Capítulo 3

Constelaciones - Hydra, Corvus y Crater -Johanes Hevelius Celestial Atlas
Constelaciones – Hydra, Corvus y Crater -Johanes Hevelius Celestial Atlas

Mamá tenía todas las respuestas, o casi todas. Cuando no sabía algo decía porque sí, y yo, sabía que ese porque sí era totalmente la mejor de las respuestas.

Me criaron en el campo, como único hijo, que buen trabajo les costó el tenerlo. Allí, en lo alto del cerro, buen otero de las viñas, en nuestra casa, me crié yo. Sólo, era el único niño del contorno y por eso me llamaron Alfard, que es el nombre de una estrella que está en la constelación de la Hydra, en el horizonte sur del invierno del hemisferio norte. Significa ‘la estrella solitaria’ y por eso me lo pusieron y yo estoy muy contento por llevar el nombre de una estrella. Además, me gusta mi nombre, es elegante. Cuando llegué al colegio, ningún niño se llamaba como yo. Sin embargo, cuando me preguntaban qué nombre era ese o aquél día que el cura me preguntó que si con ese nombre yo estaba bautizado, y yo contaba mi historia de las estrellas, me miraban con cara rara. Y en vez de ponerse ellos el apodo por poner caras raras, me lo pusieron a mí: el raro. Y con esa fama me llevé todos los días de mi vida en el colegio. Y en verdad era raro, si entendemos raro como todo aquello que se sale de la normalidad, de lo que hace la mayoría.

Podrás deducir, tú que hoy me estás leyendo que mis padres entendían de astronomía. Sí. Sabían, no es que fueran especialistas, pero sí lo suficiente para conocer el nombre de todas las estrellas brillantes del cielo. El campo con sus noches sin Luna, ofrece ese espectáculo y las personas que allí viven, como mis padres, saben aprovecharlo. Es un lujo el poder vivir con esa cúpula de estrellas sobre nuestras cabezas. Esa cúpula que gira aparentemente sin parar.

El tiempo fue pasando y yo fui creciendo en el campo, que poco a poco estuvo más habitado.

Me gustaban mucho más las tardes largas del verano que las cortas del invierno, sobre todo porque estaba de vacaciones y no tenía nada que hacer lo cuál significaba que yo me inventaba muchas cosas para matar el tiempo. Hacía mucha calor allí, sobre todo cuando soplaba el viento de Levante, una tortura que te dejaba seco como un colodrillo, sin mocos, sin jugos, sin saliva, con la nariz llena de tierra, la garganta seca, los ojos con arena, la cabeza caliente con dolor y te cambiaba el humor, aunque yo como era raro estos síntomas los tenía antes y mamá me utilizaba como barómetro porque el niño ya está barruntando el levante, decía. El cielo se volvía color grisáceo y no llovía, aunque alguna vez caía una gota y pudiera ser que fuera de barro. No había estrellas y las noches entonces eran muy aburridas, sólo aliñadas con el silbido del viento en los eucaliptos que estaban al lado de la casa y que yo comparaba con los abetos de la cabaña de Heidi en los Alpes. Cuando paraba el viento y el levante estaba en calma, era peor, porque entonces todo se llenaba de mosquitos, y mamá me embadurnaba de aután para ahuyentarlos, porque las macetas de albahaca de la entrada de casa no era suficiente para que se fueran.

Cuando soplaba el viento contrario, el poniente, la situación cambiaba. El aire venía del mar, traía nubes que podían estorbar para ver las estrellas, pero la atmósfera se ponía mucha más clara, y uno se podía tirar al fresquito en la hamaca para poder observar el cielo.

El mar. Mi casa estaba a unos diez kilómetros de su orilla. No podía verle porque un cerro le tapaba, pero cuando podía me iba a ese cerro con mi bicicleta y desde allí podía verlo.

¿Cómo podía la gente vivir lejos sin ver el mar? Su inmensidad me aplastaba como lo hacía el cielo estrellado. Mucho más cuando supe que aquello no era un mar, era un océano. El Atlántico. Por eso, el poniente venía fresquito, húmedo y con olor a sal, o yo me imaginaba que podía olerla.

Anuncios