Capítulo 12

La gran pregunta – quitando su salida del mar- había tenido respuesta. Su pareja fue un hombre.

El silencio se hizo otra vez entre nosotros. Me sentía estúpido por no saber como continuar.

Pero continúo él. Su rostro cambió. Volvió a ser el Donald que había visto antes. Sonrió.

Y tú ¿has tenido pareja?

Tuve. O tuve algo que lo parecía. No sé.

Me miró pícaramente y me preguntó:

… se llamaba? – En el tono vi venir la la intención.

Pedro, se llamaba Pedro.

Sonrió. Sonreí. Y fuimos cómplices sin decir nada.

Sin saber cómo, de mi boca brotó toda la historia de Pedro conmigo.

Lo solté todo. Del tirón. Recuerdo que reí. Que lloré. Cada momento vivido con Pedro y que me produjo emociones. Donald me escuchó en silencio. Sin interrumpirme.

Ya.

¿Ya qué? Me preguntó.

Que ya terminé.

Sonrió.

Gracias por contármelo.

De nada. Ha sido un desahogo. Y es la primera vez que se lo cuento a alguien así. Bueno, mi tía Elsa sabe algo. Pero contarlo así… a ti. De hecho también es la primera vez que hablo con… hablo con… titubeé.

– Con un gay. Dilo.

Sí, con un gay.

Bueno, con un amigo gay.

Vale, con un amigo gay.

Ven.

Puse cara de interrogación.

Has sufrido. Sobre todo cuando te despreció de esa manera dejándote de hablar. Aunque realmente te despreció siempre ocultándose de ti a sus amigos. Lo sabes.

Asentí. Sentí que se me humedecían los ojos.

Así que ven. Tú necesitas un abrazo.

Me puse nervioso pero no me dió tiempo a reaccionar cuando una mano invisible me empujó hacia él y me vi envuelto en sus brazos. Como en una jaula donde los barrotes en vez de darte prisión, te llevaban a la libertad. Me sentí yo mismo como nunca y compartido. Nadie me había abrazado jamás de esa manera. Con Pedro sí, pero esto no era igual. Era como si en vez del cuerpo de Donald quien me abrazara fuera su espíritu, su alma, no sé cómo explicarlo. O mejor dicho, en aquél momento no supe explicármelo.

Me sentí caer en un pozo sin fondo. Caer, caer y caer, mientras iba sujetado a sus brazos. Cerré los ojos mientras sabia que mi cara estaba pegada a su pecho. Noté el calor que desprendía su cuerpo, sentí los latidos de su corazón en mi mejilla. Su mano acariciando mi cabeza. Su otra mano sujetándome.

Me di cuenta que los problemas no pesaban. Que la gravedad se había ido. Que los recuerdos ya no herían. Era como si me hubieran dado una ducha donde lo malo se fue y quedó lo bueno que estaba tapado. Me sentí con una felicidad inmensa tan grande que no me di cuenta que me había quedado dormido.

Sentí su dedo acariciando mi oreja, mi oído. Me di cuenta que estaba tapado con la toalla.

Alfs, despierta, tenemos que irnos.

¿Qué hora es?

Por las estrellas, las tres de la mañana.

No me quiero ir.

Donald me miraba mientras yo seguía acurrucado en sus brazos.

¿Y eso?

-Estoy muy bien aquí.

Me sonrío.

Miré a las estrellas.

Mira la constelación de Hércules.

Donald subió la mirada al cielo y pude leer en sus pensamientos que se había dado cuenta que lo estaba era entreteniéndolo para no levantarme.

¿Piensas que puede haber vida allí? Le pregunté.

¿En Hércules?

Bueno, en el espacio, en algún sitio.

Noté que se pensaba la respuesta.

-Seguro que sí, estoy segurísimo.

Volvió aquél escalofrío por la columna vertebral.

¿En los ovnis crees?

También se pensó la respuesta mientras seguía mirando al cielo.

De pronto bajó la mirada hacia mí. Sus ojos eran los de aquél hombre que salió del mar junto a mi tía. Tuve miedo.

Lo que creo es que tenemos que volver a casa.

Sin darme tiempo a reaccionar me levantó en brazos y me colocó en mi butaca que estaba vacía. Era la primera vez que alguien me hacía eso. Al posarme en la butaca nuestras caras quedaron muy juntas. Yo creía que me iba a besar. Pero no lo hizo. Y la verdad, que yo tampoco. Pero ese beso sí salió de nuestras bocas, lo único fue que se quedó en el aire.

El camino de vuelta fue lento. Yo iba agarrado de nuevo a él. Mis brazos le rodeaban, pero sin apretarle. Me sentía tan seguro. Hacía fresco y en la moto, se notaba aún más. Rodaba despacio. De vez en cuando me preguntaba

¿Vas bien?

Sí, le contestaba yo, apretando ligeramente su cuerpo. Me descubrí sin darme cuenta acariciándole y me dio vergüenza. Pero él no notó nada. O no hizo nada.

Llegamos a la casa y me bajé de la moto.

-Hemos llegado. Gracias por la noche, me dijo mientras se quitaba el casco.

No, gracias a ti.

Nos vemos pues, que descanses.

Nos vemos, le contesté.

Y me quedé quieto.

¿No subes a la casa o qué?

Sí, ya…

Ya, me dijo. Dame un beso de despedida, anda.

Me acerqué y le besé en la mejilla. El me correspondió en la otra. Pero nuestras miradas se quedaron pegadas como un imán.

¿Hasta cuándo? Le pregunté.

Hasta pronto, muy pronto.

Arrancó la moto y se fue.

En casa, tia Elsa ya estaba dormida, así que procuré no hacer ruido. Yo esa noche dormí con mucha paz. Esa noche había ganado mucho. Fueron muchas experiencias seguidas. Conocer a Donald, ser tan guapo, descubrir que era como yo, contarme sus cosas, yo contarle las mías. Sólo en 24 horas parecía que tenía de nuevo un amigo, el mejor amigo. No me sentía solo y por eso dormí feliz. Sin embargo, sabía que estaba reprimiendo algo. Que Donald había salido del mar y eso me daba mucha inquietud, aunque no quisiera verla.

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