Capítulo 4

El Hércules Andaluz vestido con la piel de León de Nemea
El Hércules Andaluz vestido con la piel de León de Nemea

A pesar de que la noche oscura, sin Luna, a la mayoría de la gente le daba miedo, a mí no me daba ningún temor porque tenía una gran defensa, mi perro Canelo, un labrador que oía cualquier ruido en la distancia y ladraba tanto que se enteraban los presuntos visitantes de que se la iban a ver con él si se acercaban demasiado a la casa.

Canelo, además de un perro, tenía un reloj dentro. No sé cómo lo hacía, pero sabía perfectamente a qué hora regresaba yo de la escuela. Siempre me estaba esperando y me contaban mis padres que antes de que yo llegara y a una distancia de un kilómetro ya sabía que yo estaba cerca por el movimiento del rabo de mi perro. Cuánto más rápido era, más cerca estaba. Cuando llegaba, siempre era una fiesta. Mi fiel Canelo. Siempre contento para recibirme. Nunca triste. ¿No les duele a los perros nunca la cabeza? ¿No se refrían? ¿No tienen esos días que tenemos los humanos en lo que apenas tenemos ganas de nada ni de mirarnos a nosotros mismos? Canelo nunca fallaba. El día que empezó a hacerlo fue cuando decidió irse al otro mundo.

También estaban los ánsares que avisaban más que el perro y que hasta a mí mismo me picaban si les daba la espalda. No me gustaban, era ariscos. Me miraban de reojo, nunca de frente. Visualmente, como patos grandes que son eran muy elegantes, pero nunca llegué a tener confianza con ellos. De hecho pienso que no se alegraban de verme. Siempre me pillaban en un despiste. No pasaban una.

Las noches de verano papá y mamá me dejaban hasta tarde, hasta que yo quisiera que normalmente, no pasaba de la una de la mañana cuando me acostaba y ponía en la radio Medianoche de Antonio José Alés.

Me tiraba en una hamaca por detrás de la casa, donde no había luces y allí en la oscuridad con mis pupilas dilatadas era capaz de llegar con mi vista a los confines más lejanos del Universo, o eso me creía yo, porque cuando los reyes magos me trajeron unos prismáticos se multiplicaron las estrellas y me di cuenta que realmente todo era mucho más grande de lo que yo pensaba y me sentí muy pequeño y muy indefenso ante tanta inmensidad.

Este libro es muy difícil para la edad del niño.

Pero es que mi niño es muy listo y no se puede usted ni imaginar cuánto sabe, le dijo mi madre al librero, cuando me compró una guía de estrellas.

Maravilloso libro, que aún siendo difícil, me ayudó a reconocer las estrellas, a aprender sus nombres, a recorrer los caminos del cielo y quedarme embelesado ante el firmamento cuando con mi mente pude ver la película de cine que realmente era. Una proyección de todos los cuentos de la mitología griega que aprendí a la par.

No sabría decir cuánto pude abrir la boca de admiración cuando descubrí por mi mismo la longitud, el tamaño de la constelación de Leo que por primavera aparecía por casa.

Allí, tirado, boca arriba me recreaba en el león de Nemea, el rey del cielo cuya piel me enteré luego que serviría para cubrir como ropa al Hércules andaluz del escudo de mi tierra.

Salvo las noches de Luna, esa era mi ocupación y me hice dueño de esa parcela del cielo de primavera y verano. Algunas mañanas, papá que se levantaba temprano, me llamaba para que saliera a ver el lucero del alba; allí descubrí como el cielo también era una máquina del tiempo que esas constelaciones que veía por la mañana eran las mismas que veía en otras tardes del año.

Pero en mis vacaciones de verano tampoco es que fuera no hacer absolutamente nada. Aunque siempre tenía buenas notas en el colegio, mamá me obligaba a hacer cuentas de mi cuadernito Rubio y tareas que me habían mandado desde el colegio. A leer no hacía falta que me obligara porque era lo que más me gustaba. Cuentos, me los leí todos. Libros de aventuras, también. Un maestro me regaló Cinco semanas en globo y por culpa suya me leí todas seguidas las novelas de Julio Verne.

Sin embargo, habría alguien en el que en ese verano sí echaría de menos. A Pedro.

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