Capítulo 7

Aviso: Este capítulo tiene contenido para adultos no apto para menores de edad.

Foto: Pixabay
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-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.

-Pero para eso tenemos que ir la casa vieja antigua del guarda de la viña de al lado.

A mí se me erizó la piel. La casa del guarda. Me daba pánico.Era una casa no abandonada del todo, pero que nadie entraba porque allí había muebles antiguos que no se utilizaban. Bueno, nadie entraba salvo nosotros en nuestras aventuras o investigaciones, que buen miedo que me daban. La casa era fantasmal. El antiguo guarda, tenía la costumbre de clavar los dientes de sus nietos en la puerta de madera. Para colmo, yo sabía que aquella parte de la viña vecina estaba muy cerca de lo que fue un antiguo cementerio árabe. Yo sentía verdadero terror ver la construcción y cruzaba muy rápidamente por las habitaciones. Una de nuestras investigaciones eran hacer psicofonías. Con nuestro radiocassete grabábamos por las noches los sonidos que había en la casa. Pero nunca salía nada. Hasta que una vez si grabó algo: los gritos nuestros cuando calculamos mal el tiempo de grabación y al entrar en la casa a darle la vuelta a la cinta, un gato que había salió espantado tirando un vaso de cristal antiguo y nos pegó un susto de muerte. Ahí decidimos que no convenía hacer esas cosas porque el miedo que pasábamos no era nada comparable con los resultados obtenidos en la investigación. Pero a pesar de estar asustado, yendo con Pedro, me sentía protegido.

Entramos en la dichosa casa y en el fondo, detrás de una pequeña pared de media altura, que hacía como de minibar,  nos sentamos en un sofá viejo que había y Pedro se sacó de dentro de la camisa una revista. Una revista verde. Yo sabía que existían pero no había visto ninguna de cerca porque en los kioskos no la ponían y tampoco yo había tenido mucho interés. Pedro me la enseñó y yo no entendía nada de lo que veía porque yo jamás había visto a nadie desnudo. A mí me daba mucha vergüenza pero la curiosidad me podía y Pedro me explicaba que era aquello. Eran hombres y mujeres follando decía él, pero yo hubiera jurado que estaban peleando, pegándose entre ellos; me sorprendió ver las partes privadas de las mujeres y los hombres que nunca se ven. A las mujeres las veía como incompletas, mucho bulto con los pechos por arriba que eso sí que yo los conocía, pero por abajo estaban vacías en comparación con los hombres de los que me asombré por el tamaño de sus miembros sobre todo comparado con el mío, a mis catorce años. No es que me diera miedo pero no podía llegar a entender como esas cosas tan grandes podían caber en el cuerpo de la mujer y no hacerle daño.

A partir de entonces, casi todas las tardes que podíamos dedicábamos a ver un rato la revista verde; de vez en cuando Pedro se la pedía a su primo y se la cambiaba por otra y así íbamos viendo otras cosas distintas. Yo, por la noche, me acordaba cuando me acostaba de la revista, pero sólo de los hombres, las mujeres no me llamaban mucho la atención. Cuando pensaba en la revista mi colita se ponía grande y averigué que eso tenía que ver con el pensar. Así por las tardes, un día viendo la revista me dijo Pedro que se iba a hacer una paja y yo le pregunté que qué era eso y me dijo que era cogerse la colita y tocarla de arriba abajo hasta que soltara la leche que era un liquido blanco pegajoso. A mi esa maniobra me parecio superasquerosa y si yo no llego a saberlo, hubiera pensando en mi primera eyaculación voluntaria que yo estaba enfermo, porque a veces me levantaba con los calzoncillos mojados de ese liquido blanco que yo no sabía que era y que por vergüenza no contaba a mi madre. Además el nombre de paja me parecía horrible, qué tendría aquello que ver con el la recogida de las cosechas, me preguntaba.

Pedro se puso en una butaca enfrente del sofá, con una mesa de por medio, todos muebles viejísimos,  y yo sólo le veía la cabeza cuando se hacía la paja y yo entonces no sabía que hacer y Pedro no me miraba nunca y otras como ponía la cara como si le fuera a dar un desmayo. Un día me dijo que me hiciera yo otra mientras, pero yo no sabía y así se lo dije y me dijo que yo era tonto, tonto, pero tonto, tonto, entonces me llamó y me pidió que me pusiera a su lado. Con mucha vergüenza fui y cuando le di la vuelta a la mesa,  vi a Pedro con los pantalones bajados y su colita tan grande casi como la de las revistas. Allí Pedro me enseñó cómo se hacía una paja y allí yo me hice la primera casi ahogado de pudor delante de él.

Seguimos yendo por las tardes que podíamos a ver las revistas y siempre nos hacíamos una paja hasta que un día Pedro me miró, me cogió la mano y me la puso en su colita y me hizo el ademán que yo se la hiciera a él y eso hice, sin hablar, yo se la hacía a él y él me la hacía a mí, y desde entonces casi todas las veces que podíamos nos íbamos a la casa vieja a ver las revistas que cada vez veíamos menos ya que nos dedicábamos más tiempo a nosotros mismos. Otro día, Pedro se puso de rodillas delante mía y me hizo lo que los hombres de las revistas a las mujeres, aquello ya era otra cosa y yo me sentí tan culpable por verlo de rodillas ante mí que me sentí en deuda y luego me puse de rodillas también delante de él y le hice lo mismo que me hizo a mí, pero siempre sin hablar.

Todo lo hacíamos en silencio, mecánicamente. Ninguno de los dos decía nada. Sabíamos a dónde teníamos que ir y lo que íbamos a hacer. Pero nunca decíamos vamos a ir a hacer tal cosa. Sencillamente, íbamos. Al terminar, tampoco decíamos nada. Nos vestíamos y volvíamos como si tal cosa a casa hablando de asuntos que no tenían nada que ver con lo que habíamos hecho. Todo era sexo. Solo sexo. Yo me preguntaba, pero no me atrevía a hacer la pregunta,  de que por qué no nos besábamos. Ya luego más mayor comprendí el porqué. Besarse era algo más que el sexo, era como si hubiera amor. Y eso sí que era pecado, estaba prohibido. El sexo, podía pasar. Pero el amor entre chicos, impensable.

Eso y más cosas estuvimos haciendo todas las tardes que pudimos, quitando las semanas santas, porque la sensación de pecado nos agobiaba, hasta que yo cumplí los 17 años, cuando una tarde Pedro no apareció.

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