de una manera especial, pero no hemos atravesado el núcleo de la Tierra si es lo que estás pensando, me puntualizó Donald.

La laguna de Panmure es un estuario de marea dentro de un cráter volcánico en el campo volcánico de Auckland en Nueva Zelanda. Está ubicado al sur del centro de la ciudad de Panmure. En verdad, la tierra neozelandesa es una tierra volcánica y muy sísmica, ya que se encuentra entre las placas australianas y pacífica. Los terremotos, algunos muy destructores, son corrientes en esta tierra, espalda de la península ibérica.

Anduvimos por una calle que bordeaba la laguna, estaba oscuro, algunas farolas daban poca luz, cosa que me gustaba porque permite ver las estrellas y también no molesta a la fauna que viviría en la laguna y a las que como a mí, les gustaría dormir sin que la molestaran. Entonces, un coche llegó despacio y paró junto a nosotros. Abrió el cristal del copiloto y una chica nos saludó.

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Capítulo 10

Foto Pixabay
Foto: Pixabay

Les vi andar hasta el pueblo y entrar por una de las calles. A continuación intuí las sombras de los chicos de la pandilla que fueron tras ellos. Pero yo me quedé allí. Congelado. No sabía que había sucedido. ¡Cómo podía salir mi Tía Elsa del mar! ¡Qué cosa más extraña ver unos seres y luego comprobar que delante tuya se han convertido en dos personas corrientes y encima una es tu familiar, con quien has estado horas antes!

Pero mi mente estaba demasiado tensa y asustada para pensar. Me quedé quieto, petrificado, sin saber qué hacer, preso del pánico. No sé cuánto tiempo, hasta que decidí volver a casa, porque también tenía miedo de quedarme sólo en la playa por si volvían.

Salí del montículo, miré al mar y no vi nada y me dirigí hacia el pueblo. Era tarde y había menos luces encendidas ya. Algunos bares y chiringuitos ya habían cerrado. Entonces sentí esa sensación horrible de saber que alguien te está observando. Y lo sentía cerca. Muy cerca. Me volví hacia el mar girando la cabeza despacio, pensando que segundos antes había mirado y no había nada. Pero ahora, al volverme, sí lo había. Claro que lo había.

Podría tener tres o cuatro metros de altura. Tenía forma humana. Era un gigante. Su ropa me pareció la de un buzo o la de un traje espacial. Ceñida al cuerpo. La cabeza no se veía porque tenía un tipo de escafandra semejante a una segunda piel,  pero podía imaginar sus ojos, tipo asiáticos. Nos miramos, o eso me pareció, uno al otro. ¿Tenía alas?  Yo estaba sin aliento. Era minúsculo a su lado. Pensé en salir corriendo, pero no pude. Entonces, el ser levantó su mano derecha enseñándome la palma o el guante, pues se parecía más a eso. Era una señal de saludo. La misma señal que Carl Sagan y Fran Drake diseñaron años antes para mandarlas en la nave Pionner X al espacio exterior. Algo interior me hizo pensar que me estaba sonriendo y diciéndome: ‘Saludos Alfard, me alegro de volver a verte, hasta la próxima‘.  O al menos esa frase resonó en el interior de mi cabeza. Hecho esto desapareció. Dejó de estar. No entró en el agua. No se lo tragó la Tierra. Simplemente, desapareció. Y a mi mente vino aquél ser que una vez vi con Pedro por encima de la tapia del lagar de la viña de mi casa. Era el mismo. Era él.

Pioneer plaque

Saludo humano enviado en la nave Pionner X al espacio exterior por la NASA.

Yo no podía más. La experiencia había sido demasiado fuerte. Me fui al pueblo corriendo, jadeando. Vi en el reloj del ayuntamiento que era la una de la mañana. Tenía miedo de llegar a casa. Suponía que Tía Elsa no estaría. ¿ A dónde habría ido? ¿me habría visto? ¿Cómo reaccionaríamos al vernos? Estaba totalmente desconcertado. ¿Quién era mi tía?

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Capítulo 9

LeoCC

Constelación de Leo (Wikipedia)

Los que gustamos de la astronomía tenemos una mente muy cuadriculada y de tanto mirar al cielo nos lo sabemos de memoria. Si me piden que lo dibuje posiblemente no sea capaz. Pero ocurre como cuando alguien entra en tu habitación y cambia algo de sitio. Te das cuenta. De principio, no sabes el qué. Pero sabes que alguien ha tocado.

Al cielo le pasa igual. Lo miras y observas que algo no debería estar ahí. Que algo no está en el sitio que le pertenece. Eso me pasó a mí esa noche. Desde la orilla del mar, en la playa de Los Bateles observaba las estrellas que conseguían brillar compitiendo con las luces del pueblo de Conil. Al estar de espaldas a él, y mirar al horizonte oscuro, mis pupilas se acostumbraron y pude observar más.

El león, la constelación de Leo, estaba a punto de ponerse por el horizonte marino. En el centro de ella divisé lo que parecía ser una estrella. Empecé a observarla y cambiaba de brillo. Estaba estática pero su tamaño iba aumentando. Llegó a sobrepasar la luminosidad de la estrella Régulo, de la que se encontraba muy cerca. Sin embargo, en cuánto a posición se encontraba quieta. Qué extraño. No podía averiguar qué podía ser aquello. Satélite artificial no podía ser. Estrella fugaz tampoco. Un planeta, no. Sabía qué posiciones tenían en aquello época del año. Quizás un avión que viniera de frente hacia mí. Sí, quizás fuera eso. Pero por su manera de brillar  me tenía que haber pasado por encima de mi cabeza. Pero no. Allí permanecía. ¿Una supernova quizás? No sabía.

Se hizo tarde y me volví a casa. Conforme iba llegando iba pensando en la luz, a la vez que preguntándome porque tía Elsa tenía esa casa tan grande para una mujer sola.

Era blanca, de tres plantas. La planta baja estaba ocupada toda por un porche muy abierto, con un jardín y una piscina no demasiada grande, pero sí lo suficiente para que cuatro personas pudieran estar sin problemas. En la segunda planta se encontraba el salón, la cocina, la primera azotea, que era realmente una terraza muy grande, donde había colocada una gran mesa central con ocho sillas dispuestas para comer, con un hule de cuadros blanco y azul y un jarrón de boca ancha con flores frescas en su interior. El techo de esta azotea estaba cubierto de plantas de enredaderas, entre hiedras y parras, lo cual daba una agradable sombra en verano, aunque tenía el inconveniente de el trabajo que daba limpiar sus hojas y los insectos que acudían a la uva que se colgaba de los sarmientos esperando septiembre.

La cocina daba a esta azotea, con lo cual si el tiempo hacía bueno, invitaba a comer fuera. Las vistas eran imponentes. Al estar en alto, veíamos el mar. La playa de Los Bateles entera. Desde Roche hasta que la vista se perdía en el Cabo de Trafalgar. No podía existir un lugar mejor.

En la planta baja también se encontraba el salón biblioteca, una pequeña sala de estar con una televisión y un pequeño sofá, y en la planta superior las habitaciones. Tres en concreto. Arriba del todo de la casa, había una amplia azotea, donde se encontraba el lavadero.

Como digo, toda una mansión para una persona sola como era mi tía.

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