Capítulo 14

Piha and Lion Rock
Piah Beach (Auckland, New Zealand)

En apenas minutos, habíamos cruzado el mundo de punta a punta. Estábamos en las antípodas de Jerez; de la laguna de Torrox a la Laguna Panmure. De mi casa, a la casa de Donald. En minutos. Todo era increíble.

La laguna Panmure era mucho más grande que la de Torrox y mucho más bonita, pero no dejaba de impresionarme que una estuviera casi justo debajo ( o arriba, según se viera) en el planeta. Las antípodas de Torrox era otra laguna y de una a otra habíamos cruzado nosotros en apenas segundo. Habíamos atravesado la Tierra.

-Bueno, no la hemos atravesado, nos hemos transportado de una manera especial, pero no hemos atravesado el núcleo de la Tierra si es lo que estás pensando, me puntualizó Donald.

La laguna de Panmure es un estuario de marea dentro de un cráter volcánico en el campo volcánico de Auckland en Nueva Zelanda. Está ubicado al sur del centro de la ciudad de Panmure. En verdad, la tierra neozelandesa es una tierra volcánica y muy sísmica, ya que se encuentra entre las placas australianas y pacífica. Los terremotos, algunos muy destructores, son corrientes en esta tierra, espalda de la península ibérica.

Anduvimos por una calle que bordeaba la laguna, estaba oscuro, algunas farolas daban poca luz, cosa que me gustaba porque permite ver las estrellas y también no molesta a la fauna que viviría en la laguna y a las que como a mí, les gustaría dormir sin que la molestaran. Entonces, un coche llegó despacio y paró junto a nosotros. Abrió el cristal del copiloto y una chica nos saludó.

Sigue leyendo “Capítulo 14”

Anuncios

Capítulo 11

Auckland Mount EdenAntípodas de Cádiz (Auckland, Nueva Zelanda)

Hola, te llamas como el pato, yo soy Alfard.

Abrió los ojos como platos como diciendo que era la enésima vez que se lo decían,  mientras mi tía me miró queriéndome comer.

Pero como se te ocurre decirle eso a mi amigo! perdona a Alfard, Donald por favor, es un poco impertinente cuando quiere…

Donald sonriendo le dijo a mi tía que no se preocupara, que se lo habían dicho muchas veces y entonces me miró a mí y me dijo:

-Pues tú sí tienes un nombre bien bonito: Alfard, el nombre de una estrella.

Asentí sin decir ni mú, porque me miraba y me miraba con esos ojos azules tan azules como el cielo que yo veía de día, o como el mar de día de donde él había salido de noche. Sentí que me estaba traspasando como si su mirada estuviera compuesta de rayos X.

Alfard, me volvió a decir, y no una estrella cualquiera, si no una estrella Alfa. La más importante que brilla en la Hydra.

Yo seguía asintiendo y el cielo que yo miraba en ese momento eran sus ojos, hasta que mi tía Elsa eclipsó el brillo celeste y nos dijo que nos sentáramos a comer, que ella iba a poner la mesa, aunque yo me levanté para ayudarla.

No, no se deja a un invitado sólo nunca en la mesa Alfard, me dijo, así que me senté a su lado. Realmente sentara como me sentara siempre iba a estar a su lado, es lo que tiene estar sentado en una mesa circular.

Donald me miraba divertido como esperando a ver con qué barbaridad le iba yo a sorprender a continuación pero yo seguía ciego con sus ojos azules que me transmitieron una gran calma y acerté a preguntarle

-¿De dónde eres? tu acento es inglés pero lo noto algo distinto.

Claro, me dijo, yo soy de Auckland.

Ah, de Nueva Zelanda, le dije asombrado y me incorporé sobre la mesa porque ya ese tema, además de la astronomía, conseguía interesarme.

Oh, veo que conoces bien la geografía mundial, me dijo mirándome fijamente.

Sí, me gusta, aunque – y voy a ser descarado pensé – no tienes pinta de maorí.

Hombre, no sólo dominas la física que también dominas la geografía humana, me dijo con un poquito de sorna. Pues, no como ves, no tengo en absoluto pinta de maorí. Soy descendiente de ingleses que llegaron a las islas en el siglo XIX.

Eres astrónomo entonces, me ha dicho mi tía, ¿muy joven, no? pregunté porque tenía que enterarme de su edad fuera como fuera y que él captó en el acto:

Tengo 26 años, joven sí, como tú.

Eh, que yo tengo 17 ni te compares. Elevó sus cejas.

Bueno, es verdad, yo soy joven y tú estás en la edad del gallo.

¿Qué dices de gallo? Le pregunté.

¿No sé dice en español que los adolescentes están en la edad del gallo?

Del pavo, edad del pavo – dije con desdén – pero yo superé esa etapa, cumplo 18 el mes que viene.

Ah bien caballero, usted perdone.

Astrónomo entonces, le dije.

Sí, lo soy, recién terminada la carrera y estoy ahora trabajando con una beca aquí en España. Quería aprender cosas del hemisferio norte, tan distinto al sur que para mí es lo cotidiano.

¿Estudiaste en Auckland? pregunté y me dijo:

No, no, estudié en la universidad de Canterbury.

-¡Ah! en Christchurch, en la Isla Sur!, recordé.

Dio otro respingo.

Pero hombre, pues sí que sabes tú de Nueva Zelanda ¿cómo es eso?

Sonreí con mi mejor sonrisa y le dije que visitar Nueva Zelanda era uno de mis sueños, porque era las antípodas de España. En ese momento, Donald se me quedó fijo mirando unos segundos, una mirada extraña porque no me miraba a mí, estaba pensando hasta que volvió en sí. Segundos, muy pocos segundos. Yo volví a hablar.

Es verdad, son las antípodas. Una vez hice el cálculo, le dije y vi que las antípodas de Jerez, están muy cerquita de la playa, en el mar, en la costa de Auckland. O sea, que te hubiera sido más corto haber venido hasta aquí escarbando en la tierra que en avión.

Se rió, es verdad, pero no soy yo un topo.

-¿Y dónde trabajas?, le pregunté.

Estoy en el Instituto Astrofísico de Andalucía y voy a Granada, a Calar Alto en Almería, y a veces, a Canarias.

¿Y qué haces aquí en Conil?

Sigue leyendo “Capítulo 11”

Capítulo 10

Foto Pixabay
Foto: Pixabay

Les vi andar hasta el pueblo y entrar por una de las calles. A continuación intuí las sombras de los chicos de la pandilla que fueron tras ellos. Pero yo me quedé allí. Congelado. No sabía que había sucedido. ¡Cómo podía salir mi Tía Elsa del mar! ¡Qué cosa más extraña ver unos seres y luego comprobar que delante tuya se han convertido en dos personas corrientes y encima una es tu familiar, con quien has estado horas antes!

Pero mi mente estaba demasiado tensa y asustada para pensar. Me quedé quieto, petrificado, sin saber qué hacer, preso del pánico. No sé cuánto tiempo, hasta que decidí volver a casa, porque también tenía miedo de quedarme sólo en la playa por si volvían.

Salí del montículo, miré al mar y no vi nada y me dirigí hacia el pueblo. Era tarde y había menos luces encendidas ya. Algunos bares y chiringuitos ya habían cerrado. Entonces sentí esa sensación horrible de saber que alguien te está observando. Y lo sentía cerca. Muy cerca. Me volví hacia el mar girando la cabeza despacio, pensando que segundos antes había mirado y no había nada. Pero ahora, al volverme, sí lo había. Claro que lo había.

Podría tener tres o cuatro metros de altura. Tenía forma humana. Era un gigante. Su ropa me pareció la de un buzo o la de un traje espacial. Ceñida al cuerpo. La cabeza no se veía porque tenía un tipo de escafandra semejante a una segunda piel,  pero podía imaginar sus ojos, tipo asiáticos. Nos miramos, o eso me pareció, uno al otro. ¿Tenía alas?  Yo estaba sin aliento. Era minúsculo a su lado. Pensé en salir corriendo, pero no pude. Entonces, el ser levantó su mano derecha enseñándome la palma o el guante, pues se parecía más a eso. Era una señal de saludo. La misma señal que Carl Sagan y Fran Drake diseñaron años antes para mandarlas en la nave Pionner X al espacio exterior. Algo interior me hizo pensar que me estaba sonriendo y diciéndome: ‘Saludos Alfard, me alegro de volver a verte, hasta la próxima‘.  O al menos esa frase resonó en el interior de mi cabeza. Hecho esto desapareció. Dejó de estar. No entró en el agua. No se lo tragó la Tierra. Simplemente, desapareció. Y a mi mente vino aquél ser que una vez vi con Pedro por encima de la tapia del lagar de la viña de mi casa. Era el mismo. Era él.

Pioneer plaque

Saludo humano enviado en la nave Pionner X al espacio exterior por la NASA.

Yo no podía más. La experiencia había sido demasiado fuerte. Me fui al pueblo corriendo, jadeando. Vi en el reloj del ayuntamiento que era la una de la mañana. Tenía miedo de llegar a casa. Suponía que Tía Elsa no estaría. ¿ A dónde habría ido? ¿me habría visto? ¿Cómo reaccionaríamos al vernos? Estaba totalmente desconcertado. ¿Quién era mi tía?

Sigue leyendo “Capítulo 10”

Capítulo 7

Aviso: Este capítulo tiene contenido para adultos no apto para menores de edad.

Foto: Pixabay
Foto: Pixabay

-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.

-Pero para eso tenemos que ir la casa vieja antigua del guarda de la viña de al lado.

A mí se me erizó la piel. La casa del guarda. Me daba pánico.Era una casa no abandonada del todo, pero que nadie entraba porque allí había muebles antiguos que no se utilizaban. Bueno, nadie entraba salvo nosotros en nuestras aventuras o investigaciones, que buen miedo que me daban. La casa era fantasmal. El antiguo guarda, tenía la costumbre de clavar los dientes de sus nietos en la puerta de madera. Para colmo, yo sabía que aquella parte de la viña vecina estaba muy cerca de lo que fue un antiguo cementerio árabe. Yo sentía verdadero terror ver la construcción y cruzaba muy rápidamente por las habitaciones. Una de nuestras investigaciones eran hacer psicofonías. Con nuestro radiocassete grabábamos por las noches los sonidos que había en la casa. Pero nunca salía nada. Hasta que una vez si grabó algo: los gritos nuestros cuando calculamos mal el tiempo de grabación y al entrar en la casa a darle la vuelta a la cinta, un gato que había salió espantado tirando un vaso de cristal antiguo y nos pegó un susto de muerte. Ahí decidimos que no convenía hacer esas cosas porque el miedo que pasábamos no era nada comparable con los resultados obtenidos en la investigación. Pero a pesar de estar asustado, yendo con Pedro, me sentía protegido.

Entramos en la dichosa casa y en el fondo, detrás de una pequeña pared de media altura, que hacía como de minibar,  nos sentamos en un sofá viejo que había y Pedro se sacó de dentro de la camisa una revista. Una revista verde. Yo sabía que existían pero no había visto ninguna de cerca porque en los kioskos no la ponían y tampoco yo había tenido mucho interés. Pedro me la enseñó y yo no entendía nada de lo que veía porque yo jamás había visto a nadie desnudo. A mí me daba mucha vergüenza pero la curiosidad me podía y Pedro me explicaba que era aquello. Eran hombres y mujeres follando decía él, pero yo hubiera jurado que estaban peleando, pegándose entre ellos; me sorprendió ver las partes privadas de las mujeres y los hombres que nunca se ven. A las mujeres las veía como incompletas, mucho bulto con los pechos por arriba que eso sí que yo los conocía, pero por abajo estaban vacías en comparación con los hombres de los que me asombré por el tamaño de sus miembros sobre todo comparado con el mío, a mis catorce años. No es que me diera miedo pero no podía llegar a entender como esas cosas tan grandes podían caber en el cuerpo de la mujer y no hacerle daño.

A partir de entonces, casi todas las tardes que podíamos dedicábamos a ver un rato la revista verde; de vez en cuando Pedro se la pedía a su primo y se la cambiaba por otra y así íbamos viendo otras cosas distintas. Yo, por la noche, me acordaba cuando me acostaba de la revista, pero sólo de los hombres, las mujeres no me llamaban mucho la atención. Cuando pensaba en la revista mi colita se ponía grande y averigué que eso tenía que ver con el pensar. Así por las tardes, un día viendo la revista me dijo Pedro que se iba a hacer una paja y yo le pregunté que qué era eso y me dijo que era cogerse la colita y tocarla de arriba abajo hasta que soltara la leche que era un liquido blanco pegajoso. A mi esa maniobra me parecio superasquerosa y si yo no llego a saberlo, hubiera pensando en mi primera eyaculación voluntaria que yo estaba enfermo, porque a veces me levantaba con los calzoncillos mojados de ese liquido blanco que yo no sabía que era y que por vergüenza no contaba a mi madre. Además el nombre de paja me parecía horrible, qué tendría aquello que ver con el la recogida de las cosechas, me preguntaba.

Pedro se puso en una butaca enfrente del sofá, con una mesa de por medio, todos muebles viejísimos,  y yo sólo le veía la cabeza cuando se hacía la paja y yo entonces no sabía que hacer y Pedro no me miraba nunca y otras como ponía la cara como si le fuera a dar un desmayo. Un día me dijo que me hiciera yo otra mientras, pero yo no sabía y así se lo dije y me dijo que yo era tonto, tonto, pero tonto, tonto, entonces me llamó y me pidió que me pusiera a su lado. Con mucha vergüenza fui y cuando le di la vuelta a la mesa,  vi a Pedro con los pantalones bajados y su colita tan grande casi como la de las revistas. Allí Pedro me enseñó cómo se hacía una paja y allí yo me hice la primera casi ahogado de pudor delante de él.

Seguimos yendo por las tardes que podíamos a ver las revistas y siempre nos hacíamos una paja hasta que un día Pedro me miró, me cogió la mano y me la puso en su colita y me hizo el ademán que yo se la hiciera a él y eso hice, sin hablar, yo se la hacía a él y él me la hacía a mí, y desde entonces casi todas las veces que podíamos nos íbamos a la casa vieja a ver las revistas que cada vez veíamos menos ya que nos dedicábamos más tiempo a nosotros mismos. Otro día, Pedro se puso de rodillas delante mía y me hizo lo que los hombres de las revistas a las mujeres, aquello ya era otra cosa y yo me sentí tan culpable por verlo de rodillas ante mí que me sentí en deuda y luego me puse de rodillas también delante de él y le hice lo mismo que me hizo a mí, pero siempre sin hablar.

Todo lo hacíamos en silencio, mecánicamente. Ninguno de los dos decía nada. Sabíamos a dónde teníamos que ir y lo que íbamos a hacer. Pero nunca decíamos vamos a ir a hacer tal cosa. Sencillamente, íbamos. Al terminar, tampoco decíamos nada. Nos vestíamos y volvíamos como si tal cosa a casa hablando de asuntos que no tenían nada que ver con lo que habíamos hecho. Todo era sexo. Solo sexo. Yo me preguntaba, pero no me atrevía a hacer la pregunta,  de que por qué no nos besábamos. Ya luego más mayor comprendí el porqué. Besarse era algo más que el sexo, era como si hubiera amor. Y eso sí que era pecado, estaba prohibido. El sexo, podía pasar. Pero el amor entre chicos, impensable.

Eso y más cosas estuvimos haciendo todas las tardes que pudimos, quitando las semanas santas, porque la sensación de pecado nos agobiaba, hasta que yo cumplí los 17 años, cuando una tarde Pedro no apareció.

Capítulo 6

Foto: Pixabay
Foto: Pixabay

El Sol llegó al punto del equinoccio de otoño y el verano se acabó. En donde vivía pueden imaginar la que había montada con todas las faenas alrededor de la vendimia. Mucha gente que venía de muchos sitios a recoger la uva que luego se convertiría en uno de los mejores vinos del mundo, el jerez. La tranquilidad brillaba por su ausencia, y aunque yo no recogía uva, sí que ayudaba a mi padre en muchas de las tareas, como medir el grado Baumé, ver la calidad de la uva, el adecuado conteo y transporte hasta la bodega. Me gustaba ese trabajo y ese olor a mosto, único, de la campiña jerezana.

El colegio comenzó de nuevo, y yo de nuevo me desvinculé de las faenas de la viña. Las tardes se iban haciendo más cortas, y aunque Pedro venía a estar conmigo, cada vez lo hacía con menos tiempo, con lo que los sábados y los domingos eran ya casi los único momentos para estar juntos, porque a pesar de ir a la misma escuela, en el colegio Pedro no me hablaba y hacía como si no fuera mi amigo, porque yo en el colegio era el raro y cuando se metían conmigo Pedro no estaba nunca presente porque siempre se quitaba de enmedio. A mí me molestaba pero yo no le decía nada ni él me decía nada tampoco, porque yo sabía que luego volvería a venir a casa y los sábados  y sus compañeros de clase quedaban lejos y él no se comportaba como en el colegio. Volvía a ser Pedro.

Sin embargo, yo en el colegio ya no estaba sólo porque me eché dos amigos que también eran raros, los niños decían que eran mariquitas pero a mí me daba igual, primero porque no sabía que eran mariquitas aunque me sonaba que no tenía que ser nada bueno, aunque yo en el campo conocía a las mariquitas que eran unos bichitos rojos con pintitas negras muy bonitas, y que no sabía que tenía que ver con todo aquello. Me gustaban mis dos amigos del colegio porque eran niños que contaban cosas distintas al resto, no hablaban de fútbol que me aburría ni estaban todo el tiempo pegándose o tirados en el suelo jugando a los bolindres, el trompo,  a la piola o al marro.

Hablábamos de canciones, de libros, de viajes, de experimentos, de telepatía, del universo,  de cosas nuevas que a mí me hacían soñar con un mundo mágico y yo me lo pasaba muy bien con ellos sentados al lado de la valla del patio,  comiéndonos el bocadillo mientras el resto de niños (y también Pedro de reojo), nos miraba como diciendo míralos a esos, los raros, que no juegan nunca. Que aburridos son.

Sin embargo era todo lo contrario. Mis nuevos amigos se llamaban Fabio y José.

Con este último era con el que yo experimentaba las cosas y con el que me llevé las primeras decepciones de mi vida. Nos empeñamos en remedar el experimento de un libro que leímos sobre la telepatía. Consistía en sincronizar nuestros relojes y a una hora determinada, uno de nosotros pensábamos en un número del uno al cien y el otro, a la misma hora, tenía que recibir telepáticamente el mismo número. No lo conseguimos. Pasamos a una serie de uno a diez. Y tampoco lo conseguimos. Qué triste, nos considerábamos unos inútiles para la magia y estas cosas de la telepatía. Así que decidimos prestar la atención a otras cosas que por lo menos, no nos frustaran.

José, me llegó un día y me dijo: no te puedes ni imaginar lo que me he enterado. Yo abrí los ojos preguntando lo que, lo que, lo que y me corrigió: se dice el qué, mientras siguió hablando, es que hay un programa en la onda corta de Radio Doichebele que si tú escribes y dices que quieres tener más amigos te escribe gente desde todas las partes del mundo. Entonces me dio la dirección y yo escribí, eché la carta por correos, que me costó más cara porque era a Alemania y cuando ya no me acordaba un día llegó papá a casa y me dijo Alfard mira lo que ha traído el cartero para ti, y era una carta blanca, con los bordes verdes y amarillos que venía de Porto Alegre en Brasil de un niño que se llamaba Joao. La carta venía en portugués pero yo entendía lo que ponía y junto a José y Fabio estuvimos viéndola y pensando que ese trozo de papel había cruzado todo el océano atlántico y lo había hecho volando porque la carta era por avión. Además, tenía el sello. Que bonito, con el globo de la bandera de Brasil. Así fue como comencé a coleccionar sellos, a interesarme por la filatelia, a gustar de conocer las banderas del mundo y aprender Geografía.

La carta era un tesoro y yo estaba deseando que llegara el sábado para enseñársela a Pedro, porque era una cosa que seguro que le iba a gustar, como así fue y se quedó mirándolo con los ojos asombrados por tener ese papel que venía del otro lado del oceáno, pero luego me miró a los ojos y me dijo algo que me intrigó:

-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.