Capítulo 1

Fotografía: Pixabay

Esa noche no dormí. Jamás deseé con tantas ansias que el amanecer llegara pronto. Intuir por las persianas echadas, que el  Sol salía de nuevo para proyectar a través de las cortinas ese cine de juguete que yo no tenía, pero que imaginaba en cada pared. Esas sombras chinescas que un día eran amigas y otro día eran monstruos. Ese Sol que que cruzaba la habitación de lado a lado, haciendo visible las motas de polvo, presentando un universo que no veía pero que estaba ahí flotando mientras yo lo respiraba, navegando en el espacio como pequeños asteroides invisibles.

El Sol, compañero de juegos de mi infancia, que al reflejarse en las patas niqueladas de la mesa de la cocina, después de que yo le frotara a sabiendas de que era un acto sucio con mi saliva, se dividía en los siete colores del arcoiris. Jugaba a ser Newton de una manera muy rudimentaria.

Esa noche la pasé en vela. No estaba acostumbrado a no dormir ni un sólo momento de ella; incluso la noche de Reyes, me quedaba dormido al final, donde estos, porque eran reyes de verdad los que iban a mi casa, aprovechaban mi inconsciencia para colocar los pobres regalos que para mí eran más importantes que los tesoros de cualquier isla.

Pero esa noche, no. Esa noche no fue igual porque al día siguiente se terminaría el mundo. Y con él terminaría todo lo conocido y por conocer, pero sobre todo, acabaría lo que yo más amaba y lo peor, terminaría yo. Yo también tendría mi final.

No podía comprender cómo mis padres podían dormir después de que yo les hubiera alarmado. Que se va a acabar el mundo, decía. Pero no me hicieron caso. Como a los grandes genios, pensaba, nadie hace caso a quien siempre tiene la razón y luego se arrepienten. Pero en esta ocasión no habrá lugar a la vuelta atrás. Mañana acabará todo y yo estoy aquí aterrorizado, muy sólo, viendo cómo el mundo se destroza y nadie hace nada.

 

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