Capítulo 11

Auckland Mount EdenAntípodas de Cádiz (Auckland, Nueva Zelanda)

Hola, te llamas como el pato, yo soy Alfard.

Abrió los ojos como platos como diciendo que era la enésima vez que se lo decían,  mientras mi tía me miró queriéndome comer.

Pero como se te ocurre decirle eso a mi amigo! perdona a Alfard, Donald por favor, es un poco impertinente cuando quiere…

Donald sonriendo le dijo a mi tía que no se preocupara, que se lo habían dicho muchas veces y entonces me miró a mí y me dijo:

-Pues tú sí tienes un nombre bien bonito: Alfard, el nombre de una estrella.

Asentí sin decir ni mú, porque me miraba y me miraba con esos ojos azules tan azules como el cielo que yo veía de día, o como el mar de día de donde él había salido de noche. Sentí que me estaba traspasando como si su mirada estuviera compuesta de rayos X.

Alfard, me volvió a decir, y no una estrella cualquiera, si no una estrella Alfa. La más importante que brilla en la Hydra.

Yo seguía asintiendo y el cielo que yo miraba en ese momento eran sus ojos, hasta que mi tía Elsa eclipsó el brillo celeste y nos dijo que nos sentáramos a comer, que ella iba a poner la mesa, aunque yo me levanté para ayudarla.

No, no se deja a un invitado sólo nunca en la mesa Alfard, me dijo, así que me senté a su lado. Realmente sentara como me sentara siempre iba a estar a su lado, es lo que tiene estar sentado en una mesa circular.

Donald me miraba divertido como esperando a ver con qué barbaridad le iba yo a sorprender a continuación pero yo seguía ciego con sus ojos azules que me transmitieron una gran calma y acerté a preguntarle

-¿De dónde eres? tu acento es inglés pero lo noto algo distinto.

Claro, me dijo, yo soy de Auckland.

Ah, de Nueva Zelanda, le dije asombrado y me incorporé sobre la mesa porque ya ese tema, además de la astronomía, conseguía interesarme.

Oh, veo que conoces bien la geografía mundial, me dijo mirándome fijamente.

Sí, me gusta, aunque – y voy a ser descarado pensé – no tienes pinta de maorí.

Hombre, no sólo dominas la física que también dominas la geografía humana, me dijo con un poquito de sorna. Pues, no como ves, no tengo en absoluto pinta de maorí. Soy descendiente de ingleses que llegaron a las islas en el siglo XIX.

Eres astrónomo entonces, me ha dicho mi tía, ¿muy joven, no? pregunté porque tenía que enterarme de su edad fuera como fuera y que él captó en el acto:

Tengo 26 años, joven sí, como tú.

Eh, que yo tengo 17 ni te compares. Elevó sus cejas.

Bueno, es verdad, yo soy joven y tú estás en la edad del gallo.

¿Qué dices de gallo? Le pregunté.

¿No sé dice en español que los adolescentes están en la edad del gallo?

Del pavo, edad del pavo – dije con desdén – pero yo superé esa etapa, cumplo 18 el mes que viene.

Ah bien caballero, usted perdone.

Astrónomo entonces, le dije.

Sí, lo soy, recién terminada la carrera y estoy ahora trabajando con una beca aquí en España. Quería aprender cosas del hemisferio norte, tan distinto al sur que para mí es lo cotidiano.

¿Estudiaste en Auckland? pregunté y me dijo:

No, no, estudié en la universidad de Canterbury.

-¡Ah! en Christchurch, en la Isla Sur!, recordé.

Dio otro respingo.

Pero hombre, pues sí que sabes tú de Nueva Zelanda ¿cómo es eso?

Sonreí con mi mejor sonrisa y le dije que visitar Nueva Zelanda era uno de mis sueños, porque era las antípodas de España. En ese momento, Donald se me quedó fijo mirando unos segundos, una mirada extraña porque no me miraba a mí, estaba pensando hasta que volvió en sí. Segundos, muy pocos segundos. Yo volví a hablar.

Es verdad, son las antípodas. Una vez hice el cálculo, le dije y vi que las antípodas de Jerez, están muy cerquita de la playa, en el mar, en la costa de Auckland. O sea, que te hubiera sido más corto haber venido hasta aquí escarbando en la tierra que en avión.

Se rió, es verdad, pero no soy yo un topo.

-¿Y dónde trabajas?, le pregunté.

Estoy en el Instituto Astrofísico de Andalucía y voy a Granada, a Calar Alto en Almería, y a veces, a Canarias.

¿Y qué haces aquí en Conil?

De nuevo, esos segundos de retardo. Está pensando lo que quiere decir. O bien memorizando lo que dice por si algún día tiene que repetirlo, decirlo igual, pensé. La verdad es que tenía un halo de misterio ese comportamiento. Tanto como el mío porque en mi interior me preguntaba: ¿Por qué no tienes miedo por estar al lado de este hombre que vino en una nave espacial y que salió con tu tía del mar?

En Conil estoy de vacaciones, – me contestó – es verano. Aunque sé que es verano por el calor, porque tengo un lío de estaciones en la cabeza con los viajes que no me aclaro.

¿Con los viajes? ¿Tanto has hecho?

Me miró fijamente: con el viaje, no los viajes, el viaje, he querido decir el viaje, me dijo.

Y me siguió mirando en silencio. Me observa por dentro, me ve por dentro, fue la sensación que tuve.

Me cambió el tema de conversación:

Huele de maravilla esa comida ¿eh?

Y yo le dije: yo moriría por ver el cielo del hemisferio sur.

Quién sabe, a lo mejor cualquier día ¿no?, me dijo, a la vez que apareció tía Elsa con una fuente con las almejas con gambas a la marinera. La colocó en el centro de la mesa y la sirvió. Al probarlo Donald, se quedó como petrificado y miró a Tía Elsa:

Elsa, yo no había probado esto nunca, así hecho de esta manera, está exquisito. De verdad, asombroso.

Tía Elsa sonrió:

-Muchas gracias Donald, pero las gracias no me las tienes que dar a mí, se la tienes que dar a Alfard, y me señaló con las cejas. Donald me miró asombrado:

¿Geógrafo y excelente cocinero?

Y muchas cosas más, respondí. Los dos me miraron y gesticularon con la cabeza como diciendo vaya tela con el niño, pero nos reímos y empezamos a comer.

Durante la comida, la conversación fue sobre una charla que iba a dar Donald sobre astronomía en la asociación cultural que presidía Tía Elsa, con lo cuál yo sólo era un mero espectador, cosa que agradecí porque aproveché para observar cada detalle del neozelandés. Pues sí, era muy guapo, y además de guapo, es que estaba muy bien. Me sorprendí a mí mismo viendo como me gustaba un hombre. No me había pasado nunca de esa manera. No sabía ni reconocía lo que estaba sintiendo, pero Donald me parecía la persona más atractiva que había conocido en mi vida. Guapo, buen cuerpo, inteligente y con algo misterioso que me daba morbo descubrir. Sabía que lo que yo estaba sintiendo tenía un nombre, pero me engañé a mí mismo haciéndome creer que lo que me estaba sucediendo era corriente, lo habitual. Pero no, no lo era. Y eso empezó a preocuparme un poco. Ahora también estaba siendo consciente de todo lo que significaba lo que había hecho con Pedro. También tenía su nombre. Pero ahora me daba cuenta, que Pedro no era atractivo. No era como Donald ni jamás me hizo sentir lo que Donald, al que conocía hacía minutos, estaba creando dentro de mí. Esos eran mis pensamientos durante la comida, mientras ellos hablaban y hablaban de organización de eventos.

-¿Queréis un helado? – ¡Sí! dijimos los dos a la vez, y Tía Elsa fue a la cocina.

Excelente comida, Alfard.

Gracias, de verdad, pero estás en deuda, le dije.

¿Ah, sí? Me miró sorprendido. Y cambiando su mirada, se echó para adelante, hacia mí en la silla y me preguntó:

¿Y qué tengo que hacer yo para saldar dicho pago?

Sus ojos me interrogaban y yo no quería ni pensar que estaba yendo por otro sitio. No porque no quisiera, no. Si no porque hubiera soñado con ello.

Sí, – le dije – a cambio de este almuerzo quiero que me cuentes cosas del cielo del Sur. Que me hables del Centauro, que me hables de la Cruz del Sur, que me digas cómo son las Nubes de Magallanes.

-Eso no es una deuda para mí, me dijo, eso para mí es un placer, no hay cosa que me guste más que eso. Llevo, – y de nuevo aprecié el retardo en el hablar, de nuevo memorizaba,- poco tiempo aquí y también me gustaría que tú me hablaras del cielo del norte. Que me cuentes. Conozco el cielo por los libros, por simuladores, como supongo tú el del sur, pero no es lo mismo que verlo. Los astrónomos profesionales, cuando nos encerramos en la cúpula a estudiar, vemos maravillas. Pero no vemos el cielo como cualquier aficionado a la astronomía, y en eso hay diferencia y se echa de menos.

Tía Elsa llegaba con los helados.

Elsa, dijo Donald, estoy pensando… ¿te vienes esta noche con Alfard y conmigo a ver las estrellas por la noche? tu sobrino me va a enseñar los caminos del cielo de por aquí.

Huy, dijo tía Elsa, estoy yo mayor para trasnochar y soltó una carcajada, no, no iros vosotros, ya iré en otra ocasión pero estos días con el jaleo de la asociación termino cansada y me apetece dormir bien.

Bueno, pues quedamos luego entonces Alfard, – dijo mirándome – tú y yo y cuando dijo tú y yo, a mí el corazón se me revolucionó un poco.

Estupendo Donald, sí, sí, claro que sí y me tienes que hablar también de Nueva Zelanda, del Monte Cook, de los grandes lagos y…

La que te caído Donald, dijo mi tía Elsa, la que te caído. ¡Tía! objeté yo… y Donald sonreía como diciendo ¡qué le vamos a hacer!

Pero yo tenía que enterarme de otra cosa y todavía mi arte de la discreción no es que estuviera muy avanzado.

¿Te traerás a tu novia, no? Pregunté.

Tía Elsa miró a Donald como diciendo… lo que te decía… Donald me miró otra vez como si me estuviera viendo por dentro, como si leyera mis pensamientos…

No, no, no viene mi novia, me dijo, y yo me di cuenta que me contestó así para seguir dejándome con la duda de si tenía novia o no.

Pero yo tenía que asegurarme.

¿Está allí en Nueva Zelanda no? Sonrío y me clavó los ojos azules dentro de mí:

No, no. No está allí, me dijo. Tía Elsa suspiró diciendo que yo era todo un ejemplo de discreción.

Alfard, no seas maleducado, dijo Tía Elsa.

No está en Nueva Zelanda ni en ningún sitio porque no tengo novia, no tengo pareja. – terminó por decir Donald.

Algo se debió notar en mi cara cuando me relajé al escuchar la respuesta y en mi interior alguien me preguntaba y qué interés tienes tú en que no tenga novia, Alfard, a ver qué más te va a dar a ti, aunque por qué te alegras Alfard de que no tenga novia, ni pareja, en la pareja entran los dos sexos Alfard, por qué te alegras. Tan ensimismado estaba en esta reflexión, que no me esperaba la pregunta.

¿Y tú?

¿Yo? yo no, no, dije titubeante.

-A éste le vas a sacar algo… dijo Tía Elsa

-¿No tienes novia? insistió Donald.

-No, no tengo nada.

Pues vale, dijo Donald, encongiéndose de hombros,  cortando la conversación de golpe.

Terminamos de tomar el postre y un café, y Donald decidió irse.

Voy a dormir un poco para esta noche estar despierto, ¿siesta le llamáis? Preguntó Donadl.

, dijo tía Elsa, y Alfard no la perdona, de hecho se pone de un humor de perros si no la duerme.

Bueno, me voy antes de que me ladre o me muerda.

Le iba a contestar pero no me salió nada.

Yo recojo esto, -dijo tía Elsa- y ábrele la puerta a Donald y allí fui con él hasta la puerta. Abrí la cancela y se colocó el casco de la motocicleta que había dejado en la entrada de la casa. Me dio tiempo a verle el cuerpo de pie por completo. Tipazo. Cuerpazo. Cómo podía yo estar fijándome en cosas que nunca me había fijado. Astronomía, Nueva Zelanda, también me fijaba en eso. Si alguien había en el mundo que tuviera un cúmulo de cosas que me gustaran, ese era Donald. Se volvió de pronto hacia mí y se dio cuenta que le estaba mirando. Sonrió pícaramente.

Bueno chico, nos vemos por la tarde noche, me vengo a las ocho y así vemos una cosa que no sé si habrás visto alguna vez: el rayo verde.

Sé lo que es, le dije, pero no, no lo he visto nunca.

-Pues a las ocho, apostilló. Se montó en la moto, se puso el casco, dio un giro y se fue.

Parece que habéis hecho buenas migas ¿no?, preguntó Tía Elsa.

-La verdad es que sí, tita, encontrar a alguien que le guste la astronomía y encima sea profesional. No es que hagamos buenas migas que no lo sé – mientras decía esto yo sabía que estaba mintiendo – es que me interesa las cosas que hace.

Ya sé, me dijo, además aquí no tienes amigos Alfard…

Ni allí tita, ni allí…

Lo sé mi vida, me dijo, y no sabía si hacía bien pero conozco a Donald y aunque es mayor que tú…

Sólo 26 tita, dije.

Ya, no es tan mayor, pero si es mayor que tú y entre 17…

18 el mes que viene

Bueno, 18, en estas edades ocho años son diferencias, pero pensé que te podía hacer bien.

-Te lo agradezco tita.

-Pero no seas tan descarado Alfard…

-Ya soy como soy, lo sabes, intento ser mejor pero…

-Eres como tu madre, me dijo tía Elsa.

– ¡Igual! Dije,

Rió y yo me abracé a ella.

Me fui a mi siesta para no ladrar y morder y antes de entrar en la no consciencia, pensé en Donald. En toda mi vida no había conocido a nadie que me hubiese impactado de esa manera. El ser extranjero y de Nueva Zelanda, le daba también un toque exótico. Además, me justifiqué, es una de las personas de las que se puede aprender mucho, hasta inglés, porque podíamos hablar en inglés para practicarlo yo, porque mi dominio de la lengua de Shakespeare era catastrófica. Así me dormí, pensando que si conseguía hacerme amigo de él, sería algo muy bueno para mi vida. Pero no quise asumir, que realmente me había gustado Donald, también, de otra manera.

Cuando me desperté supe que había soñado con Donald pero no sabía el qué, sin embargo un miedo helado me volvió al cuerpo. Recordé a mi tía y a Donald, que entonces no sabía que era él, saliendo del agua. Las luces sobre el mar. Cambiar de ropa en cinco segundos. Era para tener miedo. Algo en mi interior me decía que por ahora, no debía decir nada de lo que había visto.

Donald llegó a casa a las ocho, con el pelo mojado, que le hacía su rubio un poco más castaño. Camiseta, pantalón corto y zapatillas de deporte. Estaba más informal que durante el almuerzo, pero más guapo aún.

-¿Estás preparado?

-Sí, estoy listo, le dije.

Coge un jersey que luego refresca aunque sea principios de verano. ¿Dónde vamos a ir? pregunté. A las calas, a una de ellas, para guarecernos de las luces del pueblo. Tía Elsa me llamó: toma esta bolsa. Nos había preparado bocadillas, refrescos y agua. –Que vamos a ver estrellas, tía, no a una comilona, pero gracias. Estás en todo.

Salimos de la casa y me colgé la mochila para montarme con Donald en la moto. Me dijo que me pusiera casco que me agarrase a las barras, no me fuera a caer. Si te resulta incómodo, te agarras a mí.  Me agarré a su cintura y salimos en dirección a las calas de Conil, que aunque estaban cerca del pueblo, había que dar un pequeño rodeo por carretera. A los cinco minutos de ir montado en la moto, yo ya no iba agarrado a Donald, iba abrazado a Donald, y creo que se dio cuenta pero no me dijo nada.

Sentía el suave viento de poniente darme en la cara mientras iba en la moto. Donald no iba a mucha velocidad. Realmente, tampoco había prisa. El ir en moto te hace incómodo el hablar, a no ser que lo hagas gritando. Pero tampoco teníamos nada que decir. De todas formas, nos estábamos comunicando de manera no verbal. O al menos así lo hacía o lo creía yo, mientras iba abrazado a Donald para ir sujeto en la moto.

Salimos del pueblo, tomamos con prudencia la rotonda y nos dirigimos por carretera hasta la urbanización de Roche.

Como si de una alfombra verde se tratara, los pinares de Roche se hacen cada vez más espesos conforme te vas acercando al mar. Hacen la combinación perfecta que tantas veces podemos oler en la costa de Cádiz: el pino y el mar.

Fuimos callejeando por las calles de la urbanización que estaba ya muy concurrida. Era principios del verano. No tenía nada que ver con la paz que se vive en este sitio en invierno.

Llegamos al final de la calle principal y giramos a la izquierda. Pude ver a un montón de jóvenes bañándose en una gran piscina. Al otro lado, otras personas jugaban al tenis.

Cada cual con su historia, pensé. Al final de calle, Donald paro y giró su cabeza y me dijo:

Vamos antes al faro y luego bajamos a la cala cuando haya menos gente ¿te parece?

Le dije que sí con la cabeza. Aunque me hubiera dado igual. Le hubiera dicho que sí a cualquier cosa que me hubiera pedido.

El faro no está muy lejos de la urbanización. En apenas cinco minutos estuvimos allí.

Si no te sueltas no me puedo bajar – me dijo Donald sonriendo.

No quería soltarle, me sentía muy bien, pero no me quedaba más remedio, así que me solté y me bajé de la moto, mientras él hacía lo mismo.

Se quitó el casco y yo le imité. Nos miramos sin hablarnos. Tenía la sensación de que había espacios de silencio entre nosotros. O era que con él, el tiempo me parecía más despacio.

¿Por qué hemos venido aquí? – pregunté.

Porque todavía no se ha puesto el Sol – dijo buscándolo en el horizonte. Efectivamente, el astro rey estaba muy rojo, cerca del agua del mar. A pesar de la amortiguación de la atmósfera, su reflejo en el agua molestaba si se miraba varios segundos seguidos.

No se ha puesto – continúo – y en las calas seguro que hay mucha gente aún. Prefiero bajar cuando estemos más tranquilos. Mientras podemos aquí gozar de esta vista ¿no te parece?

Sí, claro.

El sitio es espectacular. Estábamos parados al final de la carretera. Esta bajaba para el vecino pueblo de Conil, pero no nosotros nos quedamos en la base del Faro. Justo en lo que es el Cabo de Roche. Ahí, la costa gaditana comienza a encogerse para llegar a su máxima angostura en la Punta de Tarifa. En Roche, hace un pequeño hundilón donde se encuentra el puerto de Conil.

 

Vistas desde el Cabo de Roche (Cádiz) Foto del autor.
Vistas desde el Cabo de Roche (Cádiz) Foto del autor.

El Cabo de Roche está sobre un acantilado. Si miras al mar, justo al sitio por donde se pone el Sol, el oeste, a la izquierda se puede ver el pueblo de Conil. Llama la atención que esté separado de la playa. Tiene su explicación. Con el gran terremoto de Lisboa, debido a las fallas del Cabo portugués de San Vicente, en 1755, Conil fue casi destruido y construido de nuevo huyendo de las aguas de la playa de los Bateles.

Más allá, vemos la vejeriega playa del Palmar y al final, como un vigía, que es lo que es, señalando el comienzo del Estrecho de Gibraltar, el Faro de Trafalgar, en el Cabo de su mismo nombre.

Nos asomamos a la balaustrada. Debajo las olas del mar golpeaban el espigón del Puerto de Conil. A su continuación como he dicho antes, estaba la playa de los Bateles.

Me quedé observándola e intenté encontrar con mis prismáticos el sitio de la playa en el que me oculté para ver lo que vi la noche anterior. Sí, lo pude ver. Una pequeña duna, donde me escondí mientras vi a Donald, Tía Elsa y aquél espectacular ser de tres metros salir del agua.

No me había dado cuenta que había estado tiempo en silencio pensando en esto. Miré a Donald y él estaba justo haciendo lo mismo. Mirando donde yo intentando averiguar algo.

Nuestras miradas se cruzaron. Y esta vez no sonreímos. Ambos dos sabíamos que nos ocultábamos algo. Pero no éramos capaces de conocer hasta dónde sabíamos el uno del otro. Así que lo mejor era la prudencia. O por lo menos, por eso opté yo. Y él, a la vista de los hechos hizo lo mismo. Ninguno dijo nada. Pero esa mirada seria, entre los dos, pesaba.

Apartamos la vista de la playa de los Bateles, como si no quisiéramos que la inquietud que nos provocaba desvelara nuestros secretos y miramos hacia el Sol.

Si nos hubiéramos traído una cámara de fotografía podríamos haber fotografiado el rayo verde. – dije.

Sí, pero – me dijo Donald – es mucho mejor verlo a simple vista y luego recordarlo. Muchas veces mientras fotografías algún evento astronómico estás perdiendo ese placer de verlo a simple vista. Como podemos hacer ahora. Ven.

Donald se dirigió a un banco que estaba a nuestra derecha, fuera del redil del faro.

Vamos a sentarnos.

Le hice caso. Me senté junto a él y como el bolero nos pusimos a mirar el mar.

La vista desde el Cabo es imponente. Qué azul es el océano. Y que inmenso. Siempre pienso que allá, mucho más allá de la línea de horizonte está Nueva York. Pero ¡Cuánta agua de por medio! Qué valor tenían los antiguos descubridores que cruzaban la mar océana sin saber donde estaba el final… El mar no era azul uniforme. En la costa, era más verdoso. En Conil, la arena es un poco más gruesa que en Cádiz y no se disuelve tanto en la orilla con el golpe de las olas. Más adentro, se pueden ver como ríos de agua celeste. Corrientes marinas. Aguas de distintas temperaturas que parecen recorrer el tapiz azul del mar.

Absorto en estos pensamientos estaba cuando noté el brazo de Donald sobre mis hombros. El se acercó a mí junto a su brazo y me dijo:

-¿Ves? Ya está el Sol tocando el mar.

Yo miré hacia nuestra estrella, pero mi cerebro era incapaz de mantener la atención en dos focos: El Sol y su brazo sobre mí.

Me enfadé conmigo mismo. Sé que no puedo disimular y de seguro que Donald notó mi temblor. Pero yo me dejé. No rechisté. Me puse cómodo y él supo que yo quería su brazo sobre mí, que lo aceptaba y que había sido una buena idea.

¿Crees que podremos ver el rayo verde? – pregunté sin apartar la vista del horizonte.

Claro – le escuché hablar muy cerca de mi oído – pero ¿por qué preguntas? ¡Afirma que lo puedes ver! ¡No decretes ya la incertidumbre!

Ahora que lo dices es verdad. ¡Vamos a ver el rayo verde!

Mientras seguíamos viendo como el Sol se ponía, Donald continúo hablándome en ese sentido:

Parece una superstición pero no lo es. Somos capaces de conseguir lo que nos propongamos. Pero el caso es proponérselo. Ahora bien si ya vas con la duda de si podré hacerlo o no, ten por seguro que la probabilidad de que los resultados sean negativos, aumentan.

Quien disminuía era el Sol que estaba a punto de hundirse por completo en el Atlántico.

Ya tiene que ser, avisé.

Ya, sí, estemos pendientes.

De nuevo el tiempo se alargó o se paró hasta que el rayo verde brilló.

¡Ahí está! Gritamos al unísono.

Green flash and mock mirageRayo verde (Wikipedia)

 

Efectivamente, un flash de color verdoso había salido del último punto del Sol y había llegado hasta nuestros ojos. La luz, curvada por la Tierra, había dejado sólo escapar el espectro verde.

Lo vimos… – dijo Donald… y quedamos embelesados mirando el océano que súbitamente había cambiado de color. El azul se estaba convirtiendo en color ceniza. La luz iba atenuándose – aunque aún quedaba claridad en el cielo – e iba avisando que la noche llegaría más pronto que tarde.

El brazo de Donald seguía abrazándome sobre mis hombros. Nuestras miradas, clavadas en el mar.

¿Conoces la leyenda del rayo verde? – me atreví a preguntar. Mis ojos seguían mantenidos en el horizonte.

– Sí – me dijo Donald. Vaya. Sólo sí. Pero con el sí noté – o me lo inventé – una pequeña presión en mi hombro.

No hablamos más de ese tema entonces. Pero si el lector no lo sabe, yo le recuerdo que la leyenda cuenta que si dos personas ven el rayo verde juntas, se enamorarán de por vida. O al menos eso buscaban los protagonistas de la novela del mismo nombre de Julio Verne.

El rayo verde
El rayo verde

Nos quedamos quietos. Estábamos bien en el banco. El rayo, pensé, nos había dejado rayados. Iba oscureciendo y las estrellas empezaron a aparecer.

La voz de Donald retumbó a mi lado a la vez que separaba su brazo de encima mía:

A eso se le llama Amor.

¿Qué? Dije sorprendido. Mi mente aún estaba iluminada por el rayo verde.

A eso. – Y señaló hacia un astro brillante.

Comprendí. Ya – dije – te refieres a Venus.

Donald giró su cara y me miró divertido. Había sido un juego de palabras. Me había querido pillar. Y me había pillado.

Amor… – dije. Para algunos puede ser un infierno.

-¿Por qué dices eso? Me preguntó Donald.

Su atmósfera, expliqué. Lluvias de ácido sulfúrico. Dime tú si eso no es el infierno.

Ah, ya – dijo. Yo es que hablaba de mitología.

Y yo de planetaria.

-Ya veo, sonrió levántandose. Cojamos la moto y bajemos a la cala – dijo – mientras iba hacia la moto.

No nos pusimos los cascos. Era apenas cien metros lo que íbamos a recorrer. Iba sólo agarrado a él con una mano. Se había levantado un poco de fresco y notaba el calor de su cuerpo traspasar la camiseta.

Dejamos la moto y cogimos nuestra mochila y comenzamos a bajar las escaleras que llevaban a la cala. No es un sitio para personas que padezcan de vértigo, pero es seguro. Las escaleras están hechas en la piedra y son empinadas, lo que limita el uso por muchas personas. Nos encontramos algunas personas subiendo, lo cuál me hizo intuir que iba a haber poca gente en la playa.

Escalera de bajada a una de las calas de Roche en Conil
Escalera de bajada a una de las calas de Roche en Conil (Foto del autor)

Efectivamente, cuando llegamos, sólo había un grupo a la izquierda. Tenían pinta de que iban a estar allí más tiempo, pero no se les veía gente molesta. Fuimos andando por la arena – la marea estaba baja.

Voy a coger por arena mojada. No soporto los granos de arena en los pies, dije.

– Te pasa como a mí pues, rió Donald.

La primera ola alcanzó mi tobillo y me hizo dar un sobresalto. El agua en estas calas está helada. A pesar de ser verano, las fuertes corrientes cercanas al Estrecho las mantienen a esa temperatura.

Montamos el tenderete – lo poco que llevábamos – sobre una de las rocas, a la que sabíamos por la arena seca que no llegaría la marea. Realmente no era un sitio bueno para ver las estrellas. Teníamos la pared del acantilado detrás y nos tapaba medio horizonte. Sin embargo, sí podíamos ver el horizonte oeste completo y parte del cenit, lo que nos permitiría ver alguna que otra estrella.

La constelación de Leo estaba cerca del mar. Nos echamos sobre las dos hamacas plegables. La brisa comenzaba a refrescar y nos echamos unas toallas por encima.

Nuestras pupilas se habituaron a la oscuridad, interrumpida por los destellos del faro de Roche que salían por detrás de las rocas. Pero no molestaba lo suficiente como para no poder ver estrellas.

Guardamos silencio. Estuvimos contemplando el cielo sin hablar. A los diez minutos o así no pude contener la conversación.

¿Tú no querías que te enseñara las estrellas del hemisferio norte? Estás muy callado.

Donald sonrió.

Era un pretexto. Realmente, las conozco, claro que las conozco, te dije que era astrónomo. Pero me gusta también contemplar el cielo. No observarlo sólo, como un objetivo de medida en plan método científico. No. Me gusta verlo a secas. Así, contemplarlo en silencio, percibir la belleza. Pero claro, tampoco se puede decir a alguien ‘Vente a contemplar las estrellas’ porque no sé si me iba – me ibas – a comprender. Como tenía ganas de ver este espectáculo del cielo y no apetecía estar aquí sólo, por eso te lo dije.

Me quedé callado. No me esperaba ese argumento.

¿No te habrás enfadado, no Alf?

Alf. ¿Qué me había dicho? ¿Alf? me tumbé yo también, a su lado, pregúntandome si no estaría demasiado cerca de él, sabía que estaba cerca porque olía su perfume, Vetiver de Adolfo Domínguez,no había duda, y le pregunté ¿Alf? ¿cómo me has llamado?

Alf, me dijo sin mirarme. ¿Por qué me llamas Alf? le pregunté.

Porque me gusta más que Alfard, y no es que Alfard no me guste, pero es más económico.

-¡Pero es que Alfs es un extraterrestre peludo que come gatos! protesté.

ALF

Me miró entonces.

-¿Pero tú no te vas a comer los gatos, no?

-Hombre claro que no, dije.

-Pues entonces no hay nada que preocuparse. Alf. Insistió.

En el fondo, yo estaba actuando porque sí me gustaba que me dijera Alf, era como pasar a un nivel superior de confianza. El me llamaba de una manera distinta de como me llamaban los demás. Me hacía sentir distinto y eso me gustaba.

Pero si tú me llamas Alf yo te tengo que llamar de otra manera.

Vaya, me dijo ¿y cómo? Pues … te llamaré Doc. Se echó a reir

Vale, me gusta. Aunque no soy médico, pero me gusta. ¿Por qué Doc?

No sé, Don no me gusta y suena como a Duck el pato.

Hala, dijo, riéndose, bueno, vale, me llamaré Doc, Alf.

Pero sólo yo te puedo llamar Doc ¿eh?

Sí, claro, como sólo yo te puedo llamar Alf.

Me sentí feliz. Era como un contrato. Un vínculo. Pero de repente un escalofrío me recorrió la columna vertebral. ¿Quién era Donald? La noche antes le vi salir del mar de una manera que rozaba la fantasía y la ciencia ficción. Ahora, lo tenía a mi lado. Con una relación afectiva que sentía que duraba como meses. Pero teníamos 24 horas. No era normal. Era extraño, debía sentir miedo. Pero no lo sentía. ¿Qué me estaba ocurriendo? Tenía que saber más sobre él.

¡Una fugaz! Casi gritó Donald.

Sí, y grande, respondí yo. Pediré un deseo.

Pero no lo digas, que si no no se cumple, observó.

No diré nada, no.

Guardamos silencio otra vez mirando a la noche. El sonido del mar acercándose mientras subía la marea nos hacía sentir el paso del tiempo.

Me gustaría saber más de ti, dije.

Lo sé. Dispara – contestó Donald sin mirarme.

¿Cómo que lo sabes? Le pregunté.

Lo sé. Yo sé muchas cosas. – Seguía sin mirarme.

Pero yo si le miraba. En la oscuridad podía ver su silueta. Estaba cañón. Me gustaba.

¿Y te puedo preguntar lo que quiera?

Entonces se volvió hacia mí y me miró.

Claro, pero yo tendré el derecho de contestarte y decirte verdades o mentiras.

Me sentí un poco molesto y sorprendido.

Por lo menos eres directo y sincero en esta respuesta.

Donald sonrío pero ahora no dijo nada.

Me dijiste que no tenías pareja.

No, y no tengo – Su mirada se perdió en el cielo.

Pero, ¿has tenido antes? Sentía que me estaba metiendo en un sitio que no debía, pero quería saberlo. Así que me tiré al río.

Sí, sí, tuve – Su rostro se puso serio. Intuí que aquello no era agradable de comentar.

Lo siento, dije.

¿Por qué? Me preguntó, volviendo su cuerpo y su rostro hacia mí. En la oscuridad, me di cuenta que sus ojos brillaban.

Porque si no tienes ahora, es que terminó.

No terminó. Acabó en cierta forma, pero no terminó porque no va a terminar nunca.

No entiendo nada, dije.

Mi pareja murió en un accidente hace dos años. Acabó la relación pero el amor que le tenía no va acabar nunca.

Ahora entendí. Me sentía avergonzado y rastrero por preguntar algo tan íntimo. Por sacarle algo que le producía dolor. Yo adolescente loco, me tiré al río sin medir las profundidades.

Lo siento. Siento haberte preguntado por esto y hacértelo sacar.

-Ha salido porque yo he querido, Alf. Si no hubiera querido, no te lo hubiera contado.

Guardé silencio mientras le miraba. Sus ojos tenían lágrimas ya. Pero las contenía. Se notaba que tenía experiencias en eso de retener las lágrimas. Los hombres no lloran, nos han dicho siempre y Donald parecía tenerlo asumido. Parece que el mandato machista era mundial.

Continúo hablando.

Murió como te dije en un accidente. Pilotaba un avión. Mira que tenía bastante experiencia. Pero un día la mala suerte hizo que se estrellara sin posibilidad de salvarse.

¿En Nueva Zelanda?

-Sí. El accidente fue en la Isla Sur.

Qué golpe más duro, susurré.

Sí, imagínate, me contó. Sin despedirte. Dejando cosas pendientes para hacer juntos. Toda una vida por delante. Y de pronto. Se acaba. Ya nada existe. O al menos, así lo creía yo entonces.

O al menos eso creía entonces. (*1) Se me quedó la frase en la cabeza. Estaba claro que ahora no pensaba igual que antes. Ya tendría tiempo de averiguar el qué consiguió cambiar.

-¿Cómo se llamaba?

Tommy.

Me quede sorprendido y se me notó en la cara.

-Tommy. De Tom, yo le llamaba Tommy – me repitió.


(*1) Homenaje del autor a Carmen Laforet y su novela ‘Nada’: “De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos así lo creía yo entonces”.

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