Capítulo 2

Fotografía: Pixabay
Fotografía: Pixabay

Porque lo había dicho la radio y la radio todo lo que decía era verdad en aquella mente infantil mía de entonces. Pero parecía que era yo sólo quien lo había escuchado. Yo sólo el que recibí esa noticia. Los testigos de Jehová, que no yo no sabía quiénes eran, pero que debían ser muy importantes porque eran testigos, habían dicho que el mundo se terminaría a las cuatro de la tarde. Yo, que entonces tenía ya algún conocimiento de geografía, y en una noche tan larga, tuve tiempo para pararme a pensar a qué cuatro de la tarde se referirían. Porque las cuatro de la tarde en Jerez no eran las mismas cuatro de la tarde de Nueva York. Y esos testigos decían que los habían dicho los de la fábrica, una fábrica que tenían en Nueva York en una torre enorme. ¿Fábrica de qué? Qué importaba, si el mundo iba a terminar.

Pero lo que más me asustaba es que era verdad porque yo tenía la prueba. Lo venía viendo venir todas las tardes. Desde el cerro donde estaba mi casa casi podía ver la línea que formaba el mar. Allí, en el Oeste, justo por donde de noche las ráfagas del faro de Chipiona lanzaba rayos a las estrellas, allí, el Sol se ponía y yo, observador siempre, le miraba fijamente. Veía manchas oscuras dando vueltas alrededor de su circunferencia. Eso no podía ser otra cosa que el Sol se estaba apagando. Y con un Sol apagado ¿cómo íbamos a seguir viviendo? Pensé que podían ser cosas mías, pero ahora los Testigos, lo habían dicho. Ellos eran Testigos y los Testigos siempre dicen la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad.

Un mundo sin Sol era imposible. Sin calor los seres vivos se mueren. Sin luz, las plantas se mueren y si se mueren las plantas, mueren los animales. También cambiaría la temperatura. Haría mucho frío y el clima cambiaría. No había duda. Sin Sol la muerte era segura.

Cuando rendido, el nuevo día amaneció, entró mamá en la habitación y me vio con las ojeras.

Mira que eres cabezón, no has dormido. ¿No te he dicho que el mundo no se iba a acabar? ¿por qué no me crees a mí cuando te digo las cosas?

Porque tú no eres Testiga y además, todavía no son las cuatro de la tarde aquí, le dije, y mamá se echó a reír.

Anda levántate ya, me ordenó.

Pero yo no me levantaba, porque puestos a morir, había leído que la mayoría de las personas morían en la cama.

Alfard, el Sol algún día se apagará, pero ni tú ni yo lo veremos. Se pondrá muy grande, de color rojo, engullirá a la Tierra y todo lo de aquí acabará, pero tú y yo no estaremos. Mira como tienes los ojos, rojos. Qué bruto eres hijo mío, te vas a dañar la vista. Te voy a pedir cita para el oculista, continúo diciendo mi madre.

Yo no me levantaba, pero mamá abrió los brazos y ese era el resorte para que yo me abrazara a ella. Era mi refugio, mi protección, mi escudo, mi paz, mi tranquilidad, mi todo. A pesar de tener trece años, yo era “madrero” decían y qué, pues sí, lo era, quería mucho a mi madre, la quiero y la seguiré queriendo, porque aunque ella ya no está, como le pasará al Sol, sigue teniendo su fuerza y dándome todo lo que un día me dio. ¿Podría haber un sitio más seguro para encontrarme que apretando mis sienes junto a su pecho los días de fiebre? ¿Podría existir en el mundo un lugar donde las flores pudieran oler mejor que el perfume que mi madre tenía cuando me abrazaba de pequeño? Aún cierro los ojos y puedo olerlo. Hasta el nombre me gusta porque me llevaba de viaje a tierras extrañas: Madera de Oriente. Venía en un frasquito que estaba sobre su cómoda, que contenía una maderita en su interior, como una cerilla sin cabeza. Dicen que hay experimentos científicos donde ponen a muchos bebés al lado de su madre sin que estas puedan verlo y que los detectan sólo por el olor. Quizás a mi me pasara algo parecido, pero al revés.

Anuncios

Capítulo 1

Fotografía: Pixabay

Esa noche no dormí. Jamás deseé con tantas ansias que el amanecer llegara pronto. Intuir por las persianas echadas, que el  Sol salía de nuevo para proyectar a través de las cortinas ese cine de juguete que yo no tenía, pero que imaginaba en cada pared. Esas sombras chinescas que un día eran amigas y otro día eran monstruos. Ese Sol que que cruzaba la habitación de lado a lado, haciendo visible las motas de polvo, presentando un universo que no veía pero que estaba ahí flotando mientras yo lo respiraba, navegando en el espacio como pequeños asteroides invisibles.

El Sol, compañero de juegos de mi infancia, que al reflejarse en las patas niqueladas de la mesa de la cocina, después de que yo le frotara a sabiendas de que era un acto sucio con mi saliva, se dividía en los siete colores del arcoiris. Jugaba a ser Newton de una manera muy rudimentaria.

Esa noche la pasé en vela. No estaba acostumbrado a no dormir ni un sólo momento de ella; incluso la noche de Reyes, me quedaba dormido al final, donde estos, porque eran reyes de verdad los que iban a mi casa, aprovechaban mi inconsciencia para colocar los pobres regalos que para mí eran más importantes que los tesoros de cualquier isla.

Pero esa noche, no. Esa noche no fue igual porque al día siguiente se terminaría el mundo. Y con él terminaría todo lo conocido y por conocer, pero sobre todo, acabaría lo que yo más amaba y lo peor, terminaría yo. Yo también tendría mi final.

No podía comprender cómo mis padres podían dormir después de que yo les hubiera alarmado. Que se va a acabar el mundo, decía. Pero no me hicieron caso. Como a los grandes genios, pensaba, nadie hace caso a quien siempre tiene la razón y luego se arrepienten. Pero en esta ocasión no habrá lugar a la vuelta atrás. Mañana acabará todo y yo estoy aquí aterrorizado, muy sólo, viendo cómo el mundo se destroza y nadie hace nada.