Capítulo 8

Conil de la Frontera - Foto del autor
Conil de la Frontera visto desde la playa de Los Bateles – Foto del autor

Eso y más cosas estuvimos haciendo todas las tardes que podíamos hasta que yo cumplí los 17 años, cuando una tarde Pedro no apareció. Ni la otra. Ni la siguiente, ni ninguna más. Preocupado porque estuviera enfermo fui a su casa a verle y me dijo su hermana que no estaba, que había ido a ver a su novia. Yo no sabía que Pedro tenía novia, ni se me hubiera pasado por la cabeza, porque en el Instituto yo ya no veía a Pedro a pesar de estar en la clase de al lado y si alguna vez me lo cruzaba nunca me hablaba. Pero estaba acostumbrado al desprecio. Y cuando te acostumbras a que te desprecien y no te valoren, llegas a creer que eso es normal.

Me fui para mi casa pensando en que cómo Pedro podía tener novia y que yo ni yo me había enterado. Al otro día me crucé con él por la calle de vuelta del Instituto. ¡Qué casualidad, nunca lo veía y hoy aparecía! ¿Le habría dicho algo su hermana? Él venía con su novia, una compañera del instituto que yo conocía de vista por mi misma acera, pero cuando me vio se cambió de sitio y entonces ya pasamos por el lado pero separados y cuando estuvimos más cerca me miró pero no me dijo nada; me sonrió con cara que a mí me pareció de burla y se agarró a su novia para que yo lo viera y entonces me di cuenta que ya no volvería a estar nunca más con Pedro.

Yo me puse muy triste porque era mi único amigo (Fabio y José, cuando terminamos la EGB, desaparecieron) y sabía que lo había perdido y que encima no podía contarle a nadie lo que me había pasado. Que te dejen sin una explicación. Como si no valieras nada. Como a un juguete viejo. Como a un perro abandonado en la carretera. Como estaba triste no comía y como no comía, preocupé a mamá y a mi padre que se dieron cuenta que algo pasaba y que tenía que ver con Pedro porque ya no iba a verme.

Siempre me ha dado coraje eso de mí. ¿Por qué se me nota tanto lo que me pasa? Cualquier emoción se refleja en mi rostro. El enfado, la alegría, la tristeza… todas son visuales. Me gustaría poder tener la capacidad de disimular, de ser un teatrero, pero soy incapaz. Sí, me dicen que es muy bueno ser una persona transparente, pero yo pienso que tiene sus desventajas.

Yo no soltaba prenda hasta que dije que Pedro y yo nos habíamos peleado por unos libros pero yo sé que mamá no me creyó. Me vio tan triste que siendo como era principios de verano me dijo que me fuera las vacaciones a casa de su hermana Elsa, que era maestra jubilada, divorciada de un marido que yo nunca conocí y del que muy poco se hablaba, que no tenía hijos, que a mí me quería mucho y que vívia en Conil en la costa de Cádiz y que allí seguro que me olvidaba de Pedro, de los enfados, y que con el aire del mar y con tía Elsa seguro que recobraba el apetito.

Así que llegó ese día en el que mi madre me montó en el autobús y ocurrió uno de esos momentos de la vida en que una situación la asocias a una canción para siempre. Mientras yo viajaba, mirando por la ventanilla como el oceáno azul y los pinos verdes se acercaban a mis ojos, en la radio sonaba Moonlight Shadow  de Mike Olfied hasta que llegué a Conil.

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