Capítulo 14

Piha and Lion Rock
Piah Beach (Auckland, New Zealand)

En apenas minutos, habíamos cruzado el mundo de punta a punta. Estábamos en las antípodas de Jerez; de la laguna de Torrox a la Laguna Panmure. De mi casa, a la casa de Donald. En minutos. Todo era increíble.

La laguna Panmure era mucho más grande que la de Torrox y mucho más bonita, pero no dejaba de impresionarme que una estuviera casi justo debajo ( o arriba, según se viera) en el planeta. Las antípodas de Torrox era otra laguna y de una a otra habíamos cruzado nosotros en apenas segundo. Habíamos atravesado la Tierra.

-Bueno, no la hemos atravesado, nos hemos transportado de una manera especial, pero no hemos atravesado el núcleo de la Tierra si es lo que estás pensando, me puntualizó Donald.

La laguna de Panmure es un estuario de marea dentro de un cráter volcánico en el campo volcánico de Auckland en Nueva Zelanda. Está ubicado al sur del centro de la ciudad de Panmure. En verdad, la tierra neozelandesa es una tierra volcánica y muy sísmica, ya que se encuentra entre las placas australianas y pacífica. Los terremotos, algunos muy destructores, son corrientes en esta tierra, espalda de la península ibérica.

Anduvimos por una calle que bordeaba la laguna, estaba oscuro, algunas farolas daban poca luz, cosa que me gustaba porque permite ver las estrellas y también no molesta a la fauna que viviría en la laguna y a las que como a mí, les gustaría dormir sin que la molestaran. Entonces, un coche llegó despacio y paró junto a nosotros. Abrió el cristal del copiloto y una chica nos saludó.

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Capítulo 13

Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.
Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.

Al día siguiente, fuimos a buscar a Tía Elsa que volvía a casa. Yo estaba triste porque tendría que volver a dormir en su casa, sólo. Pero no tenía ni idea de lo que iba a suceder.

Fuimos a la plaza del pueblo y compramos pescado y Tía Elsa decidió que Donald se quedará a almorzar con nosotros. Yo tenía miedo que ella – tan lista como siempre – se diera cuenta de mi relación con Donald. A él no se le notaba nada, pero yo, estaba de otra manera. Ojos de cordero degollado, decía Donald.

Nos pusimos a cenar y Tía Elsa sólto la primera noticia.

Así que nos viste, sobrino.

Miré a Donald, que bajó los ojos. ¿Se los ha dicho? le pregunté con mi mirada.

Sí, me lo ha dicho, me dijo mi tía. Pero no te enfades. Estaba obligado a decírmelo. Alfard, ya sabes que Donald tiene una misión, aunque no sabes de qué se trata. Te contó la historia del barco, dijo mirando a Doc. Yo pensé que ese barco que salía de debajo del agua era de alguien que había estado allí y lo había perdido, y que no sabía por qué razón, había salido a flote de nuevo. Lo cogí, y me extrañó muchísimo cuando vi en la chapa que estaba hecho en Nueva Zelanda. La chapa tenía una dirección de correo electrónico. Escribí diciendo que había encontrado ese barco y que podían venir a recogerlo. Jamás pensé que me iban a contestar tan rápido. Asi conocí a Donald. Ninguno de los dos podíamos entender lo que estaba pasando. La noche siguiente me fui a la laguna sola, yo no le había contado a mi amiga nada de la procedencia del barco, por sí veía algo que me pudiera ayudar. Y lo vi, Alfard, lo vi. Al principio pensé que era una estrella, y luego por su brillo, un planeta. Pero me pasa como a ti, conozco no tan bien como tú el cielo, pero sé lo que debe estar en su sitio y lo que no. Pero aquella luz se fue haciendo cada vez más grande. Pero tenía una sensación: esa luz sólo parecía verla yo. La luz fue creciendo de tamaño. Era una esfera que llegó a tener el mismo diámetro de la Luna. Fue entonces cuando comenzó a moverse. Se acercaba a la laguna, cada vez más cerca, hasta posarse al lado contrario de dónde yo estaba. Podía tener dos metros de altura. Yo estaba asustada, pero me acerqué. La esfera realmente no era tal: era una puerta, con tanta luz que no veía lo que había en su interior. En un banco cercano, unos gamberros habían dejado una botella de cerveza vacía. La cogí y la lancé hacia la puerta de la burbuja de luz. Entró dentro y a continuación la luz se apagó y no dejó ni rastro. Como si nada de aquello hubiera existido.

Yo también decidí ir esa noche a Laguna Panmure, continuó Donald, mientras yo estaba callado como el que escuchaba una novela de ciencia ficción. Estuve merodeando por parte de la orilla a ver si encontraba algo. Y lo encontré: encontré una botella de cerveza. Era extraño verla porque aquí no es costumbre dejar la basura en los parques , así que la cogí, la observé y ví que estaba hecha en Sevilla, España. A la vez, recibí el correo de tu tía. Elsa y yo empezamos a tener una charla por internet. Era muy extraño todo lo que estaba sucediendo, y más que extraño, increíble. Otra noche fui yo quien decidió ir a la laguna a ver si veía algo extraño en el cielo. Pude ver al igual que tu tía, esa esfera luminosa, posarse en la orilla. Lo curioso Alfard, es que había gente allí pero no la veían, sólo yo. En esa ocasión yo no hice nada. Tu tía y yo nos conectábamos a internet y nuestros horarios eran horribles, ya sabes, casi once horas de diferencia. Buscábamos información pero no encontrábamos nada.

Yo iba a preguntar y me dijo Donald:

Ya, Alfard, sabemos que tienes cientos de preguntas, nosotros también pero ten paciencia y ve escuchando lo que estamos contando.

Días después, tanto tu tía como yo recibimos una carta: la misma carta.

Tía Elsa se levantó y me trajo un sobre. Mírala me dijo. El sobre venía con su nombre impreso y sin remite: saqué el papel de su interior y lo leí.

Ponía en el encabezado

Galen Planet (Futuro Kepler 62F) Alpha Centauro Nínive

Amigos de la Tierra. Lo que estáis observando y que atraen vuestra atención en estos días, son fenómenos exclusivos que estamos diseñando para vosotros. Tienen como objeto poner en contacto a todas las personas humanas que formarán parte de una misión: reconducir el futuro de la Humanidad. Sabemos que tienen muchas preguntas que serán respondidas a su debido tiempo. Nosotros, quienes nos dirigimos a ustedes, somos seres de luz. Ustedes, en vuestras diferentes culturas nos habéis definido como ángeles, visitantes o mensajeros. Nosotros preferimos considerarnos guías. Pero somos personas vivientes como ustedes, sólo que en otro estado y en otra dimensión. Lo que estáis viviendo ahora, es una preparación para que ustedes podáis pasar de una dimensión a otra. No tengan miedo, nosotros os protegeremos. Cuando queráis establecer contacto con nosotros, piensen en nuestras figuras, llámennos y mediten. Bajar la frecuencia del pensamiento es la manera de entablar comunicación con nosotros. Tan sencillo como si cambiarais el dial de una emisora de radio. Estoy con ustedes siempre,

Firmado. Hermes.

¿Pero esto qué es? ¡parece una secta! dije.

-Lo parece pero no lo es. Tanto tu tía como yo recibimos como te hemos dicho esta carta, y lo primero que pensamos era que alguien nos estaba gastando una broma. Pero claro, el barco y la botella de cerveza estaban ahí.

Yo no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, era superior a mí.

-Es que esto parece de película. ¿Cuántas cosas no sé? pregunté.

Tía Elsa y Donald se miraron.

-Muchas, dijo él, muchas. Pero no temas y ten paciencia, ya te irás enterando. Por lo pronto has de saber que tú no estás aquí por casualidad.

¿Qué? Formas parte del plan. ¿Qué plan? -Dije casi perdiendo el aliento.

-De la misión que tenemos, ellos quisieron que tú estuvieras con nosotros, dijo Donald.

-¿También quisieron ‘ellos’ que me enamorara de ti? pensé sin decirlo en voz alta.

Pero yo vine aquí porque me mandó mi madre… ¡¿mis padres saben algo de todo esto?!

Asintieron.

Y mucho antes que nosotros, dijo Tía Elsa. Tampoco es casualidad que tú lleves el nombre de una estrella.

No podía comprender nada. Muchas cosas me estaban pasando en muy pocos días. Mis padres, también mis padres estaban metido en esto, que ya parecía ser un sueño del que me iba a despertar de un momento a otro.

Quiero ir a Jerez, dije. ¿Donald, me llevarás?

– Sí, claro.

Después de tomar un café, llegaba la hora de la siesta y Donald dijo que se iba para casa y a mí me dio una punzada en el corazón, porque esa noche ya me tenía que quedar con tía Elsa, nadie me había dicho nada, y lo que se suponía era eso, y yo tampoco me encontraba en una posición cómoda como para elegir donde dormir. Pero mi tía me lo notó en la cara (¿Qué más cosas notará? pensé).

¿Has traído la bolsa con la ropa sucia de estos días, Alfard? me preguntó ella.

Sí tía, la he dejado en el lavadero.

Donald estaba parado escuchando la conversación cerca de la puerta que daba a la salida.

-Pues coge la rompa limpia ¿no?

La miré sorprendido sin decir nada.

-¿No querrás quedarte a dormir en casa de una vieja ya que tienes amigos con los que se ve que te lo pasas muy bien, no?

Me ruboricé y Donald bajó la mirada sonriendo.

-Tía, por favor, no eres vieja… anda, anda. Véte con Donald, disfrutad juntos que sois jóvenes, que la juventud se va en dos días. Sonreí agradecido y le di un gran beso sonoro a mi tía. Luego miré a Donald que dijo:

Bueno, ¿y a mí nadie me pregunta mi opinión?

La mirada fulminante que le eché sólo le hizo decir:

Bueno bueno, no he dicho nada… vámonos loco.

Y de nuevo la noche y el paraíso, que no por repetido dejaba de tener el mismo encantamiento.

Acostarme a leer, escuchar a Donald trastear en su habitación, hacerme el dormido, notar su peso en el somier, sus risas en pequeño y sentir como sus manos me buscaban, para darme yo la vuelta y dejar de ser yo para ser un trozo de él. Para saber que las estrellas de fuera ya no me hacían falta porque lo tenía absolutamente a mi lado y para mí. Y me quedé dormido otra noche más abrazado a su cuerpo, respirando su aire, acompasando mis pulmones al ritmo de la respiración de los suyos, ahí juntos, pegados, sin saber qué piel era la mía o la suya, y queriéndole, aprendiendo a quererle mucho, en el momento que perdía la conciencia, cuando sólo escuchaba decir: yo también te quiero mucho Alfarcito para desaparecer en los sueños y despertar de nuevo junto a él.

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Capítulo 11

Auckland Mount EdenAntípodas de Cádiz (Auckland, Nueva Zelanda)

Hola, te llamas como el pato, yo soy Alfard.

Abrió los ojos como platos como diciendo que era la enésima vez que se lo decían,  mientras mi tía me miró queriéndome comer.

Pero como se te ocurre decirle eso a mi amigo! perdona a Alfard, Donald por favor, es un poco impertinente cuando quiere…

Donald sonriendo le dijo a mi tía que no se preocupara, que se lo habían dicho muchas veces y entonces me miró a mí y me dijo:

-Pues tú sí tienes un nombre bien bonito: Alfard, el nombre de una estrella.

Asentí sin decir ni mú, porque me miraba y me miraba con esos ojos azules tan azules como el cielo que yo veía de día, o como el mar de día de donde él había salido de noche. Sentí que me estaba traspasando como si su mirada estuviera compuesta de rayos X.

Alfard, me volvió a decir, y no una estrella cualquiera, si no una estrella Alfa. La más importante que brilla en la Hydra.

Yo seguía asintiendo y el cielo que yo miraba en ese momento eran sus ojos, hasta que mi tía Elsa eclipsó el brillo celeste y nos dijo que nos sentáramos a comer, que ella iba a poner la mesa, aunque yo me levanté para ayudarla.

No, no se deja a un invitado sólo nunca en la mesa Alfard, me dijo, así que me senté a su lado. Realmente sentara como me sentara siempre iba a estar a su lado, es lo que tiene estar sentado en una mesa circular.

Donald me miraba divertido como esperando a ver con qué barbaridad le iba yo a sorprender a continuación pero yo seguía ciego con sus ojos azules que me transmitieron una gran calma y acerté a preguntarle

-¿De dónde eres? tu acento es inglés pero lo noto algo distinto.

Claro, me dijo, yo soy de Auckland.

Ah, de Nueva Zelanda, le dije asombrado y me incorporé sobre la mesa porque ya ese tema, además de la astronomía, conseguía interesarme.

Oh, veo que conoces bien la geografía mundial, me dijo mirándome fijamente.

Sí, me gusta, aunque – y voy a ser descarado pensé – no tienes pinta de maorí.

Hombre, no sólo dominas la física que también dominas la geografía humana, me dijo con un poquito de sorna. Pues, no como ves, no tengo en absoluto pinta de maorí. Soy descendiente de ingleses que llegaron a las islas en el siglo XIX.

Eres astrónomo entonces, me ha dicho mi tía, ¿muy joven, no? pregunté porque tenía que enterarme de su edad fuera como fuera y que él captó en el acto:

Tengo 26 años, joven sí, como tú.

Eh, que yo tengo 17 ni te compares. Elevó sus cejas.

Bueno, es verdad, yo soy joven y tú estás en la edad del gallo.

¿Qué dices de gallo? Le pregunté.

¿No sé dice en español que los adolescentes están en la edad del gallo?

Del pavo, edad del pavo – dije con desdén – pero yo superé esa etapa, cumplo 18 el mes que viene.

Ah bien caballero, usted perdone.

Astrónomo entonces, le dije.

Sí, lo soy, recién terminada la carrera y estoy ahora trabajando con una beca aquí en España. Quería aprender cosas del hemisferio norte, tan distinto al sur que para mí es lo cotidiano.

¿Estudiaste en Auckland? pregunté y me dijo:

No, no, estudié en la universidad de Canterbury.

-¡Ah! en Christchurch, en la Isla Sur!, recordé.

Dio otro respingo.

Pero hombre, pues sí que sabes tú de Nueva Zelanda ¿cómo es eso?

Sonreí con mi mejor sonrisa y le dije que visitar Nueva Zelanda era uno de mis sueños, porque era las antípodas de España. En ese momento, Donald se me quedó fijo mirando unos segundos, una mirada extraña porque no me miraba a mí, estaba pensando hasta que volvió en sí. Segundos, muy pocos segundos. Yo volví a hablar.

Es verdad, son las antípodas. Una vez hice el cálculo, le dije y vi que las antípodas de Jerez, están muy cerquita de la playa, en el mar, en la costa de Auckland. O sea, que te hubiera sido más corto haber venido hasta aquí escarbando en la tierra que en avión.

Se rió, es verdad, pero no soy yo un topo.

-¿Y dónde trabajas?, le pregunté.

Estoy en el Instituto Astrofísico de Andalucía y voy a Granada, a Calar Alto en Almería, y a veces, a Canarias.

¿Y qué haces aquí en Conil?

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Capítulo 10

Foto Pixabay
Foto: Pixabay

Les vi andar hasta el pueblo y entrar por una de las calles. A continuación intuí las sombras de los chicos de la pandilla que fueron tras ellos. Pero yo me quedé allí. Congelado. No sabía que había sucedido. ¡Cómo podía salir mi Tía Elsa del mar! ¡Qué cosa más extraña ver unos seres y luego comprobar que delante tuya se han convertido en dos personas corrientes y encima una es tu familiar, con quien has estado horas antes!

Pero mi mente estaba demasiado tensa y asustada para pensar. Me quedé quieto, petrificado, sin saber qué hacer, preso del pánico. No sé cuánto tiempo, hasta que decidí volver a casa, porque también tenía miedo de quedarme sólo en la playa por si volvían.

Salí del montículo, miré al mar y no vi nada y me dirigí hacia el pueblo. Era tarde y había menos luces encendidas ya. Algunos bares y chiringuitos ya habían cerrado. Entonces sentí esa sensación horrible de saber que alguien te está observando. Y lo sentía cerca. Muy cerca. Me volví hacia el mar girando la cabeza despacio, pensando que segundos antes había mirado y no había nada. Pero ahora, al volverme, sí lo había. Claro que lo había.

Podría tener tres o cuatro metros de altura. Tenía forma humana. Era un gigante. Su ropa me pareció la de un buzo o la de un traje espacial. Ceñida al cuerpo. La cabeza no se veía porque tenía un tipo de escafandra semejante a una segunda piel,  pero podía imaginar sus ojos, tipo asiáticos. Nos miramos, o eso me pareció, uno al otro. ¿Tenía alas?  Yo estaba sin aliento. Era minúsculo a su lado. Pensé en salir corriendo, pero no pude. Entonces, el ser levantó su mano derecha enseñándome la palma o el guante, pues se parecía más a eso. Era una señal de saludo. La misma señal que Carl Sagan y Fran Drake diseñaron años antes para mandarlas en la nave Pionner X al espacio exterior. Algo interior me hizo pensar que me estaba sonriendo y diciéndome: ‘Saludos Alfard, me alegro de volver a verte, hasta la próxima‘.  O al menos esa frase resonó en el interior de mi cabeza. Hecho esto desapareció. Dejó de estar. No entró en el agua. No se lo tragó la Tierra. Simplemente, desapareció. Y a mi mente vino aquél ser que una vez vi con Pedro por encima de la tapia del lagar de la viña de mi casa. Era el mismo. Era él.

Pioneer plaque

Saludo humano enviado en la nave Pionner X al espacio exterior por la NASA.

Yo no podía más. La experiencia había sido demasiado fuerte. Me fui al pueblo corriendo, jadeando. Vi en el reloj del ayuntamiento que era la una de la mañana. Tenía miedo de llegar a casa. Suponía que Tía Elsa no estaría. ¿ A dónde habría ido? ¿me habría visto? ¿Cómo reaccionaríamos al vernos? Estaba totalmente desconcertado. ¿Quién era mi tía?

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Capítulo 6

Foto: Pixabay
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El Sol llegó al punto del equinoccio de otoño y el verano se acabó. En donde vivía pueden imaginar la que había montada con todas las faenas alrededor de la vendimia. Mucha gente que venía de muchos sitios a recoger la uva que luego se convertiría en uno de los mejores vinos del mundo, el jerez. La tranquilidad brillaba por su ausencia, y aunque yo no recogía uva, sí que ayudaba a mi padre en muchas de las tareas, como medir el grado Baumé, ver la calidad de la uva, el adecuado conteo y transporte hasta la bodega. Me gustaba ese trabajo y ese olor a mosto, único, de la campiña jerezana.

El colegio comenzó de nuevo, y yo de nuevo me desvinculé de las faenas de la viña. Las tardes se iban haciendo más cortas, y aunque Pedro venía a estar conmigo, cada vez lo hacía con menos tiempo, con lo que los sábados y los domingos eran ya casi los único momentos para estar juntos, porque a pesar de ir a la misma escuela, en el colegio Pedro no me hablaba y hacía como si no fuera mi amigo, porque yo en el colegio era el raro y cuando se metían conmigo Pedro no estaba nunca presente porque siempre se quitaba de enmedio. A mí me molestaba pero yo no le decía nada ni él me decía nada tampoco, porque yo sabía que luego volvería a venir a casa y los sábados  y sus compañeros de clase quedaban lejos y él no se comportaba como en el colegio. Volvía a ser Pedro.

Sin embargo, yo en el colegio ya no estaba sólo porque me eché dos amigos que también eran raros, los niños decían que eran mariquitas pero a mí me daba igual, primero porque no sabía que eran mariquitas aunque me sonaba que no tenía que ser nada bueno, aunque yo en el campo conocía a las mariquitas que eran unos bichitos rojos con pintitas negras muy bonitas, y que no sabía que tenía que ver con todo aquello. Me gustaban mis dos amigos del colegio porque eran niños que contaban cosas distintas al resto, no hablaban de fútbol que me aburría ni estaban todo el tiempo pegándose o tirados en el suelo jugando a los bolindres, el trompo,  a la piola o al marro.

Hablábamos de canciones, de libros, de viajes, de experimentos, de telepatía, del universo,  de cosas nuevas que a mí me hacían soñar con un mundo mágico y yo me lo pasaba muy bien con ellos sentados al lado de la valla del patio,  comiéndonos el bocadillo mientras el resto de niños (y también Pedro de reojo), nos miraba como diciendo míralos a esos, los raros, que no juegan nunca. Que aburridos son.

Sin embargo era todo lo contrario. Mis nuevos amigos se llamaban Fabio y José.

Con este último era con el que yo experimentaba las cosas y con el que me llevé las primeras decepciones de mi vida. Nos empeñamos en remedar el experimento de un libro que leímos sobre la telepatía. Consistía en sincronizar nuestros relojes y a una hora determinada, uno de nosotros pensábamos en un número del uno al cien y el otro, a la misma hora, tenía que recibir telepáticamente el mismo número. No lo conseguimos. Pasamos a una serie de uno a diez. Y tampoco lo conseguimos. Qué triste, nos considerábamos unos inútiles para la magia y estas cosas de la telepatía. Así que decidimos prestar la atención a otras cosas que por lo menos, no nos frustaran.

José, me llegó un día y me dijo: no te puedes ni imaginar lo que me he enterado. Yo abrí los ojos preguntando lo que, lo que, lo que y me corrigió: se dice el qué, mientras siguió hablando, es que hay un programa en la onda corta de Radio Doichebele que si tú escribes y dices que quieres tener más amigos te escribe gente desde todas las partes del mundo. Entonces me dio la dirección y yo escribí, eché la carta por correos, que me costó más cara porque era a Alemania y cuando ya no me acordaba un día llegó papá a casa y me dijo Alfard mira lo que ha traído el cartero para ti, y era una carta blanca, con los bordes verdes y amarillos que venía de Porto Alegre en Brasil de un niño que se llamaba Joao. La carta venía en portugués pero yo entendía lo que ponía y junto a José y Fabio estuvimos viéndola y pensando que ese trozo de papel había cruzado todo el océano atlántico y lo había hecho volando porque la carta era por avión. Además, tenía el sello. Que bonito, con el globo de la bandera de Brasil. Así fue como comencé a coleccionar sellos, a interesarme por la filatelia, a gustar de conocer las banderas del mundo y aprender Geografía.

La carta era un tesoro y yo estaba deseando que llegara el sábado para enseñársela a Pedro, porque era una cosa que seguro que le iba a gustar, como así fue y se quedó mirándolo con los ojos asombrados por tener ese papel que venía del otro lado del oceáno, pero luego me miró a los ojos y me dijo algo que me intrigó:

-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.

Capítulo 3

Constelaciones - Hydra, Corvus y Crater -Johanes Hevelius Celestial Atlas
Constelaciones – Hydra, Corvus y Crater -Johanes Hevelius Celestial Atlas

Mamá tenía todas las respuestas, o casi todas. Cuando no sabía algo decía porque sí, y yo, sabía que ese porque sí era totalmente la mejor de las respuestas.

Me criaron en el campo, como único hijo, que buen trabajo les costó el tenerlo. Allí, en lo alto del cerro, buen otero de las viñas, en nuestra casa, me crié yo. Sólo, era el único niño del contorno y por eso me llamaron Alfard, que es el nombre de una estrella que está en la constelación de la Hydra, en el horizonte sur del invierno del hemisferio norte. Significa ‘la estrella solitaria’ y por eso me lo pusieron y yo estoy muy contento por llevar el nombre de una estrella. Además, me gusta mi nombre, es elegante. Cuando llegué al colegio, ningún niño se llamaba como yo. Sin embargo, cuando me preguntaban qué nombre era ese o aquél día que el cura me preguntó que si con ese nombre yo estaba bautizado, y yo contaba mi historia de las estrellas, me miraban con cara rara. Y en vez de ponerse ellos el apodo por poner caras raras, me lo pusieron a mí: el raro. Y con esa fama me llevé todos los días de mi vida en el colegio. Y en verdad era raro, si entendemos raro como todo aquello que se sale de la normalidad, de lo que hace la mayoría.

Podrás deducir, tú que hoy me estás leyendo que mis padres entendían de astronomía. Sí. Sabían, no es que fueran especialistas, pero sí lo suficiente para conocer el nombre de todas las estrellas brillantes del cielo. El campo con sus noches sin Luna, ofrece ese espectáculo y las personas que allí viven, como mis padres, saben aprovecharlo. Es un lujo el poder vivir con esa cúpula de estrellas sobre nuestras cabezas. Esa cúpula que gira aparentemente sin parar.

El tiempo fue pasando y yo fui creciendo en el campo, que poco a poco estuvo más habitado.

Me gustaban mucho más las tardes largas del verano que las cortas del invierno, sobre todo porque estaba de vacaciones y no tenía nada que hacer lo cuál significaba que yo me inventaba muchas cosas para matar el tiempo. Hacía mucha calor allí, sobre todo cuando soplaba el viento de Levante, una tortura que te dejaba seco como un colodrillo, sin mocos, sin jugos, sin saliva, con la nariz llena de tierra, la garganta seca, los ojos con arena, la cabeza caliente con dolor y te cambiaba el humor, aunque yo como era raro estos síntomas los tenía antes y mamá me utilizaba como barómetro porque el niño ya está barruntando el levante, decía. El cielo se volvía color grisáceo y no llovía, aunque alguna vez caía una gota y pudiera ser que fuera de barro. No había estrellas y las noches entonces eran muy aburridas, sólo aliñadas con el silbido del viento en los eucaliptos que estaban al lado de la casa y que yo comparaba con los abetos de la cabaña de Heidi en los Alpes. Cuando paraba el viento y el levante estaba en calma, era peor, porque entonces todo se llenaba de mosquitos, y mamá me embadurnaba de aután para ahuyentarlos, porque las macetas de albahaca de la entrada de casa no era suficiente para que se fueran.

Cuando soplaba el viento contrario, el poniente, la situación cambiaba. El aire venía del mar, traía nubes que podían estorbar para ver las estrellas, pero la atmósfera se ponía mucha más clara, y uno se podía tirar al fresquito en la hamaca para poder observar el cielo.

El mar. Mi casa estaba a unos diez kilómetros de su orilla. No podía verle porque un cerro le tapaba, pero cuando podía me iba a ese cerro con mi bicicleta y desde allí podía verlo.

¿Cómo podía la gente vivir lejos sin ver el mar? Su inmensidad me aplastaba como lo hacía el cielo estrellado. Mucho más cuando supe que aquello no era un mar, era un océano. El Atlántico. Por eso, el poniente venía fresquito, húmedo y con olor a sal, o yo me imaginaba que podía olerla.