Capítulo 6

Foto: Pixabay
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El Sol llegó al punto del equinoccio de otoño y el verano se acabó. En donde vivía pueden imaginar la que había montada con todas las faenas alrededor de la vendimia. Mucha gente que venía de muchos sitios a recoger la uva que luego se convertiría en uno de los mejores vinos del mundo, el jerez. La tranquilidad brillaba por su ausencia, y aunque yo no recogía uva, sí que ayudaba a mi padre en muchas de las tareas, como medir el grado Baumé, ver la calidad de la uva, el adecuado conteo y transporte hasta la bodega. Me gustaba ese trabajo y ese olor a mosto, único, de la campiña jerezana.

El colegio comenzó de nuevo, y yo de nuevo me desvinculé de las faenas de la viña. Las tardes se iban haciendo más cortas, y aunque Pedro venía a estar conmigo, cada vez lo hacía con menos tiempo, con lo que los sábados y los domingos eran ya casi los único momentos para estar juntos, porque a pesar de ir a la misma escuela, en el colegio Pedro no me hablaba y hacía como si no fuera mi amigo, porque yo en el colegio era el raro y cuando se metían conmigo Pedro no estaba nunca presente porque siempre se quitaba de enmedio. A mí me molestaba pero yo no le decía nada ni él me decía nada tampoco, porque yo sabía que luego volvería a venir a casa y los sábados  y sus compañeros de clase quedaban lejos y él no se comportaba como en el colegio. Volvía a ser Pedro.

Sin embargo, yo en el colegio ya no estaba sólo porque me eché dos amigos que también eran raros, los niños decían que eran mariquitas pero a mí me daba igual, primero porque no sabía que eran mariquitas aunque me sonaba que no tenía que ser nada bueno, aunque yo en el campo conocía a las mariquitas que eran unos bichitos rojos con pintitas negras muy bonitas, y que no sabía que tenía que ver con todo aquello. Me gustaban mis dos amigos del colegio porque eran niños que contaban cosas distintas al resto, no hablaban de fútbol que me aburría ni estaban todo el tiempo pegándose o tirados en el suelo jugando a los bolindres, el trompo,  a la piola o al marro.

Hablábamos de canciones, de libros, de viajes, de experimentos, de telepatía, del universo,  de cosas nuevas que a mí me hacían soñar con un mundo mágico y yo me lo pasaba muy bien con ellos sentados al lado de la valla del patio,  comiéndonos el bocadillo mientras el resto de niños (y también Pedro de reojo), nos miraba como diciendo míralos a esos, los raros, que no juegan nunca. Que aburridos son.

Sin embargo era todo lo contrario. Mis nuevos amigos se llamaban Fabio y José.

Con este último era con el que yo experimentaba las cosas y con el que me llevé las primeras decepciones de mi vida. Nos empeñamos en remedar el experimento de un libro que leímos sobre la telepatía. Consistía en sincronizar nuestros relojes y a una hora determinada, uno de nosotros pensábamos en un número del uno al cien y el otro, a la misma hora, tenía que recibir telepáticamente el mismo número. No lo conseguimos. Pasamos a una serie de uno a diez. Y tampoco lo conseguimos. Qué triste, nos considerábamos unos inútiles para la magia y estas cosas de la telepatía. Así que decidimos prestar la atención a otras cosas que por lo menos, no nos frustaran.

José, me llegó un día y me dijo: no te puedes ni imaginar lo que me he enterado. Yo abrí los ojos preguntando lo que, lo que, lo que y me corrigió: se dice el qué, mientras siguió hablando, es que hay un programa en la onda corta de Radio Doichebele que si tú escribes y dices que quieres tener más amigos te escribe gente desde todas las partes del mundo. Entonces me dio la dirección y yo escribí, eché la carta por correos, que me costó más cara porque era a Alemania y cuando ya no me acordaba un día llegó papá a casa y me dijo Alfard mira lo que ha traído el cartero para ti, y era una carta blanca, con los bordes verdes y amarillos que venía de Porto Alegre en Brasil de un niño que se llamaba Joao. La carta venía en portugués pero yo entendía lo que ponía y junto a José y Fabio estuvimos viéndola y pensando que ese trozo de papel había cruzado todo el océano atlántico y lo había hecho volando porque la carta era por avión. Además, tenía el sello. Que bonito, con el globo de la bandera de Brasil. Así fue como comencé a coleccionar sellos, a interesarme por la filatelia, a gustar de conocer las banderas del mundo y aprender Geografía.

La carta era un tesoro y yo estaba deseando que llegara el sábado para enseñársela a Pedro, porque era una cosa que seguro que le iba a gustar, como así fue y se quedó mirándolo con los ojos asombrados por tener ese papel que venía del otro lado del oceáno, pero luego me miró a los ojos y me dijo algo que me intrigó:

-Yo sí que tengo algo importante que enseñarte, que seguro que no has visto nunca.

Esto sería uno de los momentos en que cambió mi vida, como cuando en una carretera te encuentras un cruce y tienes que elegir, sin saberlo, y entonces vives ya en otro sentido y todo lo que viviste se quedó atrás.

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