Capítulo 9

LeoCC

Constelación de Leo (Wikipedia)

Los que gustamos de la astronomía tenemos una mente muy cuadriculada y de tanto mirar al cielo nos lo sabemos de memoria. Si me piden que lo dibuje posiblemente no sea capaz. Pero ocurre como cuando alguien entra en tu habitación y cambia algo de sitio. Te das cuenta. De principio, no sabes el qué. Pero sabes que alguien ha tocado.

Al cielo le pasa igual. Lo miras y observas que algo no debería estar ahí. Que algo no está en el sitio que le pertenece. Eso me pasó a mí esa noche. Desde la orilla del mar, en la playa de Los Bateles observaba las estrellas que conseguían brillar compitiendo con las luces del pueblo de Conil. Al estar de espaldas a él, y mirar al horizonte oscuro, mis pupilas se acostumbraron y pude observar más.

El león, la constelación de Leo, estaba a punto de ponerse por el horizonte marino. En el centro de ella divisé lo que parecía ser una estrella. Empecé a observarla y cambiaba de brillo. Estaba estática pero su tamaño iba aumentando. Llegó a sobrepasar la luminosidad de la estrella Régulo, de la que se encontraba muy cerca. Sin embargo, en cuánto a posición se encontraba quieta. Qué extraño. No podía averiguar qué podía ser aquello. Satélite artificial no podía ser. Estrella fugaz tampoco. Un planeta, no. Sabía qué posiciones tenían en aquello época del año. Quizás un avión que viniera de frente hacia mí. Sí, quizás fuera eso. Pero por su manera de brillar  me tenía que haber pasado por encima de mi cabeza. Pero no. Allí permanecía. ¿Una supernova quizás? No sabía.

Se hizo tarde y me volví a casa. Conforme iba llegando iba pensando en la luz, a la vez que preguntándome porque tía Elsa tenía esa casa tan grande para una mujer sola.

Era blanca, de tres plantas. La planta baja estaba ocupada toda por un porche muy abierto, con un jardín y una piscina no demasiada grande, pero sí lo suficiente para que cuatro personas pudieran estar sin problemas. En la segunda planta se encontraba el salón, la cocina, la primera azotea, que era realmente una terraza muy grande, donde había colocada una gran mesa central con ocho sillas dispuestas para comer, con un hule de cuadros blanco y azul y un jarrón de boca ancha con flores frescas en su interior. El techo de esta azotea estaba cubierto de plantas de enredaderas, entre hiedras y parras, lo cual daba una agradable sombra en verano, aunque tenía el inconveniente de el trabajo que daba limpiar sus hojas y los insectos que acudían a la uva que se colgaba de los sarmientos esperando septiembre.

La cocina daba a esta azotea, con lo cual si el tiempo hacía bueno, invitaba a comer fuera. Las vistas eran imponentes. Al estar en alto, veíamos el mar. La playa de Los Bateles entera. Desde Roche hasta que la vista se perdía en el Cabo de Trafalgar. No podía existir un lugar mejor.

En la planta baja también se encontraba el salón biblioteca, una pequeña sala de estar con una televisión y un pequeño sofá, y en la planta superior las habitaciones. Tres en concreto. Arriba del todo de la casa, había una amplia azotea, donde se encontraba el lavadero.

Como digo, toda una mansión para una persona sola como era mi tía.

Sin embargo, la casa mantenía un aspecto cuidado y daba la sensación de que allí vivía más gente. O al menos es lo que yo percibí, pero pensé que eran figuraciones mías.

En eso pensaba cuando llegué y abrí la cancela de la entrada. Blanca, también como la casa con su buzón verde. Subí unos cuantos escalones que te hacían entrar en el porche, para llegar a la puerta en sí.

Abrí y por el ruido me di cuenta que Tía Elsa estaba en la cocina. Entré y allí la vi calentar agua.

¿Quieres una infusión de manzanilla con anís? Me dijo. No me dio tiempo a contestar cuando me volvió a preguntar ¿dónde has andado? Son casi las doce ya.

De la playa vengo, le dije, a la vez que asentía para que me echara a mí también una taza de la infusión.

¿Y cómo lo llevas? ¿Cómo estás de lo tuyo? Me preguntó mi tía mientras se sentaba en la mesa observándome con una ligera sonrisa.

Me sentí ruborizar y los latidos más fuertes de mi corazón. No estaba acostumbrado a que me preguntaran cosas personales. No me gustaba. Además, me desconcertaba el que en la pregunta pareciera que llevara ya el conocimiento de lo que me pasaba.

-¿Que como llevo el qué? Le contesté, sin mirarla y enfadándome conmigo mismo porque noté un mínimo temblor en mi voz.

El desamor, me dijo de una manera corta, rápida, como una lanza que me dejó sin respiración.

Eres mi sobrino – continúo – te conozco desde que naciste. Desde antes que salieras del vientre de tu madre. Que te recuerdo que es mi hermana. Y a mí no tienes que ocultarme nada. Y por cierto, a tus padres, tampoco. Son muy modernos aunque a veces no parezcan tanto. Pero lo sabes.

Pedro se ha echado novia, dijeron unas palabras que se escaparon de mi boca.

Mi tía permaneció en silencio. Quería que hablara más.

Yo no sabía nada. Fue de pronto. Dejó de verme. No sabía que había pasado. No aparecía por ningún sitio. Ni en el Instituto lo veía. Y de pronto, una tarde me entero que tiene novia. Después me lo encontré y ni me habló. Como si yo no existiera, como si yo ya no fuera nada, no valiera nada. Yo creía que me quería.

Cuando dije esto noté que mis ojos estaban a punto de soltar lágrimas rebeldes.

Te duele más el desprecio que la pérdida, dijo mi tía.

Las dos cosas, tita, las dos cosas.

Vente a la terraza – mi tía se levantó y la acompañé. Nos sentamos en dos butacas de playa, acolchadas que estaban puestas cerca del barandal. Hacía un poco de fresco por la brisa y el viento de poniente, pero la noche era imponente. Quedaban pocos días para el solsticio.

Aquí te sentirás mejor, el mar alivia las penas a cualquiera – sonrío Tía Elsa mientras miraba al infinito.

Con la luz apagada, sólo nos molestaban alguna farola.

Eso espero – dije, sin estar convencido.

Debo entender que fuiste correspondido, me dijo mi tía.

No se le ha olvidado el tema, pensé.

Sí, era correspondido. Aunque a su manera. Era correspondido cuando estábamos solos. Pero cuando estábamos en público, en el colegio, me rehuía, me evitaba. No quería que sus amigos me vieran con él.

Ahí no eras correspondido, apuntilló mi tía. Ni a su manera ni nada que valga. Se corresponde siempre, aunque supongo que para él no sería fácil.

Me miró.

Y para ti, sobrino, ¿Es fácil?

Me callé y estuve unos segundos en silencio mirando hacia abajo. Tengo el defecto de que me cuesta mirar a los ojos de los demás. Miré a mi tía.

Estando con él era fácil. Ahora, hablando del tema, no, no es fácil.

Ay sobrino, con nosotros, con tu familia no tienes dificultad. Nosotros te queremos tal cual eres. Ya te he dicho. Te conocemos desde antes de que tú te conocieras a ti mismo.

Ya, contesté. Pero eso la sabéis ustedes, yo no. Y siempre tuve la duda de la reacción, aunque realmente ahora es cuando yo estoy siendo más consciente de que soy homosexual. Antes pensaba que lo que me sucedía era lo normal, entonces tampoco me preocupaba tanto. Pensaba que a todos los niños les gustaba lo que yo. Pero ya con catorce o quince me di cuenta de que no. Tengo ya 17 años, tía. Sé lo que soy. No ha sido fácil asumirlo, sobre todo porque lo he tenido que hacer sólo. Y me enfrento a un mundo que es una auténtica mierda con nosotros.

Lo siento, Alfard. Tal vez nosotros teníamos que haber actuado mejor. Pero tu madre no sabía, y me mandó el encargo a mí porque no tenía ni idea de cómo hincarle el diente al asunto.

Ya… bueno, yo sabiendo que no va a ser ningún problema… la verdad es que me alegro mucho, porque tenía la sensación estar haciendo algo malo. Y no porque piense que la homosexualidad sea mala, sino por estar haciendo algo a espaldas vuestras. Pero si tengo el apoyo de mi familia ¿quién me puede detener?

De pronto, mirando al mar me di cuenta que todavía estaba allí aquella estrella que me llamó anteriormente en la playa la atención.

Mira tía, dije, allí hay – y le señalé con la mano – una estrella que no debería estar en su sitio. Además tiene un brillo extraño. Me parece que está más brillante que antes. Pero ahora está mucho más baja, casi rozando la línea del mar.

Tía Elsa miró hacia donde yo apuntaba con mi dedo, como Cristóbal Colón.

No estoy yo tan puesta como tú en esto de las estrellas, pero sí, es una cosa curiosa. Tampoco lo había visto yo nunca. Parece la luz de un barco.

No sé… bueno, estoy cansado tía, me voy a dormir. Gracias por todo, tía.

Yo también, que tengas buenas noches. Y no hay que dar gracias ninguna.

Subí a mi habitación y me desnudé. Me puse un pijama fino porque como dije hacía un poco de fresco. No puse la radio, tenía sueño. Me cepillé los dientes y antes de meterme en la cama miré por la ventana. También daba al mar. A más altura que la terraza. Podía ver la playa. Y la luz, esa luz extraña. Sólo que ahora era más extraña aún. Porque no había una sola. Eran tres. Y se movían en círculo. En la playa también parecía haber figuras en la orilla observando dicha luz.

Al día siguiente, me desperté inquietado con lo de las luces. Salí con Tía Elsa por la mañana a dar un paseo por el pueblo y a hacer unas compras en el mercado. En una de las tiendas, en la que paramos a comprar verduras de los ricos huertos de Conil, estaban hablando de las luces de la playa. Yo puse mis oídos, pero no comenté nada. Ni mi tía tampoco.

Las luces no habían pasado desapercibidas entre las gentes del pueblo como era natural.

Por la tarde noche, al ponerse el Sol, decidí bajar a la playa de nuevo. Esperé a que se hiciera oscuro y aparecieran las primeras estrellas. Pero la luz hoy no estaba allí. Había personas en la playa paseando y mirando también hacia el horizonte. Quizás como yo, estuvieran esperando a verlas aparecer de nuevo.

Playa de los Bateles, al fondo a la derecha, el Cabo de Roche.
Playa de los Bateles, al fondo a la derecha, el Cabo de Roche. (Foto del autor)

Justo cuando iba a irme volví a ver otra vez lo que parecía una estrella en la constelación de Leo. En esta ocasión su brillo aumentó de una manera muy rápida. Evidentemente, se estaba acercando a una velocidad de vértigo a la playa. Se paró justo enfrente mía y el tamaño que podía tener era el de la Luna Llena, aunque no brillaba tanto como ella. Sin embargo, no era capaz de averiguar a qué distancia se encontraba por lo que el tamaño que yo veía era totalmente relativo.

En la playa había un montículo de arena a mis espaldas y yo me escondí detrás. Sentí miedo, la verdad. Ese montículo tenía más o menos mi altura. Había restos de latas de refrescos y bolsas. Unos guarros han estado aquí para tener relaciones, pensé, sin querer perder atención a lo que estaba viendo. A lo lejos vi un grupo de muchachos y muchachas también pendientes de la luz. De pronto, o no sé si de pronto, porque la sensación del paso del tiempo me era muy extraña, la luz se dividió en tres y se hundió en el mar. Por un momento, vi salir un poco de luz por el agua, hasta perderse.

Me quedé quieto. Vi que la pandilla que observaba, también. Estábamos expectantes, pero no pasó nada. Las luces habían desaparecido al hundirse en el agua. Después de una gran tiempo, y con miedo en el cuerpo, decidí volver. Ya la pandilla se había ido. Salí del montículo y pasé por la orilla. No había nada. No oí nada. Sólo el rumor de las olas.

Qué tardes vienes de la playa, sobrino. No deberías quedarte tan tarde. No habrá nadie y sólo podrán darte un susto, me dijo Tía Elsa con voz de preocupación cuando entré en la casa.

Lo sé, tía. Pero he vuelto a ver las luces. Y me quedé a ver si podía averiguar algo.

Me sorprendía que Tía Elsa no le diera la importancia que yo le daba a aquél asunto.

Ya, sé que esas cosas te pierden y que te saltarás todas las normas si hay algo del espacio de por medio. Puede que un día de estos te de una sopresa, y me miró entonces de una manera divertida.

¿El qué? ¡Dímelo! Dije con fuerza, porque no había cosa que me diera más coraje, que el me dejaran en ascuas sin contarme algo que me habían dicho me iban a contar.

No lo tengo seguro, por eso no te lo puedo decir. Anda, cena algo.

Comí un poco de tortilla que había en la nevera y me fui rápidamente a mi habitación. Por supuesto, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. No había nada. ¿O sí? Veía unas luces pequeñas en la orilla, pero podían ser las cañas de alguien que estuviera pescando.

Así que me acosté y me dormí.

El día siguiente amaneció nublado. El levante iba a saltar y se formó ese tipo de nubosidad tan común en la zona del Estrecho. Hacía calor, no en vano nos acercábamos a la noche de San Juan. De nuevo, en nuestro paseo matutino, mí tía y yo escuchamos conversaciones sobre las luces que se veían en la playa, pero mi tía hacía caso omiso. Estaba claro que no le interesaban. Yo sin embargo, estaba muy pendiente. Me moría de ganas por preguntar, pero algo en mi interior me decía que no, que no hiciera preguntas.

A las diez de la noche, yo estaba de nuevo en la playa y me oculté detrás del mismo montículo de arena. Salí tarde y no tuve que darle explicaciones a Tía Elsa. Ella había salido antes de comer y había ido a almorzar con una amiga de una asociación de mujeres. Volveré tarde, me dijo. De nuevo pude ver como la pandilla de la noche anterior, unos seis, entre chicos y chicas, estaban en la orilla, a unos 150 metros de mí esperando a ver las luces. No me podían ver al estar yo oculto por el montículo.

Al seguir las nubes, no se veían las estrellas, aunque en la nubosidad se reflejaban las luces amarillentas de Conil dando al cielo un aspecto fantasmagórico.

Si venían las luces de nuevo, estaba claro que nos la iba a ver. Pero me equivoqué.

Sobre las once y media, según mi reloj, un resplandor extraño apareció en el cielo marino. Era la luz de la noche de ayer, pero difuminada por las nubes. Se veía al principio, como un poco de claridad, pero aumentaba por momentos en intensidad.

De pronto y provocándome un sobresalto, la luz atravesó las nubes y la vi muy cerca. Observé como la pandilla de chicos y chicas también se sobresaltaron y corrieron hacia atrás, en dirección contraria a las luces.

Quedó quieta a unos cien metros de altura sobre el agua y disminuyó su brillo. Entonces pude ver – pudimos porque los chicos también lo vieron – que aquello era una nave espacial. Dios, un ovni, pensé. No puede ser posible.

Pues lo era. Era una bola metálica con algo parecido a ventanas a su alrededor. Giraba muy lentamente. Bajo una de sus ventanas parecía haber algún instrumento. Como un periscopio. Iba girando y cuando llegó a nuestra posición paró y disparó varios flashes de luz. No hacía ruido de motores, pero sí se sentía una especie de zumbido muy tenue. Yo estaba petrificado. Veía a la pandilla tirados en la arena, ocultándose no se sabía de qué. Mudos. Aterrados. Al igual que yo.

No nos dio tiempo a pensar cuando la nave o lo que fuera cayó al agua. De pronto. Bajó al agua rápidamente o lo dejaron caer. Escuchamos el sonido contra el mar y una ola se levantó en forma de onda llegando a la orilla. La pandilla salió corriendo hacia atrás de nuevo. Algunos incluso se mojaron. El agua llegó a muy poca distancia de donde yo me encontraba. Pero regresó a su sitio y de nuevo reinó la calma. Como si no pasara nada.

Pero sí pasaba. Yo no me atrevía a moverme, los chicos tampoco. Mi reloj se había parado. Mi reloj digital CASIO estaba parado. En blanco, no marcaba la hora. Me extrañé y me asusté. Estaba aterrorizado. No me podía mover del miedo. Pero la intriga me sobrepasaba.

No tuve tiempo a  pensar más en como me sentía. El fondo marino de delante nuestra se iluminó. La luz iba aumentando y me pareció ver dos focos de luz. Efectivamente, eran dos focos submarinos, cuya luminosidad aumentaba moviéndose de una manera muy particular y reconocible. Aquello eran linternas y se movían porque alguien las llevaba.

Cada vez se veía más clara la luz, hasta que pude descubrir quienes las portaban. Dos seres estaban saliendo del agua. Dos seres con linternas. No distinguía rostros y el cuerpo parecía uniforme. Pero entre la oscuridad y la luz de los focos, sus linternas, pude ver que eran un hombre y una mujer. Lo deduje por sus siluetas. Por la poca luz, sus ropas no se distinguían, pero vestían algo parecido a un mono o a una ropa de buzo, pero no llevaban bombonas de oxígeno o algo parecido.

Una vez fuera del mar, se colocaron de pie entre la pandilla y yo. Estaba claro que no nos veían porque se comportaban como si no estuviéramos allí. Se tumbaron en la arena, con los pies en dirección al horizonte marino. Uno al lado del otro, separados por unos cincuenta centímetros.

No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Empezaron a pasarse las luces de las linternas de uno a otro como si fuera una pelota luminosa. Así varias veces. Quince o veinte. Hasta que aquello estalló. Sin ruido. Sólo fue luz. Como el flash de una fotografía que te deja ciego. Un fogonazo. ¡Aquello se tuvo que ver a kilómetros de distancia!

Volvió la oscuridad aunque nuestros ojos estaban cegados por la brillante luz que nos había deslumbrado. La pandilla y yo estábamos petrificados. Quietos. Mi pupila se fue dilatando y volví a ver las siluetas de los cuerpos en la arena.

Pero había algo distinto que me dejó más aún en estado de shock. Ahora estaban tirados en la arena dos seres humanos. Vestidos. Un hombre y una mujer. El, con una pantalón vaquero y una camisa de cuadros. Era alto, joven, de unos treinta años, rubio. Y ella llevaba una falda.

Se levantaron y salieron andando entre medias de la pandilla y yo con dirección al pueblo. Iban a pasar muy cerca mía. Me entró miedo de que me descubrieran, pero la curiosidad pudo mucho. Les vi de cerca a tres o cuatro metros, mientras yo permanecía escondido tras la pequeña duna de arena. El tenía aspecto de inglés o nórdico. Y ella, verla a ella me produjo un gran espanto. Porque ella era mi Tía Elsa.

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