Capítulo 13

Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.
Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.

Al día siguiente, fuimos a buscar a Tía Elsa que volvía a casa. Yo estaba triste porque tendría que volver a dormir en su casa, sólo. Pero no tenía ni idea de lo que iba a suceder.

Fuimos a la plaza del pueblo y compramos pescado y Tía Elsa decidió que Donald se quedará a almorzar con nosotros. Yo tenía miedo que ella – tan lista como siempre – se diera cuenta de mi relación con Donald. A él no se le notaba nada, pero yo, estaba de otra manera. Ojos de cordero degollado, decía Donald.

Nos pusimos a cenar y Tía Elsa sólto la primera noticia.

Así que nos viste, sobrino.

Miré a Donald, que bajó los ojos. ¿Se los ha dicho? le pregunté con mi mirada.

Sí, me lo ha dicho, me dijo mi tía. Pero no te enfades. Estaba obligado a decírmelo. Alfard, ya sabes que Donald tiene una misión, aunque no sabes de qué se trata. Te contó la historia del barco, dijo mirando a Doc. Yo pensé que ese barco que salía de debajo del agua era de alguien que había estado allí y lo había perdido, y que no sabía por qué razón, había salido a flote de nuevo. Lo cogí, y me extrañó muchísimo cuando vi en la chapa que estaba hecho en Nueva Zelanda. La chapa tenía una dirección de correo electrónico. Escribí diciendo que había encontrado ese barco y que podían venir a recogerlo. Jamás pensé que me iban a contestar tan rápido. Asi conocí a Donald. Ninguno de los dos podíamos entender lo que estaba pasando. La noche siguiente me fui a la laguna sola, yo no le había contado a mi amiga nada de la procedencia del barco, por sí veía algo que me pudiera ayudar. Y lo vi, Alfard, lo vi. Al principio pensé que era una estrella, y luego por su brillo, un planeta. Pero me pasa como a ti, conozco no tan bien como tú el cielo, pero sé lo que debe estar en su sitio y lo que no. Pero aquella luz se fue haciendo cada vez más grande. Pero tenía una sensación: esa luz sólo parecía verla yo. La luz fue creciendo de tamaño. Era una esfera que llegó a tener el mismo diámetro de la Luna. Fue entonces cuando comenzó a moverse. Se acercaba a la laguna, cada vez más cerca, hasta posarse al lado contrario de dónde yo estaba. Podía tener dos metros de altura. Yo estaba asustada, pero me acerqué. La esfera realmente no era tal: era una puerta, con tanta luz que no veía lo que había en su interior. En un banco cercano, unos gamberros habían dejado una botella de cerveza vacía. La cogí y la lancé hacia la puerta de la burbuja de luz. Entró dentro y a continuación la luz se apagó y no dejó ni rastro. Como si nada de aquello hubiera existido.

Yo también decidí ir esa noche a Laguna Panmure, continuó Donald, mientras yo estaba callado como el que escuchaba una novela de ciencia ficción. Estuve merodeando por parte de la orilla a ver si encontraba algo. Y lo encontré: encontré una botella de cerveza. Era extraño verla porque aquí no es costumbre dejar la basura en los parques , así que la cogí, la observé y ví que estaba hecha en Sevilla, España. A la vez, recibí el correo de tu tía. Elsa y yo empezamos a tener una charla por internet. Era muy extraño todo lo que estaba sucediendo, y más que extraño, increíble. Otra noche fui yo quien decidió ir a la laguna a ver si veía algo extraño en el cielo. Pude ver al igual que tu tía, esa esfera luminosa, posarse en la orilla. Lo curioso Alfard, es que había gente allí pero no la veían, sólo yo. En esa ocasión yo no hice nada. Tu tía y yo nos conectábamos a internet y nuestros horarios eran horribles, ya sabes, casi once horas de diferencia. Buscábamos información pero no encontrábamos nada.

Yo iba a preguntar y me dijo Donald:

Ya, Alfard, sabemos que tienes cientos de preguntas, nosotros también pero ten paciencia y ve escuchando lo que estamos contando.

Días después, tanto tu tía como yo recibimos una carta: la misma carta.

Tía Elsa se levantó y me trajo un sobre. Mírala me dijo. El sobre venía con su nombre impreso y sin remite: saqué el papel de su interior y lo leí.

Ponía en el encabezado

Galen Planet (Futuro Kepler 62F) Alpha Centauro Nínive

Amigos de la Tierra. Lo que estáis observando y que atraen vuestra atención en estos días, son fenómenos exclusivos que estamos diseñando para vosotros. Tienen como objeto poner en contacto a todas las personas humanas que formarán parte de una misión: reconducir el futuro de la Humanidad. Sabemos que tienen muchas preguntas que serán respondidas a su debido tiempo. Nosotros, quienes nos dirigimos a ustedes, somos seres de luz. Ustedes, en vuestras diferentes culturas nos habéis definido como ángeles, visitantes o mensajeros. Nosotros preferimos considerarnos guías. Pero somos personas vivientes como ustedes, sólo que en otro estado y en otra dimensión. Lo que estáis viviendo ahora, es una preparación para que ustedes podáis pasar de una dimensión a otra. No tengan miedo, nosotros os protegeremos. Cuando queráis establecer contacto con nosotros, piensen en nuestras figuras, llámennos y mediten. Bajar la frecuencia del pensamiento es la manera de entablar comunicación con nosotros. Tan sencillo como si cambiarais el dial de una emisora de radio. Estoy con ustedes siempre,

Firmado. Hermes.

¿Pero esto qué es? ¡parece una secta! dije.

-Lo parece pero no lo es. Tanto tu tía como yo recibimos como te hemos dicho esta carta, y lo primero que pensamos era que alguien nos estaba gastando una broma. Pero claro, el barco y la botella de cerveza estaban ahí.

Yo no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, era superior a mí.

-Es que esto parece de película. ¿Cuántas cosas no sé? pregunté.

Tía Elsa y Donald se miraron.

-Muchas, dijo él, muchas. Pero no temas y ten paciencia, ya te irás enterando. Por lo pronto has de saber que tú no estás aquí por casualidad.

¿Qué? Formas parte del plan. ¿Qué plan? -Dije casi perdiendo el aliento.

-De la misión que tenemos, ellos quisieron que tú estuvieras con nosotros, dijo Donald.

-¿También quisieron ‘ellos’ que me enamorara de ti? pensé sin decirlo en voz alta.

Pero yo vine aquí porque me mandó mi madre… ¡¿mis padres saben algo de todo esto?!

Asintieron.

Y mucho antes que nosotros, dijo Tía Elsa. Tampoco es casualidad que tú lleves el nombre de una estrella.

No podía comprender nada. Muchas cosas me estaban pasando en muy pocos días. Mis padres, también mis padres estaban metido en esto, que ya parecía ser un sueño del que me iba a despertar de un momento a otro.

Quiero ir a Jerez, dije. ¿Donald, me llevarás?

– Sí, claro.

Después de tomar un café, llegaba la hora de la siesta y Donald dijo que se iba para casa y a mí me dio una punzada en el corazón, porque esa noche ya me tenía que quedar con tía Elsa, nadie me había dicho nada, y lo que se suponía era eso, y yo tampoco me encontraba en una posición cómoda como para elegir donde dormir. Pero mi tía me lo notó en la cara (¿Qué más cosas notará? pensé).

¿Has traído la bolsa con la ropa sucia de estos días, Alfard? me preguntó ella.

Sí tía, la he dejado en el lavadero.

Donald estaba parado escuchando la conversación cerca de la puerta que daba a la salida.

-Pues coge la rompa limpia ¿no?

La miré sorprendido sin decir nada.

-¿No querrás quedarte a dormir en casa de una vieja ya que tienes amigos con los que se ve que te lo pasas muy bien, no?

Me ruboricé y Donald bajó la mirada sonriendo.

-Tía, por favor, no eres vieja… anda, anda. Véte con Donald, disfrutad juntos que sois jóvenes, que la juventud se va en dos días. Sonreí agradecido y le di un gran beso sonoro a mi tía. Luego miré a Donald que dijo:

Bueno, ¿y a mí nadie me pregunta mi opinión?

La mirada fulminante que le eché sólo le hizo decir:

Bueno bueno, no he dicho nada… vámonos loco.

Y de nuevo la noche y el paraíso, que no por repetido dejaba de tener el mismo encantamiento.

Acostarme a leer, escuchar a Donald trastear en su habitación, hacerme el dormido, notar su peso en el somier, sus risas en pequeño y sentir como sus manos me buscaban, para darme yo la vuelta y dejar de ser yo para ser un trozo de él. Para saber que las estrellas de fuera ya no me hacían falta porque lo tenía absolutamente a mi lado y para mí. Y me quedé dormido otra noche más abrazado a su cuerpo, respirando su aire, acompasando mis pulmones al ritmo de la respiración de los suyos, ahí juntos, pegados, sin saber qué piel era la mía o la suya, y queriéndole, aprendiendo a quererle mucho, en el momento que perdía la conciencia, cuando sólo escuchaba decir: yo también te quiero mucho Alfarcito para desaparecer en los sueños y despertar de nuevo junto a él.

Llegamos a la viña en moto, según le indicaba a Donald. El verano había pasado su ecuador y aquél día hacía un poquito de fresco. La viña estaba muy cercana ya a la vendimia.

Qué bonito todo esto, se maravilló, Donald. Me recuerda a las viñas de mi tierra.

-Aparca y vamos andado hasta la casa, le dije.

Donald dejó la motó debajo de una morera y empezamos a subir. Quería que paseara y conociera mi tierra, el sitio donde yo me había criado. Esa albariza blanca, que cuando llovía se te pegaba en los pies y te hacía pesar doscientos kilos. El verde de las cepas, el azul intenso del cielo. Caminamos juntos hacia arriba, donde los dos carriles se dividían. Uno, para mi casa y otro para los cortijos cercanos. Eran las doce del mediodía y al llegar al cruce nos encontramos con Pedro y su novia. Por lo visto, aunque yo no viviera ahora por allí, él seguía rondando las viñas. ¿Se iría con su novia a la casa vieja del guarda?, pensé. No hizo falta que le dijera a Donald que era Pedro, luego me diría, se te notó Alfard, te pusiste blanco. En cuánto me vió, giró la cara para otro sitio pero yo sabía que me estaba mirando de reojo. No paró, siguió su camino. Su novia, nos saludó, como se saluda a cualquiera con el que te cruzas. Obviamente, ella no tenía ni idea de la relación de Pedro conmigo, aunque me conocía del Instituto de vista. Saludamos los dos, pero Pedro no dijo nada. Cuando pasaron, Donald me tomó del brazo y me paró. Me abrazó y me dio un beso. ¿A qué viene esto? pensé y se me vino a la cabeza que mis padres nos podían ver. Pero quien me estaba viendo era Pedro que había vuelto la cabeza.

Me di cuenta entonces.

¿Por qué lo has hecho Donald?

Por varias razones. Para que aprenda que no se le puede hacer daño a nadie y mucho menos a quien te quiere. Para que sepa que has podido sobrevivir sin él. Para que sepa que tú también tienes a alguien y para que sepa que te ha perdido para siempre porque como se acerque a ti, me lo como.

Le sonreí: Qué declaración de amor más elaborada, le dije. Pero me encanta. Aunque no me beses más aquí en medio de la viña, porque se puede liar. Esto no es Nueva Zelanda.

-¡Mamá!!!!

-¡ Mi niñoooo, cómo está mi niño! Y me achuchó, me apretó, me miró por arriba, por los lados , por todos sitios a ver si venía completo.

-Déjame mamá por favor que no soy un crío, que estoy bien, estando con tu hermana siempre estoy bien.

¡Estás más gordo!

Sí, con tía Elsa uno siempre está más gordo. Pero espera. Mamá él es Donald, mi amigo.

Mamá le miró y le sonrío: ¿Y éste muchacho tan guapo de dónde lo has sacado? Y besó a Donald:

Del otro lado del planeta, de Nueva Zelanda, es… astrónomo.

Encantado, señora, dijo un correctisímo Donald, que ahí sí que sacó su vena inglesa. De nuevo mi columna vertebral me dijo que ellos dos no eran la primera vez que se veían, o al menos, que uno ya sabía de la existencia del otro.

No sentamos en la mesa de la cocina cuando un torbellino entró por la puerta ladrando:

-¡Canelo, mi canelo!

Mi perro se subió de un salto encima mía, y me chupó la cara, las gafas, el pelo, la ropa, hasta se hizo pipí de la alegría.

-¿Has visto lo que me quiere?

Donald río: sí, ya veo. Eh, Canelo ven . Canelo me miró pidiendo permiso y le dije que sí, y Canelo fue a olisquear a Donald. Doy varias vueltas de reconocimiento, se sentó delante suya y le ladró para a continuación saltar a su falda.

Prueba superada le dije, no todo el mundo consigue hacerse amigo suyo.

Vaya, ya he dejado de ser el hombre de la casa!

.¡Papá! Tenía ganas de verle también y me abracé a él, Donald se levantó y le saludó:

-¡Qué tal… ! y cortó de una manera extraña. Me quedé mirándole y Donald me miró con esa mirada que tenía cuando pensaba y tardaba unos segundos más. Yo me di cuenta. No era la primera vez que hablaba con mis padres. Ahora estaba seguro.  O esa impresión me había dado. Y con mi madre. Aquí no cuadraba algo Donald no era un desconocido.

-Papá, él es Donald, mi amigo. Asintió mi padre, y se dieron la mano.

¡Sentaos! ¡Que os trae por aquí! El señorito Alfard regresa de sus vacaciones.

-No, papá, no regreso, vengo pero me voy.

-¡Anda, mira que bien, ¿te has enterado? le dijo a mi madre.

Déjale, no me lo marees, no ves lo bien que está y como iba para allá… guardamos unos segundos de silencio, porque todos sabíamos quién era el Alfard que se fue, destrozado por Pedro y el Alfard que había vuelto resucitado por Donald.

-Donald tenía que hacer asuntos en Jerez y me pidió que le acompañara y ya puesto, tenía ganas de volver a casa, dije.

-Por supuesto que sí hijo, ya tu tía me avisó. Tengo un gazpacho fresquito de los que a ti te gustan ¿Te gusta a ti Donald?

-A éste le gusta todo lo que le pongan por delante, tiene poco de inglés.

-Alfard, no te metas con él, dijo mamá.

/Comimos y nos tumbamos fuera en unas hamacas que papá había colgado entre dos árboles, se estaba estupendamente, El poniente daba fresquito y con las sombras, la siesta era un verdadero placer.

El cielo, la viña, Canelo a mis pies, mamá y papá en casa descansando y Donald y yo en las hamacas mecidos por el viento. ¿Se podía estar mejor?

Nos despertamos a las seis. Tomamos la merienda – pan con nocilla – y Donald dijo que tenía que ir a resolver unas cuestiones a Rota y que volvería sobre las diez de la noche.

Canelo se estaba poniendo absolutamente pesado con sus lenguetazos, sus golpes con el rabo… era puro cariño y nervio.

Me levante y cogí su correa. Eso significaba y bien que lo sabía, que era momento de paseo. Salía sin la correa puesta, pero yo siempre la llevaba por seguridad. A veces se cruzaba con otros perros y había que controlarlo con el genio, porque entonces no hacía caso.

Salimos de la casa y cogimos el carril abajo, hasta el cruce de caminos que llegaba a la carretera. En dicho cruce, había una morera junto a un sifón del canal de riego. Cuántas veces he ido allí a coger hojas para los gusanos de seda, y por supuesto, a comer moras. Las que se caían, porque el árbol era bastante grande. Era también una ciudad de pájaros. Muchos vivían allí. Era un lugar mágico, de esos que se te quedan grabados en la mente para siempre.

No hacía tanto que yo había estado allí, pero me habían pasado tantas cosas desde la última vez que el tiempo había parecido alargarse.

Me alegré volver a la morera, pero yo sabía que ahora que había vuelto, yo era muy distinto al que estuvo la última vez.

Me senté en el sifón. A mi madre siempre le daba miedo de que me cayera, pero yo estaba seguro de no estar en peligro. Veía el agua salir y caer al canal. Me gustaba sentir el frescor del agua en mis manos, ver las algas estiradas por la corriente camino de los huertos y los campos de más abajo. Ese ruido que hacía el gorgoteo, hacía el agua cantarina y no me extraña que los árabes se quedaran aquí prendados de estas construcciones.

En la sequedad del verano, estos canales eran un verdadero aire acondicionado.

Allí estaba yo ensimismado en mis pensamientos cuando vi una figura a lo lejos. Alguien venía en bicicleta. Conforme se fue acercando le reconocí. Era Pedro. Tenía que pasar por mi lado y ya era demasiado tarde como para que yo me levantara con Canelo y me fuera. De todos modos, nos íbamos a cruzar. Si iba hacia él, me lo cruzaría. Si iba en sentido contrario, me alcanzaría con la bicicleta. Así que, nervioso, decidí quedarme donde estaba, con la mirada baja, hacia el suelo, como si estuviera ajeno a todo lo que ocurría a mi alrededor.

Poco a poco fui escuchando el sonido del pedalear de la bicicleta. Hasta que oí frenar. Pedro se había parado a mi lado, pero yo no levanté la mirada. Seguí como si no ocurriera nada; sin embargo, Canelo si le saludó dando saltos a su alrededor. Por lo visto, ellos sí seguían siendo amigos.

-Hola Alfard.

Yo continué en silencio y sentía que mis ojos se estaban humedeciendo y no quería, no quería.

-Ya sé que no quieres ni verme, pero me gustaría que me dijeras hola por lo menos.

Levanté la mirada.

-Hola Pedro.

-¿Cómo estás? Por lo que veo te van bien las cosas, me preguntó mientras le notaba tenso.

-Pues depende en el aspecto de la vida por el cuál me preguntes, estoy bien, mal, regular…

-Como te he visto besándote con un chico antes…

-Pues no sé cómo me has podido ver si estabas mirando para otro lado.

-Te vi, dijo secamente. ¿Quién es?

Estallé.

-¿Me preguntas quién es? ¿te importa quién es? ¿desapareciste de mi vida sin decir nada y ahora vienes a preguntarme quién es? No grité, pero lo dije muy enfadado, con desprecio.

Lo siento Alfard, sé que te he hecho mucho daño y te debo una explicación.

-¿Una explicación para qué?¿para tú sentirte mejor? ¿me voy a sentir yo mejor con tu explicación? ¿voy a olvidar lo que he sentido durante todo este tiempo en el que desapareciste, dejaste de hablarme, me evitabas, te avergonzabas de mí? ¿Qué explicación?

Pedro bajó los ojos y me volvió a mirar. Su rostro era muy triste.

-¿Me puedo sentar a tu lado? No quiero seguir estando aquí de pie con la bicicleta.

-Siéntate donde te dé la gana.

-Alfard…, yo tengo un lío muy grande en la cabeza.

-¿Esa es la explicación? Le corté.

-Déjame hablar ¿no? Déjame terminar, que te cuente. Tengo un lío muy grande en la cabeza. Te enteraste que tengo novia.

Asentí.

-Sí, me lo dijeron y luego lo vi.

No sé ni cómo empecé a salir con ella. Los amigos de mi clase empezaron a salir con chicas y no sé cómo todos terminamos emparejados. A mí me tocó Marta. Fue un alivio, porque mi relación contigo me tenía totalmente confundido.

Le miré con cara de desdén con una buena dosis de ironía.

Sí, confundido Alfard, aunque tú no lo entiendas. Ni quieras entenderlo. No todos somos tan listos como tú ni sabes resolver las cosas. Yo no podía entender lo que me pasaba contigo, las cosas que hacíamos. Eso tiene un nombre y yo no quería ni quiero serlo.

Se llama ser gay, ser homosexual o ser maricón, le dije.

Qué bruto eres – me dijo – Yo no quiero serlo. O sí quiero, pero no sé llevarlo para adelante. Con Marta me llevo bien, hemos hecho algo de sexo, pero – me miró con mucha tristeza y los ojos húmedos eran ahora los suyos – no funciona. No funciona porque cuando hacemos algo, yo lo hago recordándote a ti. Pensando en ti.

Eso no me lo esperaba y no supe reaccionar. Lo mejor era volver a mirar al suelo.

Le tenía pánico al que dirán, a que se enteren mis amigos, y sobre todo mi padre, que ya sabes como es, tan religioso y votante de Alianza Popular. Es un homófobo. Se entera y me mata. Así que pensé que a lo mejor con Marta se me quitaba todo esto de la cabeza. Pero no, no se me quitaba.

Continúo hablando.

Y te tengo que pedir perdón porque me he avergonzado mucho de ti. Me dolía evitarte, de verdad, aunque no lo creas ahora. Pero me daba miedo a que por ser tu amigo me comparan contigo. Mis amigos me decían que tú eras muy raro y que eras mariquita. Yo evitaba todas esas conversaciones y por supuesto, que me vieran contigo. Pero sufría, sufría por hacerlo porque sabía que estaba haciendo mal. Que te estaba haciendo daño.

Me enteré de que te habías ido de vacaciones con tú tía. Que no estabas bien, me dijeron. Yo sabía que te fuiste por mi culpa y me sentí más culpable. No he sabido hacerlo de otra manera Alfard, no he sabido. Y ahora, cuando te he visto besándote con ese chico…

-¿Ahora qué? Le pregunté.

-Pues ahora me he dado cuenta de lo que he perdido.

Suspiré hondo, porque en cierto modo me había emocionado que por primera vez en mi vida, mi amigo Pedro me hubiera hablado así, tan franco, tan sincero.

-Es verdad, lo que teníamos lo hemos perdido. Ya no hay vuelta atrás con eso. El chico con el que me viste besarme lo he conocido hace unos días, en Conil, cuando me fui a casa de mi tía. Llevamos días pero es como si lleváramos mucho tiempo. ¿Somos pareja te preguntas? Posiblemente lo seamos, pero no lo sabemos, o por lo menos, no nos lo hemos dicho. Tampoco hace falta. Nos llevamos bien, nos gustamos y nos tenemos cariño. Lo pasamos bien juntos. Para nada se parece a la relación que teníamos tú y yo. No tiene nada que ver, Pedro. Me has hecho mucho daño, pero también te agradezco que hayas sido sincero. Sé que no te ha sido fácil porque te conozco y me alegro que seas consciente de cada cosas que hiciste mal. Eso te hará avanzar como persona. Por mi parte, sigo siendo tu amigo, lo seguiré siendo. Sólo que ya no habrá ni revistas ni escondites. Me debo a otra persona. Pero amigos, por supuesto. A mí no me da vergenza ser tu amigo. Pero lo que me pregunto es qué vas a hacer ahora con tu vida Pedro. ¿Vas a seguir con Marta?

-Sí, seguiré con Marta. Contigo tengo ya la batalla perdida por lo que veo.

Conmigo – le repliqué – no hubieras tenido ninguna batalla. No hubieras sido valiente para dar el paso y pedirme a mí un compromiso y mucho menos hacerlo público.

-Llevas razón, no lo hubiera hecho. O al menos, hoy no lo hubiera hecho. No sé si más mayor hubiera sido más valiente.

Pero – le dije – ¿y esa chica? ¿No piensas en el daño que le vas a hacer a ella? ¿en qué te quieres convertir, Pedro? ¿en esos hombres casados con mujeres que luego van a los sitios de ambiente, a los parques, a los baños a satisfacer las necesidades que les pide su cuerpo, su verdadero yo? ¿quieres vivir en una mentira? ¿de verdad quieres eso?

Noté el rostro de Pedro asustado.

-No quiero, cómo voy a querer eso. Pero no puedo, ahora no puedo.

Nos miramos.

-Pedro…

Se abrazó a mí llorando.

-Qué injusto tío, le dije. Ahora que yo ya tengo el camino encontrado, ahora me vienes con éstas. ¿qué hago yo ahora? Sólo puedo ser tu amigo.

-Con eso sería más que suficiente, me dijo.

Súbeme a la bicicleta y llévame a mi casa – le dije mientras me montaba en el sillín.

Donald volvió sobre las diez de la noche y nos despedimos de mis padres. En sus miradas vi que teníamos una conversación pendiente. A Donald no le conté nada de lo de Pedro

-¿Vamos para Conil ya?, le pregunté cuando me monté en la moto.

-No, no, se volvió y me dijo: Vamos a ir antes a la laguna de Torrox.

-¿Allí me vas a llevar? – me quedé pensativo.

Realmente la laguna de Torrox era un vertedero de escombros, más ahora en verano, donde apenas había agua. Alguna vaquería y casa diseminada, pero el sitio estaba abandonado. Por ese descampado estuvimos andando hasta llegar al final, por la parte por donde las aguas que venían del arroyo Morales tiraban para el Guadalete. Allí Donald paró y me dijo que esperaríamos a la noche más oscura.

-¿Qué es lo que vamos a hacer aquí? pregunté, porque el sitio no puede ser más horrible.

-¿Sabes meditar

-No; sé lo que es, pero nunca lo hice.

-Bueno, pues hoy lo vas a hacer conmigo, quiero que aprendas una cosa. Nos vamos a sentar en esas piedras. Cierra los ojos, me dijo Donald, respira lentamente, siendo consciente de que estás respirando. Expira, inspira. Así, despacio. Intenta dejar la mente en blanco, no pienses en nada, y si se te viene algo a la cabeza, apártalo. Poco a poco notarás que vas relajando todo tu cuerpo, y que entras en un estado de paz, de tranquilidad… yo iba siguiendo sus instrucciones. Cuando estés tranquilo, dame tu mano…

Eso hice, me cogió la mano y siguió hablándome. Yo le escuchaba como el que escucha entre sueños, su voz me sonaba lejana, lejana…

-Ahora vamos a llamar a los guías. Ya estamos en estado alfa, relajados… puede que te cueste trabajo, que te asustes un poco, pero si tienes miedo, agárrate más fuerte a mi mano, no temas, yo estoy contigo. A los guías los llamamos sólo con pensar en ellos. Siempre se muestran de alguna manera u otra. Ahora quedaré en silencio hasta que respondan pero seguirás en contacto conmigo a través de mi mano. Te lo repito, no temas, estoy contigo, no abras los ojos hasta que yo te diga.

Estuvimos así un rato, no sé, no soy capaz de cuantificar el tiempo.

-Abre los ojos Alfard…

Los abrí y frente a nosotros había un semicirculo luminoso.

-¿Qué es eso?  Me asusté, pero Donald notó mi sobresalto y me agarró la mano más fuerte.

-Es un Xendra. Un camino a través de otra dimensión.

-¿Un camino a dónde? Parece un túnel iluminado.

-Sí, es que es eso, un túnel a través del espacio. Este que ves, te lleva a Nueva Zelanda.

¿Qué me dices? todavía no estás preparado, pero la próxima vez lo cruzarás conmigo. Sólo hay que entrar y apareces al otro lado del planeta.

¿Cómo puede ser eso posible?

No lo sé, y me miró, con su cara muy brillante por la luz del Xendra. Lo hacen ellos, los guías, pero no conozco su tecnología para comprender el funcionamiento. Sólo sé que yo entré en un Xendra en Auckland y aparecí aquí.

-¿Así llegaste?

Así, así llegué, sin equipaje, si nada. No sabía lo que iba a pasar aunque me lo imaginaba, pero tu Tía Elsa estaba al otro lado esperándome.

El Xendra bajó la intensidad de la luz ,y desapareció.

-¡Se ha ido! dije…

Sí, en cuánto hemos recobrado la conciencia activa hemos dejado de verlo. Realmente, está ahí, pero no lo vemos. Es como si hubiéramos cambiado la frecuencia de emisora. ¡Vámonos a casa!

Cuando me tiré en la cama no daba crédito. Donald se echó a mi lado y yo puse mi barbilla sobre su pecho mirándole de cerca.

No entiendo nada, Doc. Esto parece ciencia ficción. Debería estar aterrado pero no tengo miedo.

No lo tienes, porque estás conmigo. Yo lo tuve que hacer sólo y tuve miedo, pero confíe.

-¿Y tu familia? ( y entonces me di cuenta que sabía muy poco de ella) ¿saben que estás aquí?

-Sí, ellos conocen todo el tema. Realmente, Alfarcito esto lo sabe muchísima gente, y ahora te ha tocado a ti esta misión.

-¿La misión? pregunté.

Donald sonrió: sí, la misión, todos tenemos una misión. Tú tendrás la tuya también.

-¿Y la tuya cuál es? le pregunté.

-¿La mía? suspiró: pues ahora quererte mucho. Tuve que besarle. Me decía unas cosas que yo no podía ni imaginar. Yo sabía que me había enamorado de él, pero es que ahora notaba que era él el que estaba enamorándose de mí.

-Ojalá estuvieras siempre conmigo, le dije. Me acarició el pelo: de eso no puedes tener duda: siempre estaré contigo. Apago la luz, nos abrazamos y fuimos sólo uno por otra noche otra vez hasta que amaneció cuando menos lo esperamos.

La luz del día de me despertó y me encontré solo en la cama. Se convertía en un campo de fútbol cuando él no estaba. Me preguntaba cómo podía haber dormido siempre sólo hasta este tiempo. En realidad, no había pasado tanto. Pocos días, pero muy intensos. Tan densos que hacían mi infancia muy pequeña y el presente tan grande, tan grande como mi futuro.

Busqué con la mirada y encontré la silueta de Donald tras las cortinas del balcón. Estaba allí, quieto, en posición de loto, sentado sobre una pequeña colchoneta y mirando el horizonte marino. Esa línea donde el agua y el cielo se juntan porque la Tierra es redonda. Esa línea donde se hunden los barcos para aparecer por otros sitios. Esa línea que te invita a pensar que es lo que hay más allá.

Me quedé quieto en la cama. No hice ruido. No quise molestarle. Supuse que estaba meditando. Allí me quedé observando su figura de espaldas, sus brazos, sus manos con los índices y pulgares unidos. Meditando. Pensando en nada. O ni siquiera pensando. O qué sé yo.

Pasado un rato, se movió lentamente y estiró sus brazos. Se levantó despacio y se giró hacia mí. Sonrió porque se dio cuenta que le estaba mirando. Descorrió las cortinas translúcidas y vino a la cama. Me besó.

-¿Te levantas o no?

-Sí, te estaba esperando, le dije. Voy a la ducha.

El agua me refrescó el cuerpo y la mente. El pelo mojado, mi cuerpo desprendiéndose de las huellas de la noche. Me puse mis slips y salí.

Desayunamos en el balcón en silencio. ¿Hacía falta hablar? No. En ese momento, no. Yo tenía cientos, miles de preguntas, pero ahora no me apetecía hablar. A él tampoco. Leche, zumo y frutas. Desayuno tranquilo.

Retiramos las cosas de la mesa en silencio. Un silencio provocado parece. Me apetecía preguntar ‘con qué cosa me vas a sorprender hoy’, pero no pregunté nada. Silencio.

Me senté en uno de los butacones del salón. Doc entró en su habitación y sacó una camilla plegable. Yo me sorprendí. ¿Con qué me iba a salir ahora? La colocó en el centro de la habitación. Fue al armario y sacó una varilla de incienso. La encendió. Corrió la cubre cortina y una penumbra llenó la habitación.

Me miró con sus ojos azules: tiéndete, anda.

¿Qué me vas a hacer? pregunté mientras me tendía. Me sorprendía a mí mismo aceptando cualquier petición que Donald me hiciera.

-Reiki. Te voy a dar una sesión de Reiki. La necesitas.

Ni pregunté. No sabía lo que era. Me tendí en la camilla. Boca arriba. Cierra tus ojos, me dijo. Los cerré y dejé de ver nada. Sólo sentía. Comenzó a sonar una música suave. Sentía su presencia a mi lado. Le sentía moverse. No sabía lo que estaba haciendo, pero era agradable. Notaba como viento sobre mi piel. Sobre la música sonó de pronto una pequeña campanilla. Noté sus manos sobre mi cabeza. Reiki es una manera de canalizar la energía del universo, me decía. A través de mi cuerpo, de mis manos, esa energía pasará por mí, y llegará a ti. Nos beneficiará a los dos. Déjate llevar y quédate en silencio.

Eso hice. Una paz enorme empezó a inundarme el cuerpo. Algo parecido al sueño, pero no estaba dormido. A cada campanilla, Donald cambiaba de posición sus manos. De la cabeza a mi frente. Mis ojos. Mis oídos. Mi cuello. Notaba sus manos. Sus dos manos mientras yo iba cayendo en un extraño pero agradable sopor. Casi sin conciencia, empecé a notar más manos. Una cierta intranquilidad nació en mí, pero duró segundo. La mano y la presencia de Donald me alivió. Estaba sintiendo más manos. No había dos. Había cuatro, seis. No sé. En aquella habitación había más gente que Donald. No estábamos los dos solos. Pero a pesar del sobresalto, estaba tranquilo, tenía la certeza de estar protegido, de que no iba a sufrir daño. Las manos iban recorriendo mi cuerpo, el tiempo comenzaba a correr de otra manera. Más lentamente. De pronto me sentí volar. Veía a Donald con los ojos cerrados y varios seres a su lado. Eran luminosos, no podía ver los rasgos de sus rostros. Sólo sus siluetas. Si tuviera que explicar de que estaban hechos tendría que decir que estaban hechos de luz. Sólo de luz. Estaban conmigo. Lo sorprendente – otra vez –  es que no tenía miedo. Mientras yo me sentía volar en la habitación, hubo un momento en que una de las figuras que ponía las manos sobre mi, me miró. Y digo me miró porque pude ver un detalle de su rostro. Era luminoso, si, pero de un aspecto bellisimo, no humano. Me pareció escuchale hablar mientras me sonreia: soy Mariel. Estoy contigo desde el momento en que fuiste concebido.

De pronto, recuperé la conciencia, me sentí dentro de mí, mientras la mano de Donald me tocaba el hombro.

He volado, dije.

Donald se echó a reír y dijo: puede, ¿Qué tal te has sentido?

Muy bien, contesté, con mucha paz. Me siento fuerte, como si me hubiesen recargado las pilas.

En eso consiste el reiki, Alf. En recibir  la energía que nos llega del Universo.

-Y tú como la consigues?

-No, no la consigo, solo la transmito, como si fuera una antena. Tú también puedes hacerlo, solo es cuestión de aprender.

– Noté como si hubiera gente aqui, además de ti.

– Ajam, dijo Donald como si eso fuera algo normal.

¿Quiénes eran? Pregunté.

Yo les llamo Guías. Otra gente les llama de otra manera.

Me pareció oír a uno de ellos decirme que se llamaba Mariel.

¿Se lo preguntaste tú, no?

No exactamente, me preguntaba quiénes eran.

Por eso te contestó. Mariel, me dijo. Ese guía entonces se llamaba Mariel.

Donald me miró: tienes suerte, no todo el mundo sabe el nombre de su guía particular.

Guía particular? Si, así lo llamo yo.

– ¿Lo llamas tu? Y otra gente como lo llaman?

Algo que habrás oído muchas veces: el ángel de la guarda.

Me enseñaron a rezar desde pequeño. No recuerdo el momento ni cómo lo hicieron. El caso es que me recuerdo rezando desde pequeño. Había varias oraciones que me sabia de memoria; la mayoría no entendía lo que decía, como aquello de acto de contrición que para un niño pequeño no significaba nada.

Sin embargo, si recuerdo con mucha claridad aquella oración dedicada al Ángel de la Guarda, ese ángel que desde pequeño lo llevamos al lado de nuestra vida protegiendonos de todos los peligros. Me imaginaba y me preguntaba en mi cabeza infantil, cuantos ángeles habría por el mundo, tanto como personas. También me interrogaba qué ocurría cuando alguien moría con su ángel de la guarda, ¿terminaba su trabajo? ¿Se iba contra persona nacida nueva? No sabia.

La oración al angel de la guarda siempre era nocturna, justo antes de dormir. Me lo imaginaba escribiendo en un gran libro todas los oraciones de mi vida, para en el momento en el que yo muriera tener un inventario con el que poder rendir cuentas al Juez Supremo de todas las oraciones que yo había hecho.

Ya conforme fui creciendo fui olvidando todas aquellas oraciones y esa disciplina de tener que rezar todas las noches, excepto la del ángel de la guarda, era tan corta!!

Angel de mi guarda,

Dulce compañía,

No me desampares

Ni de noche ni de día,

Porque me perderia.

Siempre tuve esa sensación de que alguien me acompañaba siempre. Y no era Dios, que siempre me parecía un Ente mucho más lejano. Era ese alguien, esa presencia que me hacía sentir una cosa que no sabría explicar: que aunque me encontrará sin la compañía de nadie, yo no estaba solo. Yo no me sentía solo.

Siempre confiaba en él, sin conocer su figura, su nombre, nada. Sabia que estaba ahí y con ello me bastaba.

La vida hizo que con esta sesión de reiki, todos estos recuerdos escondidos vinieran a mi cabeza.

Ese ser que vi poniéndome las manos a la vez que Donald y otros seres más, el que me miró, Muriel, él era mi viejo amigo, mi angel de la Guarda a quien había visto por primera vez.

¿Cómo puede ser eso?, le pregunté después de pensar en un solo segundo sobre los ángeles todo lo que he escrito antes.

Pues como ya te expliqué, me dijo Doc, vivimos en una frecuencia, llamémosla la ‘normal’ la cotidiana, pero en cuánto la cambiamos con la meditación, con el reiki, incluso con el mismo sueño, vemos, oímos, sentimos, cosas que están con nosotros compartiendo el tiempo y el espacio, pero que vibran en otra frecuencia. Ahora mismo estamos rodeados de muchas ondas de radio. Por ellas van muchas comunicaciones: conversaciones telefónicas, canciones, películas, emails… todo está a nuestro alrededor y no lo percibimos. Necesitamos el receptor adecuado, ya se un pc, una tv…

O en nuestro caso, la meditación, el reiki…

– Exacto.

-Mañana volveremos a la laguna.

-¿Y eso, Doc? ¿por qué, para qué?

Vamos a viajar, me dijo de una manera intrigante. Mañana.

Llegamos en moto sobre las dos del mediodía. No había nadie. También era lógico, nadie solía andar por allí en verano a esas horas.

Nos sentamos en el mismo sitio del otro día y comenzamos a meditar. El tiempo pareció pararse hasta que los alrededores se iluminaron con la aparición de la luz del Xendra. Una luz superior a la del Sol. Al verlo, desapareció de pronto y note la mano de Donald cogiendo la mía: no salgas de la meditación porque pierdes la frecuencia. Quédate con mi mano cogida y estaremos los dos en la misma y así no saldrás.

Realmente lo que me daba era seguridad, me quitaba el miedo a lo desconocido y por supuesto, podía perderme en la meditación sabiendo que él cuidaba de mi.

El xendra apareció de nuevo ante nosotros. Ovalado, muy luminoso. Durante un tiempo estuvimos en meditación observándolo. Fue entonces cuando Donald se levantó, y sin soltarme de la mano, se dirigió junto a mi al Xendra.

Entramos. No veía nada. Solo mucha luz. Pero no molestaba, no era una luz cegadora. Yo miraba a Donald y lo veía bellísimo, más guapo que nunca. Su rostro parecía resplandecer con luz interior. Entonces Donald me abrazó y sentí un gran estremecimiento.

De pronto, se hizo de noche. El Xendra había desaparecido. Todo era oscuridad, de nuevo estábamos en la laguna, pero era otra laguna. Mire mi reloj. Las dos y media del mediodía, pero era de noche. Mire al cielo: estrellado. Pero oh Dios mio no conocía ninguna constelación: busqué la Polar, Casiopea, el Carro… nada de nada. Mire a Donald que estaba observándose entre sorprendido y divertido.

¿Qué te ocurre?

Que no sé qué le pasa al cielo, que no conozco sus estrellas, ¿dónde estamos?…

Y en el justo momento de hacer la pregunta, mi mente identificó entre las desconocidas estrellas a la Cruz del Sur y a las Nubes de Magallanes.

Welcome to New Zeland. Now, we are at the Palmoure Lagoon. We are in Auckland dijo Donald.

Exit From The Panmure Lagoon
Laguna Panmure, en Aukcland (Nueva Zelanda) (Foto: Wikipedia)

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3 comentarios sobre “Capítulo 13

  1. Hola, Alfonso. No se si a través de tu resfriado he descubierto tu blog, y es más, también descubro que estás escribiendo una novela. La leeré, pero antes te quisiera hacer una pregunta que por no saber resolvela he tenido que abrir otro blog.
    Se trata de desde hace unos años soy voluntario para que personas con discapacidad intelectual lean en voz alta.
    Son novelas de Lectura Fácil.
    Abrí un blog, y allí explico desde el momento que entran a la biblioteca, hasta que salen, todo lo que hacemos. Lo hago para que sus familiares lo sepan.Pero claro, ya sabemos que pasa en un blog. El principio de la novela es el final de todos los posts. Mi pregunta es? Que puedo hacer para evitarlo? Si no lo puedes resolver no importa pues ya digo que tengo dos blogs y del uno paso al otro.
    No me quiero extender más, Alfonso.
    Muchas gracias.
    Cuidate mucho.
    Un abrazo.

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    1. Gracias Josep, lo del blog tiene eso, las fechas all contrario. Yo lo soluciono numerando cada post con un número como Categoría. Luego, colocas las categorías a la derecha y es como un índice. Así lo tengo yo, mira a la derecha.

      Me gusta

      1. Gracias, Alfonso. Ahora lo miraré, y si que es verdad lo que dices de numerarlo. Lo úmico que pasa es que por inercia miras el post antes de mirar la numeración. Yo tuve que abrir otro y ir pasando uno por uno pero al revés cada post.
        Cuidate mucho y repito las gracias.
        Un abrazo.

        Me gusta

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