Capítulo 5

Siete Secretos
Siete Secretos

Pedro era un compañero de clase que tenía un atractivo especial. El más guapo del aula incluyendo a todas las niñas. Y no es que me llamara la atención por como era: rubio, de pelo acaracolado, alto para nuestra edad, porque tenía la misma que yo. De ojos azules y con unas gafas que le daban un aire de intelectualidad que a mí me gustaba. Lo que me hizo fijarme en él fue que hacía siempre las mismas preguntas que yo en clase. Tenía mi misma curiosidad. Sin embargo, no teníamos los mismos gustos. A él, le gustaba el fútbol, algo que a mí me aburría en solemnidad. Por eso, nuestra relación no iba más allá de la que podíamos tener en clase como compañeros. Una vez en el patio, cada cual se iba a sus juegos. Pero esos pequeños momentos en los que podía compartir con él hablar de ciencias, recoger hojas para el herbolario, compartir las lecturas en la clase de literatura y el gusto por los cómics, para mí eran mucho. Pero eso terminó con el verano. El estío hizo que el curso se acabara y mi relación con Pedro, que vivía en la ciudad y yo lejos, en la viña, dejara de ser algo cotidiano. Me había acostumbrado a verle en el colegio, y ya tenía asumido que Pedro desapareciera en julio, agosto y septiembre.

Sin embargo, en ese verano que llegó en el momento que tengo ahora en mi memoria, mi vida cambió de rutina porque una mañana, en las que estaba yo fuera de casa jugando con mi perro, vi a lo lejos una bicicleta; alguien venía. Mi vista lejana no era buena, pero miré con mis prismáticos ¡Y era Pedro! Cuando llegó a mi casa me quedé mudo, algo que me suele ocurrir cuando me pongo nervioso. O hablo mucho. O me bloqueo. Pero Pedro me conocía bien.

Hola, me dijo, vengo porque me he leído todos estos tebeos y pensé que quizás tú tendrías otros y podríamos intercambiárnoslos.

Claro, claro, le dije, y así, de la nada, surgió algo soñado, una amistad, que no ya no sólo era el compañerismo de colegio, con Pedro. Saqué mis tebeos y mis libros y empezamos a hacer un catálogo de lo que teníamos. Mis padres me observaban, y yo les notaba contentos, ya que eso de que yo tuviera un amigo, no era nada común.

Comenzó aquél verano, mientras nosotros, cuando nos cansábamos de los cómics y las lecturas, nos íbamos con la bicicleta a descubrir sitios escondidos por las viñas de alrededor. Dependiendo del libro que hubiéramos leído, lo mismo éramos exploradores de la jungla, piratas en Malasia,  o niños detectives del club de los siete secretos. Siempre había historias que imaginar para poder llevarla a la práctica. Pedro y yo congeniábamos bien y sólos los dos éramos lo bastante grandes para que nuestra misma compañía nos fuera suficiente.

Cuando nos cansábamos de la bicicleta o de corretear, nos sentábamos cerca de mi casa y muchas tardes teníamos que escuchar a mi padre pasar diciendo que estos niños parecían tontos cuando nos reíamos solos leyendo a Mortadelo y Filemón, algo que mi padre no podía entender porque él sólo leía novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, que yo había ojeado pero no me hacían gracia en absoluto y por tanto no me daban risa, como a mi padre tampoco.

Pero cuando Pedro empezó a intercambiar los cómics de terror con su primo, las risas se perdieron y la ansiedad se hizo dueña del crepúsculo, y en mi caso, las pesadillas se hicieron dueñas de la noche, en las que me levantaba gritando aterrorizado, ahogándome y mamá se levantaba asustada y se agarraba a mí y papá se enfadaba diciendo este niño es carajote por leer cosas de muertos y escuchar en la radio programas de fantasmas y ya mañana no lo va a hacer más, pero a la mañana siguiente yo no me acordaba de nada y mi padre se iba a trabajar y no se acordaba tampoco. Sólo era mi madre la que me reñía pero yo volvía a las andadas.

Hubo una noche de verano en que quedamos los dos completamente aterrados. Eran cerca de las once y Pedro había conseguido permiso de sus padres para quedarse a dormir en mi casa. Estábamos sentados charlando junto al lagar de la viña. Había una tapia y me pareció ver algo moverse.

Mira Pedro, le dije con voz baja.

¿El qué?

Encima de la tapia parece que se ha movido algo.

Estuvimos mirando pero no vimos nada.

Habrá sido un pájaro, dijo Pedro.

Seguimos hablando de nuestras cosas. Recuerdo perfectamente que había Luna llena y jugábamos a imaginar que formas veíamos en su superficie. Que si un conejo. Que si una cara. Que si una mujer leyendo. Llevábamos un tiempo cuando entonces fue Pedro el que me cogió del brazo y me mandó callar.

Pssssss. Lo he visto.

¿El qué? Dije en voz baja.

Es algo sobre la tapia.

En ese momento cayó una estrella fugaz. Grande. Brilló mucho, tanto como un relámpago. Era un bólido.

Entonces lo vimos claramente. O mejor dicho, le vimos. Detrás de la tapia había asomando media cabeza rubia, de alguien al que sólo podíamos ver el pelo y los ojos. Lo extraño era que la cabeza parecía ser más grande de lo normal y que por la manera de estar sobre la tapia, el dueño de esa cabeza tenía que medir más de dos metros.

Salimos huyendo. Ni nos volvimos. Llegamos a mi casa agotados y asustados. Nunca más volvimos a ver nada y eso que nos preguntamos muchas veces qué podría haber sido. Al final, acordamos que fue sólo la imaginación nuestra que nos había gastado una mala pasada. Pero miento cuando digo que nunca más volvimos a ver nada. No volvimos a ver nada juntos, porque yo, varios veranos después, volví a ver a ese gigante extraño.

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