Capítulo 12

La gran pregunta – quitando su salida del mar- había tenido respuesta. Su pareja fue un hombre.

El silencio se hizo otra vez entre nosotros. Me sentía estúpido por no saber como continuar.

Pero continúo él. Su rostro cambió. Volvió a ser el Donald que había visto antes. Sonrió.

Y tú ¿has tenido pareja?

Tuve. O tuve algo que lo parecía. No sé.

Me miró pícaramente y me preguntó:

… se llamaba? – En el tono vi venir la la intención.

Pedro, se llamaba Pedro.

Sonrió. Sonreí. Y fuimos cómplices sin decir nada.

Sin saber cómo, de mi boca brotó toda la historia de Pedro conmigo.

Lo solté todo. Del tirón. Recuerdo que reí. Que lloré. Cada momento vivido con Pedro y que me produjo emociones. Donald me escuchó en silencio. Sin interrumpirme.

Ya.

¿Ya qué? Me preguntó.

Que ya terminé.

Sonrió.

Gracias por contármelo.

De nada. Ha sido un desahogo. Y es la primera vez que se lo cuento a alguien así. Bueno, mi tía Elsa sabe algo. Pero contarlo así… a ti. De hecho también es la primera vez que hablo con… hablo con… titubeé.

– Con un gay. Dilo.

Sí, con un gay.

Bueno, con un amigo gay.

Vale, con un amigo gay.

Ven.

Puse cara de interrogación.

Has sufrido. Sobre todo cuando te despreció de esa manera dejándote de hablar. Aunque realmente te despreció siempre ocultándose de ti a sus amigos. Lo sabes.

Asentí. Sentí que se me humedecían los ojos.

Así que ven. Tú necesitas un abrazo.

Me puse nervioso pero no me dió tiempo a reaccionar cuando una mano invisible me empujó hacia él y me vi envuelto en sus brazos. Como en una jaula donde los barrotes en vez de darte prisión, te llevaban a la libertad. Me sentí yo mismo como nunca y compartido. Nadie me había abrazado jamás de esa manera. Con Pedro sí, pero esto no era igual. Era como si en vez del cuerpo de Donald quien me abrazara fuera su espíritu, su alma, no sé cómo explicarlo. O mejor dicho, en aquél momento no supe explicármelo.

Me sentí caer en un pozo sin fondo. Caer, caer y caer, mientras iba sujetado a sus brazos. Cerré los ojos mientras sabia que mi cara estaba pegada a su pecho. Noté el calor que desprendía su cuerpo, sentí los latidos de su corazón en mi mejilla. Su mano acariciando mi cabeza. Su otra mano sujetándome.

Me di cuenta que los problemas no pesaban. Que la gravedad se había ido. Que los recuerdos ya no herían. Era como si me hubieran dado una ducha donde lo malo se fue y quedó lo bueno que estaba tapado. Me sentí con una felicidad inmensa tan grande que no me di cuenta que me había quedado dormido.

Sentí su dedo acariciando mi oreja, mi oído. Me di cuenta que estaba tapado con la toalla.

Alfs, despierta, tenemos que irnos.

¿Qué hora es?

Por las estrellas, las tres de la mañana.

No me quiero ir.

Donald me miraba mientras yo seguía acurrucado en sus brazos.

¿Y eso?

-Estoy muy bien aquí.

Me sonrío.

Miré a las estrellas.

Mira la constelación de Hércules.

Donald subió la mirada al cielo y pude leer en sus pensamientos que se había dado cuenta que lo estaba era entreteniéndolo para no levantarme.

¿Piensas que puede haber vida allí? Le pregunté.

¿En Hércules?

Bueno, en el espacio, en algún sitio.

Noté que se pensaba la respuesta.

-Seguro que sí, estoy segurísimo.

Volvió aquél escalofrío por la columna vertebral.

¿En los ovnis crees?

También se pensó la respuesta mientras seguía mirando al cielo.

De pronto bajó la mirada hacia mí. Sus ojos eran los de aquél hombre que salió del mar junto a mi tía. Tuve miedo.

Lo que creo es que tenemos que volver a casa.

Sin darme tiempo a reaccionar me levantó en brazos y me colocó en mi butaca que estaba vacía. Era la primera vez que alguien me hacía eso. Al posarme en la butaca nuestras caras quedaron muy juntas. Yo creía que me iba a besar. Pero no lo hizo. Y la verdad, que yo tampoco. Pero ese beso sí salió de nuestras bocas, lo único fue que se quedó en el aire.

El camino de vuelta fue lento. Yo iba agarrado de nuevo a él. Mis brazos le rodeaban, pero sin apretarle. Me sentía tan seguro. Hacía fresco y en la moto, se notaba aún más. Rodaba despacio. De vez en cuando me preguntaba

¿Vas bien?

Sí, le contestaba yo, apretando ligeramente su cuerpo. Me descubrí sin darme cuenta acariciándole y me dio vergüenza. Pero él no notó nada. O no hizo nada.

Llegamos a la casa y me bajé de la moto.

-Hemos llegado. Gracias por la noche, me dijo mientras se quitaba el casco.

No, gracias a ti.

Nos vemos pues, que descanses.

Nos vemos, le contesté.

Y me quedé quieto.

¿No subes a la casa o qué?

Sí, ya…

Ya, me dijo. Dame un beso de despedida, anda.

Me acerqué y le besé en la mejilla. El me correspondió en la otra. Pero nuestras miradas se quedaron pegadas como un imán.

¿Hasta cuándo? Le pregunté.

Hasta pronto, muy pronto.

Arrancó la moto y se fue.

En casa, tia Elsa ya estaba dormida, así que procuré no hacer ruido. Yo esa noche dormí con mucha paz. Esa noche había ganado mucho. Fueron muchas experiencias seguidas. Conocer a Donald, ser tan guapo, descubrir que era como yo, contarme sus cosas, yo contarle las mías. Sólo en 24 horas parecía que tenía de nuevo un amigo, el mejor amigo. No me sentía solo y por eso dormí feliz. Sin embargo, sabía que estaba reprimiendo algo. Que Donald había salido del mar y eso me daba mucha inquietud, aunque no quisiera verla.

A la otra mañana me despertó Tía Elsa

A ver astrónomo no piensas levantarte hoy. ¿ A qué hora llegaste?

Sobre las dos o las tres, tía, dije bostezando.

-No te oí entrar ¿lo pasaste bien, visteis bien el cielo?

-Bueno, sí, vimos y charlamos mucho.

Me lo creo, conociéndote Alfard y conociendo a Donald, me lo creo. Por cierto, tienes que llamar a tu madre que ayer llamó y no estabas.

¿Ocurre algo? pregunté.

-No, nada, sólo saber de ti, que te vienes aquí y te olvidas de todo.

-Es verdad, tía, es verdad.

Otra cosa Alfard, yo esta noche no voy a estar aquí… tengo que ir a cuidar a una amiga que está enferma, nada grave, pero no se puede levantar de la cama, tiene una pierna rota. Vive sola la pobre y entre los de la asociación de mujeres, la estamos ayudando. Te tendrás que quedar solo.

Puse cara de circunstancias, la verdad es que siempre me ha dado miedo quedarme sólo en casa. No es que me haya pasado nunca nada, no. Pero es miedo, ese tipo de miedo infantil que aunque vas creciendo notas que no desaparece.

Sonó el teléfono, y deduje que era Donald quien hablaba con tía Elsa. No pillaba la conversación porque tía Elsa hablaba como en clave, me daba cuenta perfectamente. Pero estaba protestando por algo.

Te lo dije, que algún día, alguien se daría cuenta, estaba diciendo. Vale, vale, yo me encargo entonces.

Estuvo un momento en silencio, mientras supongo que Donald hablaba y me miró:

Alfard, dice Donald que si quieres, te puedes quedar esta noche con él en su casa.

El corazón me dió un brinco. ¡En casa de Donald, yo sólo con él! Chico contesta, que te has quedado pasmado.

Sí, tía, claro, venga, me quedo.

Ok, Donald que sí. Vale, pues que quede contigo en la plaza.

Ya me has oído, cuando yo me vaya, te vienes conmigo y le esperas en la plaza, y ya te acompaña a su casa, así no vas sólo y no te pierdes. No es que el pueblo sea grande, pero ya sabes, con tantas callejuelas, te puedes liar.

Yo ya no escuchaba nada: con Donald. ¡Voy a estar en la casa con Donald.

Pasó el tiempo de una manera lenta, pero allí estaba yo ya en la plaza a primera hora de la tarde. Tía Elsa cogió para arriba a casa de su amiga. Toma el teléfono y me lo apuntó en un papel. Si necesitas algo, me llamas. Sí, tía.

Me quedé sólo en la plaza hasta que por detrás me taparon los ojos.

¿Quién soy?

Ummm, un kiwi. Eres un kiwi.

Y me quitó las manos y me volví.

Con que kiwi, también sabes que nos llaman kiwis. Anda, vente, mira por dónde voy a estar acompañado esta noche.

-¿Vives solo , no Donald?

-Sí,claro, ya te lo dije.

-No sé, podías compartir la casa con alguien.

-No, no, estoy solo, prefiero estar sólo, estoy más libre para mis cosas.

Yo pensé lo que yo daría por saber cuáles son tus cosas.

Salimos de la plaza y anduvimos un par de calles cuesta arriba hasta llegar a la casa de Donald. Era un apartamento, pequeño, pero tenía vistas al mar, lo cuál era mucho. Me sorprendió la decoración: todo muy oriental, un buda en cada pequeña habitación, conté tres. Dormitorio principal, una habitación pequeña y la cocina más el baño.

No necesito más, además no me cuesta así tanto dinero, me dijo.

Atrapa sueños, quemadores de incienso, velas, formaban parte de los objetos que adornaban la casa.

Siéntate Alfs, me dijo señalándome a unos cojines en el suelo sobre una alfombra.

-¿Eres budista? le pregunté.

No, no. Bueno, soy digamos, no sé, espiritual.

– ¿Crees en Dios?

Sí, creo. Pero creo en todos los dioses, en el cristiano, en el judío, en el musulmán, en Buda, en Vishna… no sé si me explico.

Sí, sí, te explicas.

-¿Y tú? ¿Crees en Dios? Sus ojos azules se clavaron en mí.

Sí, pero tengo muchas dudas. Pero me gusta mucho la figura de Jesús de Nazaret.

-Ajá, pero bueno estos temas son para hablarlos tranquilamente y durante mucho tiempo.

Qué buena pantalla de televisión tienes,dije mientras asentía a eso de la conversación sobre Dios.

Me encanta el cine, si quieres esta noche podemos ver una película.

-Pues sí, sí es buena idea.

-Deja tus cosas ¿te parece que demos una vuelta y cenemos fuera?

Sí sí. La idea de salir a cenar con Donald sólo ya me fascinaba.

– ¿Dónde dejo las cosas?

-Ven, aquí, y me abrió el armario de su dormitorio.

– ¿ Y dónde voy a dormir? Sólo había una cama, lo estaba viendo.

-En la cama, yo me quedo en el sofá.

-Qué dices le dije, encima de que te molesto, no, yo me quedo en el sofá.

-Bueno… me miró, ya veremos cuando tengamos sueño elegiremos bien seguro.

Salimos a la calle y nos dirigimos a uno de los muchos bares que estaban repletos en verano.

Yo era el más feliz del mundo.

Los bares estaban llenos, así que recurrimos a un restaurante chino cercano a la Iglesia.

¿Te gusta la comida china? Me preguntó

Uf, me encanta

-Pues venga entremos.

Le dijimos al camarero que nos atendió que sólo éramos dos. Nos puso en un sitio bien discreto, donde podíamos ver una pantalla de televisión sin voz, porque por el hilo música sonaba música china. Elegimos un menú para dos.

Gracias, Doc.

¿Por qué? Me preguntaron sus ojos azules.

– Por estar conmigo está noche.

– No me seas tonto. No hay que estar dando continuamente las gracias.

Nos sirvieron los rollitos de primavera y empezamos a comer. En silencio. Me miraba, sonreía, y seguía comiendo. Hasta que me miró fijamente:

Oye, se te comió la lengua el gato?

Me eché a reír.

-No, estaba pensando, contesté.

En qué, ¿se puede saber?

Me lancé:

Oye, siendo tan guaperas como eres, ¿habrás ligado mucho aquí en España, no? Volví a callar, bajé mi mirada al plato y seguí comiendo, pero me dio tiempo a verle sonrojarse.

Hombre, llevo poco tiempo aquí, mis oportunidades he tenido, pero busco algo más que un cómo le decís aquí … un polvo. Además, no soy tan especial. En Nueva Zelanda tampoco es que no tuviera éxito, pero aquí lo que os pasa es que os llama la atención lo exótico, en este caso un rubio de ojos azules. Como a los neozelandeses nos llama la atención los morenitos con ricitos y me miró con tono burlón.

Entonces fui yo quien se sonrojó, pero sin mirarle le dije que no sólo es lo exótico, es que había que sumarle un buen cuerpo, una buena inteligencia y un buen discurso.

¿ Estás intentando ligar conmigo, Alfarcito? ¿ A qué viene tanto piropo? Me soltó sonriendo. Entonces yo me puse rojo rojo encarnado, pero fui valiente y le dije:

No, yo no pretendo ligar contigo.

Ahora se puso serio él serio esperando a ver qué iba a decir yo.

Lo que pretendo, o más bien, me gustaría, -continúe-, es tener la suerte algún día de poderme enamorar de alguien como tú y ser correspondido.

Donald seguía mirándome ahora con los labios entreabiertos como para decir unas palabras que no salían.Sus ojos azules brillaban más que nunca.

Sabes dejarme K.O. amigo... alargó su mano hacia la mía, pero en ese momento, se paró la música y le dieron voz a la televisión. En la imagen salía, la playa de los Bateles, y una voz en off decía:

Unos jóvenes conileños aseguran haber visto hace unos días por la noche, unas extrañas luces sobre la playa, que se sumergieron en el agua, y a continuación vieron salir dos seres del agua, parecidos a unos buzos. Les vieron tumbarse en la arena, mientras se pasaban una luz de uno a otro. Se levantaron al poco tiempo y vieron que eran un hombre y una mejor de aspecto nórdico, que vestidos con ropa de calle, salieron andado y entraron por las calles del pueblo hasta desaparecer. Destacados ufólogos han venido al pueblo a estudiar el caso.

Mientras oía la voz, observaba a Donald que no perdía la vista de la TV con aire preocupado.

¿Vaya tela, no? le dije.

Me miró serio.

La verdad es que sí, pero bueno, eso le dará fama al pueblo y le traerá clientes.

Seguía serio.

¿Y tú crees todo eso? a mí la verdad, es que me cuesta trabajo.

Donald pensó…

-Posiblemente hayan visto algo y lo puedan haber confundido con otra cosa. Muchos de los llamados ovnis son cosas absolutamente explicables, lo que ocurre es que las personas comunes pues no saben distinguir un satélite de un planeta, o de una nube iluminada, por ejemplo.

Bueno, -repuse-, ¡ya nos enteraremos!

Sí, eso ténlo por seguro. Su voz era fría como el hielo.  Volvió a ser él y sonreir.

Flan chino, que es igual que el español y helado, fueron los postres.

-¿Nos vamos a casa? Tengo que hacer una llamada de teléfono, dijo Donald con un poco de inquietud y prisa.

– Vale, venga, vámonos. Eran cerca de las once y media de la noche.

En el salón cocina tenía una mesa de oficina con un ordenador.

-No he visto nunca uno así a fondo. Siempre en escaparates y en el Instituto no tiene aún.

-¿No? Pues esto es el futuro Alfard. Lo tendremos en casa hasta para hacer las tareas más simples.

-¿Tú crees? Le pregunté.

– Sí, e incluso lo llevaremos en los bolsillos.

– Estás loco, le dije. ¿Para qué lo utilizas tú?

– Para mis trabajos de oficina y para comunicarme por internet.

-¿Tienes internet? Pregunté asombrado.

-Sí, claro.

– Pero eso es muy caro.

– Sí, pero depende el tiempo que te conectes. De todas formas, me lo paga mi empresa. Mañana, te dejaré trastear un rato. Alf, entra en el baño si quieres antes de dormir, yo voy a terminar unos asuntillos.

Muy bien, -le dije-, y fui a ducharme. Cogía la ropa interior de mi mochilita, y me encerré en el cuarto de baño desde donde entre el ruido del agua de la ducha escuchaba a Donald hablar.

-Pues a ver ahora qué hacemos, habrá que esperar instrucciones… Desde luego, por ahí no podemos ir más… Tanto ocultarnos y nos ha visto todo el mundo… Vale, ya, sé que no fue decisión nuestra.

Donald hablaba bajo, pero yo tenía el oído fino. Cuando cerré el grifo de la ducha, el colgó el teléfono. Que duermas bien, escuché. Salí del baño y me dijo:

Tu tía Elsa que duermas bien, me ha dicho.

– Ah, has hablado con ella.

– Sí, sí.

– ¿Y la enferma a la que atiende, qué tal está?

-¿Eh? Pensó, dudó, … bien, bien. Con tu tía está bien.

-Bueno, pues ya me dirás dónde duermo…

-Pues en la cama, dónde si no, me dijo.

Vale ¿y tú? dije mientras mi voz bajaba de volumen por los nervios y no quería que notara que se me quebrara.

Yo dormiré en el sofá…

-Pero sí tu ahí no cabes, eres muy alto… dormiré yo, le dije.

-No, dejémonos de tonterías. Venga, véte a la cama, luego iré yo, quiero terminar unas cosas.

Me fui a la cama rápido. Hacía calor y claro, no me iba a poner pijama, que aunque lo llevaba, me parecía ridículo. Me acosté en slips y muy rápidamente. La cama la verdad es que era grande y estaba en un rincón pegada a la pared, así que decidí ponerme en ese lado y vuelto para la pared. Me eché la sábana por encima, más por vergenza que por otra cosa. Estaba muy nervioso. Yo sabía que no iba a pasar nada, pero sólo pensar que iba a estar en la cama con Donald, a resumidas cuentas, con un hombre, que jamás había estado con uno en esa situación, para dormir una noche, me daba escalofríos. Sin embargo, también había otra parte en mí que lo estaba deseando. No podía quedarme dormido, escuchaba a Donald hacer cosas en la habitación con su ordenador AMSTRAD. Escuchaba ruido de papeles, de lápices saliendo entrando en su cubilete, hasta que escuché un silencio y un click apagando la luz de aquella habitación. Automáticamente cerré los ojos, para entreabrirlos después y hacerme el dormido. Lo vi salir de su habitación despacho y entrar en el baño a través de un espejo. Veía la rendija de la luz por debajo de la puerta. Escuché el ruido de la ducha. El silencio donde me lo imaginé secándose. La puerta se abrió a la vez que apagó la luz. La queda no se quedaba a oscuras total. Entraba luz por la calle, la persiana de la ventana estaba levantada y de vez cuando, de manera sincrónica, el destello del faro aumentaba un poco la iluminación.

Vi la figura de su cuerpo entre las sombras. Su porte alto. Sus hombros anchos, sus músculos no exagerados. Tenía unas bonitas piernas, largas, macizas, que le daban altura. Estaba en slips. Tuve que cerrar los ojos porque se estaba acercando demasiado. Noté la presión de su cuerpo en la cama, para ceder un poco después. Imaginé que se había sentado y luego ya tirado a lo largo. Yo seguía fingiendo el sueño. Pero cuando pasaron unos momentos, noté una extraña vibración en la cama. ¿Un terremoto? Era lo que me hacía falta, pero no, no podía ser porque las lámparas y cortinas estaban quietas. Me erguí un poco analizando la situación, mientras la vibración aumentaba de intensidad. No tuve más remedio que volverme y me encontré a Donald acostado sobre su lado derecho mirándome a mí, frente a frente, con sus ojos azules en la oscuridad, aguantando la risa. Esa era la vibración, la risa contenida de mi compañero de cama.

-¿Se puedes saber de qué te ríes?

Soltó la carcajada: de qué va a ser ,de que finges muy mal estar dormido.

Puse cara de circunstancia, pero tener su cuerpo tan cerca, delante mía, a centímetros, oliendo su aroma recién duchado, sintiendo el movimiento del aire que llegaba con su aliento, notando el calor de su cuerpo llegando hasta a mí, eran demasiadas emociones ya para pensar.

¿Y ahora qué? le dije.

Tienes 17 años y eres menor, me contestó.

-Ya, pero los cumplo el mes que viene.

-Sí, pero la ley es la ley, me dijo. Y no hace ni 48 horas que te conozco. Y respeto a tu tía.

Pero abrazarse no será delito, dije yo.

No, eso no lo es o por lo menos en Nueva Zelanda no lo es.

No sabía dar el primer paso. Me costaba creer la situación. Cómo yo, un niño hombre, un adolescente del montón pudiera estar en la cama con semejante monumento. Hundiéndome yo en mis complejos noté que los brazos de Donald me rodearon. Como la fuerza de la gravedad dejó de ser fuerte para arrastrame hasta su cuerpo, hasta pegar mi pecho con mi pecho. Sentí como mi cabeza y mi cuello encajaban perfectamente en el hueco que él me había dejado. Noté el calor de su vientre y la dureza de su sexo tropezando en el mío, mientras mis piernas se enredaban. Me sentí apretado y querido. Cargándome de felicidad y así estuve, estuvimos quietos no sé cuánto tiempo, que a mi me pareció corto y eterno. Luego, sus labios me buscaron recorriendo mi cuello y mi cara hasta posarse en mi boca. Sentí como su lengua abría las puertas de la timidez, como acariciaba mi paladar lentamente, me llenaba de sus sabores, mientras el aire, su aire o su alma, me daba la respiración vital.

Lloré y su boca se despegó para mirarme. Sus ojos azules eran entonces los faros, la luz que me alumbraba. Sentí sus manos subir a buscar mi cara, a borrar mis lágrimas, a secarme. Vi sus labios entreabrirse y llamarme, no llores tontorrón, aunque si lo haces más veces en la vida, que sea siempre así. Y me callé, me abracé a él fuerte, mientras me daba la espalda, quedé perfectamente encajado en la curva que él formó en la cama y no me quise despertar jamás a la vez que sentía un pánico interior que no quería reconocer. Era consciente de que estaba en la cama con alguien desconocido que había salido del fondo del mar.

El día llegó con el Sol como siempre en verano, temprano, a las siete de la mañana y cuando me desperté ya había luz en la habitación. Pero yo seguía en la cama y no sabía si lo vivido había un sueño. Abrí los ojos y me di cuenta que no, que no había tenido un sueño. Que había vivido una realidad y que esa realidad, con ojos azules estaba a mi lado, sentando, echado sobre la almohada.

-Hola Alfarcito ¿has dormido bien?

-No abrí la boca, le dije que sí con un gesto, asintiendo con mi cara y me quedé mirándole, como un si fuera un dios griego el que tenía a mi lado. Se inclinó sobre mí y me besó en mis labios. Yo seguía mudo, viendo como dejaba de estar sentado para deslizarse de nuevo a su sitio en la cama y ponerse en mi nivel, para que yo, me abrazara, porque ahora era él quien esperaba mi abrazo y eso hice. En mi silencio le rodeé con mis brazos y me di cuenta de realmente lo grande que era, pero me imaginé trepando por un árbol gigante, caído en la selva totalmente mío. Me perdí en su pelo, aterricé ahí, al lado de su cabeza que mirando la almohada me ofrecía su nuca, donde le besé y pulsé un resorte porque cambió de posición y apareció su rostro tumbado y yo encima, navegando como un cohete espacial al encontrar el primera planeta con vida. Y fui yo quien me posé en sus labios, quien bajo deslizándose por su mentón, hasta quedar varado en su cuello. Donald… Y mis oídos cayeron justo dónde su corazón estaba encerrado y tocaba tambores al puso acelerado. Me quedé ahí quieto escuchando el sonido de su vida que en pulsaciones llegaba a la mía. Quería dormirme de nuevo mientras en mi espalda notaba como uno de sus dedos dibujaba un corazón.

-Tengo que decirte algo, Doc y no quiero que te enfades conmigo, dije cuando pasó un rato.

-¿Tan grave es? ¿Qué has hecho?

Prométeme que no te vas a enfadar.

No te puedo prometer eso; lo que si te puedo prometer es que después de los enfados, me desenfado, nada es para siempre.

Tomé aire, respiré hondo y él se dió cuenta.

La otra noche te vi salir der mar con mi tía Elsa.

Ea. Ya lo dije. Ya salió. Ya metí la pata. Ya destrocé todo lo conseguido. Pero tenía que decirlo, algo en mí tenía que decirlo. No podía seguir viviendo con esa incertidumbre.

Donald permaneció en silencio. No dijo nada. Yo callaba. Hasta que habló.

Bueno, no fuiste el único como pudiste escuchar. La diferencia es que tú sabes que éramos tu tía y yo, y ellos piensan que eran extraterrestres.

Nos sentamos en la cama frente a frente. Estábamos serios y me dijo:-

Alf, no te puedo contar todavía lo que ocurrió allí, tengo que consultarlo aunque yo confío en ti plenamente, y fíjate, casi que me gusta que lo hayas descubierto y adelantado los planes.

-¿Adelantar qué planes? repiqueteó en mi cabeza?

Alf, sólo puedo decirte una cosa y te pido que respetes mis tiempos. Sé que vas a hacerlo en cuanto te cuente que yo no soy astrónomo tal como te dije y tal como te dijo tu tía.

Me quedé sorprendido e iba a hablar cuando me puso su dedo índice sobre mi boca y me pidió silencio.

-Sí, yo sé mucho de astronomía, me encanta, pero mi profesión no es la de astrónomo. Yo soy militar, Alf. Soy militar de los Estados Unidos, ahora estoy destinado en la Base de Rota, y tengo una misión. Una misión donde tu tía me ayuda y hasta ahí puedo contar.

Sonreí:

Como en el Un, dos, tres.

Sí, como en el Un, dos, tres. De esto, ni una palabra a nadie. Ni a tu tía por ahora, será nuestro secreto. Yo tengo que consultar, y así haré. Me debo a mis superiores que me ordenan lo que tengo que hacer.

Asentí y sabía que no podía saber más por el momento.

-¿Qué superiores?

-Ni una pregunta. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– ¿Silencio?

– Silencio. Bien.

– ¿No tendrás miedo?

– No

– Bien entonces.

Bien, dije.

-¿Habrá que levantarse no?

Era de día y ya la luz permitía ver nuestros cuerpos sin ninguna dificultad.

Sí, claro, habrá que levantarse, dije.

Y le señalé con mis cejas a sus slips: ¿Qué guardas ahí, un león?

Alfard, no me seas golfo, me dijo tapándose con la sábana, ¿qué pasa que tú no te pones así por las mañanas o qué? Y me dió con un cojín en la cabeza.

Se fue a ducharse y yo me quédé en la cama pensando en todo. Todo. Tanto que pensar. Cuántas cosas Dios mío en tan poco tiempo. Me fui al baño y me duché yo, Doc me hizo el desayuno.

Bueno, habrá que llamar a tía Elsa a ver cómo ha pasado la noche ¿no?

-Esta noche tengo que dormir en su casa, dije con tono apesadumbrado. Doc me miró y sonrió.

Llamamos al teléfono a tía Elsa y nos contó que había pasado bien la noche, que su amiga estaba mejor.

¿Y tú, cómo has dormido en la casa de Donald?

-Mentí: muy bien tía. Y mentí porque muy bien era poco para definir como yo había dormido.

Pues, me dijo, abusando de su paciencia, si te puedes quedar esta noche. La compañera esta noche no puede volver, y no quiero dejar a nuestra amiga sola. Está mejor, pero creo que está mejor por la compañía.

La alegría me invadió pero no la manifesté.

Vale tía, yo se lo digo.

-O mejor, se lo digo yo, dile a Donald que se ponga.

Llamé a Doc y se puso, hablaron en clave otra vez y no pillaba nada y me hice el distraído, hasta que escuché decir, bien por mi bien, que se quede claro, está es su casa, y me miró. Me miró como si me acariciara, claro que quería quedarme esa noche ahí.

Colgó y me dijo que tenía que salir. Tengo que consultar me dijo y entendí que era por lo mío y por lo de los chicos que habían salido en la prensa.

Ten cuidado le dije.

Sus ojos brillaron.

Hacía mucho que alguien no me decía que me cuidara me dijo.

Yo quiero que tu cuides porque quiero que estés bien y ya sabes porque quiero que estés bien.

Me sonrió. –

-Vendré a la hora del almuerzo. Tienes ordenador y libros. Y televisión. Y playa, no creo que te aburras.

Sonó el teléfono a la una y me dijo que no llegaría a comer, se le había complicado el día, pero que no preocupara, que mi asunto iba bien. El que no iba era el de los chicos que habían avistado las luces y ‘ las dos personas ‘ y su posterior relato a la prensa. La noticia no sólo se había extendido a nivel local sino que había alcanzado toda España y muchos países del extranjero. El tema ovni interesaba y vendía mucho. A los medios le salvaba en verano, ya que se producían muchas menos noticias que contar.

Así que tuve toda la mañana para leer el libro de Contact de Carl Sagan, que lo encontré encima de su mesilla de noche.

A las ocho oí el ruido de la moto de Donald, le abri la puerta del garaje desde la casa y le espere arriba. Me preguntaba como seria su reacción al verme, si me besaria, si me daría la mano o no me diría nada. Subió las escaleras, yo dejé la puerta abierta y me quedé de pie en el salón. Entro y me sonrió, cerró la puerta, vino hacia mi:

Hola Alfarcito y me dio un fugaz beso en la boca. Nada se ha perdido, pensé.

¿Qué tal todo?

-Luego te cuento, vengo cansado. ¿Nos vamos a cenar y luego a la playa? Mañana tengo día libre.

-Vale, como quieras, pero me gustaría pasar por casa de Tía Elsa por ropa, si me voy a quedar esta noche aquí.

Venga, pasamos.

Después de tomar una tapa, tampoco teníamos tanta hambre, nos fuimos a pasear a la playa.

-¿Por qué no me llevas al sitio donde me viste? me preguntó Donald ante mi asombro.

Ok…

Y así salimos del pueblo y fuimos andando por la playa hasta la duna donde detrás me escondí y les vi aparecer desde el agua. Sin embargo, ahora la playa estaba llena de curiosos merodeando por donde los chicos habían dicho a la prensa que habían aparecido. –La que se ha montado, dije. Donald asintió apesadumbrado.

Pero bueno, dijo, el tema se ha desviado bien. De los errores se aprenden, y mira que lo avisamos.

Yo sabía que no podía preguntar. Tenemos que irnos de aquí. Hay mucha gente, y no quiero tener la mala pata de que alguien me pueda reconocer.

Nos fuimos a casa.

¿Vemos una película?

Como quieras, elige tú, repuse

-¿Cuál te gusta más, 2001 o Encuentros en la tercera fase?

He visto la de Encuentros y me encantó. 2001, no.

Vale, pues vemos esa. A mí me gusta mucho, pero advierto, es rara.

Puso el vídeo y la comenzamos a ver. Jamás había visto una película así, de esta manera. Donald se echó a un lado y puso las piernas sobre la mesa baja del salón, yo me senté a su lado. Disminuyó la potencia de la luz y sentí su brazo rodear mis espaldas y tirar hacia él, hasta quedarme con mi cabeza usando su pecho como almohada. Así vi la película, nunca imaginé una manera mejor. El tiempo que estuvimos viendo la película no hablamos. La verdad que me mantuvo la atención, pero me costó entenderla. Cuando terminó, encendió la luz.

¿Qué? ¿Qué sacas de la película?

Me ha encantado HAL, me ha encantado El Danubio Azul y la nave espacial viajando hacia la Luna, pero el final me ha vuelto loco, y ese embrión humano mirando a la Tierra. Aunque lo más inquietante, es el monolito. Increíble.

-Es la mejor película de ciencia ficción rodada jamás, dijo.

¿Mejor que Star Wars?, dije.

-Río, claro. Star Wars es ficticia, pero quién te dice que 2001 o una historia parecida no pueda ser verdad.

Me encogí de hombros.

De nuevo, me apretó hacia él y me dió un beso sobre mi pelo. Empezó a acariciarlo haciendo caracolillos con los dedos en mis rizos. Ahora que estamos solos, te voy a contar quien soy yo.

Levanté la cabeza y le miré, asintiendo y diciendo en silencio, que soy todo oídos.

Panmure Basin AucklandLaguna Panmure (Auckland, Nueva Zelanda)

Ya te dije que nací en Auckland. Mi madre es profesora, descendiente de ingleses que llegaron a la isla Norte el siglo XIX. Mi padre, sin embargo, es de Estados Unidos. De Minessota, estuvo destinado en Australia, agregado a la embajada pero también pasaba algún tiempo en Nueva Zelanda, donde conoció a mi madre. Se casaron y después, nací yo. Se fueron a vivir muy cerca de Panmure Basin, una laguna muy bonita ,que está bajo el Monte Wellington. El sitio la verdad es que es estupendo no lo cambio por nada. Es urbano, pero la laguna, y la bahía, el mar hace de aquello un marco incomparable. Además, de saber que estamos sobre una caldera volcánica que hace 600 años estuvo activa. Cualquier día volamos por los aires, rió.

Mi infancia no fue difícil, no me faltó de nada. Tampoco yo era un niño complicado. Aplicado, estudioso. Me llevaba bien con los demás. Tenía amigos en el colegio, aunque mi verdadero amigo fue Tommy, que sería luego mi amor y mi todo. Sin embargo, esa historia, la historia de él y yo, te la contaré en otra ocasión, ahora lo que me interesa es que sepas otras cosas y lo que ocurrió para que hoy tú y yo estemos aquí juntos.

Yo seguía escuchándole con mi cabeza encima de él, sin mirarle.

 

Una de mis aficiones es, y te habrás dado cuenta porque por aquí hay alguno – y señaló con su frente a un barco de madera que tenía sobre un mueble – el modelismo. Hace unos años construí un barco, le puse un motorcito y todo y lo podía manejar con control remoto. Me fui a probarlo a laguna Panmure. Me fui una mañana temprano, no quería que hubiera mucho público por allí mirando, me gusta hacer las cosas sólo y si fallaba algo no quería tener espectadores. Era un barco de unos 50 cms y le puse una plaquita de metal con mi nombre y mi dirección de correo electrónico y mi país: Nueva Zelanda. Bien, pues lo puse a navegar Alfarcito – y empezó a darme vuelta en mis rizos con sus dedos – y todo iba como la seda. Tenía ponencia, navegaba bien, giraba sin problemas, paraba, aceleraba. Se quedaba quieto cuando quería. La prueba había sido todo un éxito hasta que ocurrió lo impredecible y que no estaba en mis cuentas. El caso es que vi en en el agua, por el centro de la laguna, una especie de remolino, cada vez más grande

¿Cómo el maelstron de 20.000 leguas de viaje submarino? le dije

Sonrío.

-Sí, pero sin pulpo , el caso es que el agua empezó a girar en torno a él y con ello, mi barco, que por cierto no te he dicho el nombre, se llamaba Estrella del Cielo.

¡Como ese de ahí! y señalé al barco que estaba sobre el mueble, Sky Star!

Sí, como ese, porque es que es ese.

Abrí la boca sorprendido.

Bueno, te sigo contando Alfarcito, mi barco fue cada vez más cerca del remolino, más cerca, hasta que entró en él y desapareció. También desapareció el remolino justo después de tragarlo, no parecía sino que había aparecido para eso.Me quedé sin habla ¿qué había ocurrido? por más que intente recuperar el control con el mando a distancia no pude. Mi barco desapareció.

¿Y cómo lo recuperaste? le pregunté mirando al barco, porque a la vista está que volvió a ti.

Si, volvío y no te puedes imaginar de qué manera. Ahora es cuando entra en acción tu tía Elsa.

-¿Mi tía Elsa? Entonces sí que me quedé sorprendido. ¿Qué tienes tú que ver con mi Tía Elsa? pregunté a la vez que recordaba la escena de la salida del agua.

Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.
Laguna de Torrox (Jerez) Foto del autor.

-Sí. Un día tu tía Elsa fue a tu casa con una amiga de aquí del pueblo y el caso es que decidieron darse un paseo por Jerez. Terminaron andando por la laguna de Torrox, ya sabes lo que le gusta a tu tía todo lo que sea agua. Bien, pues estaban allí sentadas bajo uno de los árboles, observando los patos que por allí navegaban, cuando vieron una cosa rara en el agua, como si hiciera borbotones, como si hirviera. Les llamó la atención y se acercaron. Estaba en el centro de la laguna, era como una especie de surtidor de agua, de géiser. Un chorro salía hacia arriba. Pensó tu tía que podía ser una tubería rota, pero claro, por el centro de la laguna no hay tuberías. El caso es que lo que fuera eso, soltaba agua sin parar y entre el chorro, tu tía divisó un objeto. El agua paró y el objeto quedó flotando y por las ondas del agua se fue acercando a la orilla. Fueron a ver que era ¿ y qué crees que se encontraron?

-No sabía que decir, yo estaba flipando con lo que me estaba contando. No creo que fuera

Créetelo , tu tía cogió un barco, mi barco, ese barco.

-¡Pero qué me estás contando, no me lo creo, cómo va a aparecer tu barco ahí!

-Alfard, es lo que te estoy contando. Mira, y me tiró un pellizco suave en la barbilla. A partir de hoy, vas a ver, vas a vivir cosas increíbles.

-Me estás asustando, Doc, le dije.

Yo también me asusté, pero ya aprendí hace tiempo que no debo tener miedo. Estamos protegidos.

-¿Protegidos? ¿nosotros? ¿De qué, de quién, por qué , por quién? las preguntas se agolpaban en mi cabeza.

Tú te estás burlando de mí, Doc. No me gusta que me gasten estas bromas.

No es broma, Alf, no es broma.

Y me lo dijo tan serio, que me lo creí. Me costaba creer lo que me decía, pero sí me creía que estaba hablando en serio.

-Alf, piensa. ¿Cuáles son las antípodas de Jerez?

Me recorrió un escalofrío por la piel.

Muy cerca de Auckland, Doc.

El se me quedó mirando como diciendo ¿lo captas o no?

Pero Doc, no pretenderás que cre que este barco se hundió en esa laguna de …

Panmure, me dijo.

Eso, Panmure y atravesó el planeta y salió por aquí. Es imposible.

-Sí, es imposible tal como tú lo estás pensando, porque piensas que tiene que haber un túnel en la roca que atravesa el planeta entero con lo cuál sería imposible. Pero hay otras maneras de viajar, Alfard. Hay otras maneras.

-¿Qué me estás diciendo? Me asustas.

-No, no tengas miedo Alfarcito y menos de mí.

Me miró tan fijamente que no me daba miedo pero me desconcertaba. Pero me entró vértigo cuando me preguntó a continuación de decirme que había otras maneras de viajar:

Alfarcito – me cogió las manos – pronto iremos tú y yo a Auckland.

Yo me estoy volviendo loco, pensé. No puede ser que me estén contando semejantes fantasías.

Ahora, lo que vamos a hacer es dormir, que ya hemos tenido bastante en este día ¿no crees?

Estoy muy nervioso, no creo que pueda pegar ojo.

Dormirás, me dijo.

– Voy a darme una ducha,dije. Cuando salí, estaba asomado al balcón ¿ya? se volvió a mirarme. Ya, le dije. Yo ya había ido con él perdiendo la verguenza, y salí en boxer. No es que uno tuviera un cuerpo diez, pero yo ya sabía que le gustaba y así podría provocarlo. No iba a conseguir nada, era menor, pero que sufriera un poco. Jamás había sentido esa sensación de tener yo la sartén aunque fuera minutos por el mango.

¿Ya? Ya. Mientras yo pensaba lo anterior, él se me quedó mirando. Sus ojos azules recorrieron mi cuerpo entero, lo noté. ¿Pueden acariciar unos ojos? Yo puedo decir que sí, porque lo estuve sintiendo. Se me acercó y eso no no lo tenía yo previsto. Se empezó a quitar la ropa, despacio. Y yo me di cuenta que se habían terminado esos minutos en que yo tenía el sarten por el mando. Fuera camiseta, fuera pantalones. Fuera sandalias. Más cerca, podía sentir el aire que salía de su boca. Pero me mantuve quieto. Sus ojos mirándome. Serio. Yo estaba a punto de desmayarme de un momento a otro. Se metío sus manos en sendos bordes de los slips. Se iba a desnudar por completo. Eso sí que ya no te estaba previsto y me dijo:

Me quieres hacer sufrir ¿no, Alfarcito? Sonrió pícaramente y me dijo: voy a ducharme, anda, acuéstate, loco. Y me dejó con un palmo de narices.

Me enfadé y me entró risa, lo que era una mezcla de emociones que se convirtió en resumen, en una sensación de ridículo inmenso.

Salió del baño, con boxer también, y yo estaba echado en la cama leyendo un libro. Le ignoré. Bueno, hice como el que le ignoré y se dió cuenta. Así que se echó se sentó en la cama, y se echó. Yo seguí leyendo.

¿Estás enfadado conmigo? me preguntó. Yo no contesté, seguía con mi lectura. Suspiró. De reojo lo vi echarse y mirar al techo. Unos minutos de silencio. Yo ya hacía como el que leía, era incapaz de concentrarme en la lectura. Estaba tenso porque sabía que algo iba a suceder. Y sucedió. Se volvió hacía mí. Y me quitó el libro, colocándolo en su mesilla de noche. Me miró. Le miré.

-¿Por qué no me lees a mí? Me cogió medio cuerpo en brazos y me besó. Era fuerte. Me sentía rodeado de una fuerza que yo no podía vencer. Me besó con energía. Yo me sentí muy débil débil ante semejante demostración de fuerza. Cuando nuestros labios se despegaron, sentí que se me habían despegado hasta los pulmones. Empezó a acariciarme y besarme todo mi cuerpo hasta que se encontró la barrera de los bóxers. Levantó la cabeza que estaba a la altura de mi cintura, y sin dejar de mirarme, me los quitó. Debí sentir vergüenza pensé, pero no la tuve. Lo que sentí fue libertad y amor, mucho amor cuando Doc exploraba la parte de mi cuerpo más prohibida. No, no era como cuando lo hacía con Pedro – ¡¡Por qué tenía que acordarme de Pedro justo en ese instante!! Le tiré de los hombros hacia arriba y de nuevo nos abrazamos pero todo mi afán fue liberarle a él. Lo supo y se dejó hacer. Yo temblaba, mis dedos eran inseguros al bajar su cárcel de la ropa. Quería y no quería. Ojalá que este momento fuera eterno. Me ayudó cogiendo una de mi mano y pude deslizar por fin sus boxers que salieron volando por sus pies.

No sé qué sentirían los artistas griegos o del renacimiento cuando tenían a uno de sus modelos en un diván, para pintarlos o hacer una escultura. Pero así estaba yo y me encontraba en ese momento. El mejor de los modelos, el hombre más maravilloso que había conocido nunca, estaba en mi cama, desnudo, junto a mí, mirándome y muriéndose de ganas de deseo. Recorrí su cuerpo entero, quería aprendermelo de memoria. Aún hoy, podría hacer un plano perfecto de cada lunar, cada peca. Estaba allí para mí. Era mío, tan mío, como yo fui suyo. Luego, nuestras bocas hicieron el trabajo.

Sabía que no aguantarías hasta mi cumpleaños.

He aguantado y pienso aguantar, me dijo.

-¿Entonces esto que hemos hecho?

-Ah, y me cogió la barbilla, pero ¿pensabas que esto que hemos hecho es todo?

Me ruboricé, me abracé a él y cerró los ojos.

-Métete en mis sueños.

-Házlo tú también en los míos.

Y nos quedamos dormidos.

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